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Domingo, 9 de octubre de 2011

Siete vidas

La noticia no es sólo que Litto Nebbia edita un disco triple, sino que en ese disco incluye canciones nuevas y la recopilación del material disperso de cuarenta años de carrera. Como frutilla y síntesis: una canción que empezó a grabar en el set de El extraño de pelo largo y termina para este disco. Pocas oportunidades más idóneas para hablar, justamente, de toda esa vida dentro del rock del que es padre: sus inclementes peleas por conseguir reeditar los discos de Los Gatos, el castigo que sufrió del primer rock por abrirse a otras músicas, la vez que estuvo por grabar con Sui Generis, su relación con Charly, Spinetta, Fito y Calamaro, las ofertas inesperadas de Hollywood y la TV, y su sorna con los agoreros de la industria musical.

 Por Martín Pérez

Apenas un minuto con quince segundos. Eso es todo lo que necesita Litto Nebbia para unir los dos extremos de su carrera solista. Algo que sucede durante el más breve de los temas incluidos en su nuevo trabajo, el flamante La canción del mundo, una contundente caja con tres discos y un DVD donde el rosarino fundacional del más histórico rock nacional mezcla temas nuevos con algunos que no lo son tanto. A estos últimos Litto los llama rarities, y el término abarca desde nuevas versiones de temas de otras épocas, a la musicalización de viejas letras encontradas. Pero la frutilla sobre la torta de esas rarezas –algo así como el colmo de esos regalos perdidos en su nuevo álbum– es esa canción que apenas si dura más de un minuto.

Se llama “Estaré lejos de mi hogar”, y Nebbia se divierte contando su historia, que se remonta al rodaje de El extraño del pelo largo (1969), la película de la que participó al comienzo de su carrera solista, entre la primera y la segunda etapa de Los Gatos. “Se suponía que el director me dejaba libre para que saliese como era yo, así que hacía de un pibe que vivía en una pensión y se dedicaba a la música –recuerda Litto–. Un día el tipo se me acerca y me dice que íbamos a hacer como que estaba componiendo una canción en mi pieza. Como yo todos los días componía una canción, en esa escena me largué a cantar una que justo acababa de escribir.” Pero cuando la estrella joven recién había terminado con la primera estrofa, el director dijo “corten”: la escena estaba lista. Como no se trataba de uno de los números musicales, nadie se preocupó porque la canción había quedado inconclusa. Salvo Litto, por supuesto.

“Mucho tiempo falté de mi hogar/ mucho tiempo de andar y vagar/ hoy me toca volver/ no tengo qué comer/ seguro que allí pan me darán”, sigue cantando aún hoy aquel Nebbia de apenas veinte años desde la película terminada (el fragmento se puede encontrar en YouTube, bajo el título Mucho tiempo), luciendo un pelo que hoy distaría de calificarse como “largo”, acompañándose con una guitarra acústica. “El sonido era directo, no hubo playback ni nada”, aclara aquel aprendiz de actor, que finalmente para La canción del mundo se dio el demorado gusto de cantar la segunda estrofa de aquella canción que estuvo más de cuatro décadas inconclusa. Pero lo curioso es que no decidió grabarla nuevamente, sino que arranca con el audio de la breve escena –“con esa voz de pajarito”, se ríe– y luego entra el Nebbia de hoy, anunciando “no se crean que esto terminará/ en mi hogar estaré seis días más/ para luego volver a seguir”, como si todo ese tiempo que separa ambas grabaciones jamás hubiese pasado. Y, al mismo tiempo, se ponga aún más en evidencia.

“Tengo la suerte de ser un tipo que sigue creyendo hoy en lo mismo que cuando era adolescente. Y eso es porque, a pesar de que han cambiado cosas básicas de este mundo en que vivimos, seguimos discutiendo lo mismo que entonces”, explica Litto, que –aunque supo evitar a conciencia la nostalgia durante años, negándose a limitarse a cantar sus viejas canciones– asegura emocionarse hasta las lágrimas cada vez que recorre alguno de aquellos clásicos. “Porque trabajo mucho con la evocación, y en ese momento te pasan miles de imágenes por la cabeza. El otro día, cantando las canciones de la caja que sacamos en homenaje al rock argentino, me puse a cantar ‘Muchacho, pronto amanece’, que es un tema de Moris que no conoce nadie. Es de la época que andábamos juntos por las calles, cantando con las guitarras como dos trovadores, y todos nos tiraban piedras. Se me cayeron algunas lágrimas, porque es como que a ese momento lo traés de nuevo y lo tenés intacto, ahí frente a vos. Encima estoy bien de la voz, estoy bien del aire, estoy bien con la guitarra, y entonces es como si ese tiempo-reloj jamás hubiese pasado. Como si todo eso estuviese siempre conmigo”, asegura Litto Nebbia, el que siempre pareció pensar en lo que iba a estar cantando mañana. No en vano llegó a titular 1992 un disco que editó en 1984, asegurando que contenía las canciones que le iban a estar pidiendo entonces. Pero que, en un presente donde, confiesa, se siente seguro y se liberó de ciertos prejuicios, se revela como un hombre sin tiempo, algo así como –digamos– un emotivo aleph de sí mismo. Al menos sobre el escenario. Pero, eso sí, un disco triple –o cuádruple, si se suma el DVD– lo demuestra: con las manos siempre llenas de nuevas canciones.

UNA CANCION DE CADA DIRECCION

Anteojos oscuros, saco negro y camisa rosa. Litto Nebbia levanta sus brazos, tratando de llamar la atención de las distraídas encargadas del bar de la esquina de Mariano Acha y Monroe, frente a su legendario Estudio del Nuevo Mundo, ubicado en Villa Urquiza, en el que fuese el hogar de su madre Mirtha, donde alguna vez funcionó una zapatillería. Intenta pedir una nueva ronda de café para acompañar la entrevista que oficia como presentación del ciertamente excesivo La canción del mundo, una caja que parece casi una quijotada editar en un mundo donde los compact están dejando de existir. “En realidad no desaparece nada”, dice un Nebbia de sonrisa generosa, en una mañana soleada que se irá convirtiendo en mediodía. “Los que dicen eso siempre dicen lo mismo, son los que dijeron que con la televisión iba a desaparecer la radio. Y que como ahora se dan cuenta de que ya no se van a hacer millonarios con los discos, y entonces los dejan de hacer. Como odian la música, además, quieren que nadie haga discos ahora que ellos ya no los hacen más, ¿entendés?”, se ríe Litto, que siempre fue un compositor y editor prolífico, pero que en los últimos años se ha prodigado.

Además de sucesivos homenajes a Los Beatles y Brian Wilson –que tal vez hayan funcionado como prólogo de la monumental caja de nueve discos con su Celebración del Rock Argentino, con auspicio de la Secretaria de Cultura de la Nación y en beneficio del Garrahan–, y el celebrado regreso de Los Gatos, formó una banda como La Luz, junto a Ariel Minimal, Federico Boaglio y Daniel Colombres. Con esa formación de cuarteto rocker fue que editó el tan elogiado Danza del corazón (2005), tal vez su mejor trabajo de madurez. El sucesor fue el admirable –y algo ignorado– The blues (2007), para el que dobló la apuesta acercándose aún más al rock (o al blues, digamos), y que terminó siendo un álbum doble, o triple si se suma un DVD en el que la banda interpreta nuevos temas.

“Con ese disco aprendí la lección, porque aunque fueron saliendo por separado, se trata del mismo disco. Pero como sucedió con el de los Beatles, que fueron dos, todo el mundo sólo escuchó el primero. Con los otros fue como si no hubiesen existido. Así que por eso es que La canción del mundo viene en una caja. Si es un triple, todos los discos vienen juntos. Y listo”, explica Nebbia, que también toca allí algunos temas con La Luz, donde ahora Minimal ha sido reemplazado por el rosarino Gonzalo Aloras (que supo tocar con Fito Páez, al punto de que terminó encarnándolo en su película ¿De quién es el portaligas?). Aunque el líder de Pez aparece en varios temas del nuevo disco, como en ese hermoso regalo titulado “Mes de algodón”, un tema rescatado de 1969, cuya letra Litto califica como pueril, pero rescata su frescura e inocencia. “Minimal es un tipo que se dedica full time a la música, y yo admiro eso –asegura–. Porque hay gente talentosa que a veces es como que se le escapó el tren.”

Después de dos discos con La Luz, sin embargo, en La canción del mundo predomina el Nebbia solista, solo al piano, como en la hermosísima “Si la luna envejece”, una canción de madurez, tal vez la mejor del álbum, incluida en el primer disco. O con mínimos acompañamientos, como los de César Franov, Pablo Agri, Andrés Ruiz o Juan Ingaramo, entre otros. “El título hace referencia a lo que yo hago, que no soy folklorista, ni tanguero, y que puedo husmear en cualquier clase de música, y aun así sigue siendo argentina. Porque a Serrat, que no hace música española, nadie le dijo jamás que lo que hacía no era español. Pero nosotros estuvimos casi treinta años discutiendo sobre si lo que hacíamos era argentino o no”, se apasiona Litto, que explica que por eso el disco tenía que tener una muestra de cada una de las diferentes direcciones musicales dentro de las que siempre anduvo buscando. “Hay una gran presencia de la canción pop que en dos minutos resuelve todo, trabajos en coautorías con letras ajenas, como con Adrián Abonizio o Hamlet Lima Quintana, algo de bossa nova, algo de tango, de bolero. Y también mucho instrumental con música étnica, una cosa que siempre me interesó. Unas viñetas musicales que incluí porque si hago un disco sólo con eso la gente no va a entender por qué hago eso, y me van a querer matar”, confiesa, y es inevitable apuntar con algo de ironía que es la primera vez que parece preocuparle lo que digan los demás, un comentario que responde con una sonora carcajada. “Mirá, suficiente con un disco que saqué hace poco, llamado Abandoneado... ¡donde no canto ni toco el bandoneón! Eso sí, la gente que lo compró me dijo que le habían gustado las melodías.”

LOS GATOS POR TODOS LADOS (MENOS ACA)

Más allá de lo que él llama un chiste psicologista sobre las razones por las que hay gente que asegura que los discos están desapareciendo, Litto Nebbia es consciente de que el mercado de la música está cambiando. No puede dejar de serlo: tiene una discográfica, Melopea, y una carrera musical de más de cuatro décadas que sirve como contundente tarjeta de presentación. “Yo sé que están cambiando las formas de vender discos, y también que ahora uno llega a lugares que no llegaba antes. Si vas a tocar a Finlandia, por ejemplo, tenés que llegar con algo nuevo. Y vendés unos 50 discos, como me pasó a mí”, asegura Litto, que sabe que el disco no va a desaparecer nunca, porque el músico lo necesita como el escritor necesita su libro. “Es su inyección”, apunta, al tiempo que se deslumbra con las cosas que suceden a su alrededor. Y cuenta la anécdota de haberle pedido a un amigo que le buscase en Viena un disco difícil de conseguir de Thijs Van Leer, el tecladista del grupo Focus. “El tipo entró en una disquería, y cuando se enteró de que era argentino, el disquero le preguntó: ‘¿No conoce a Litto Nebbia?’. Cuando le explicó que, justamente, el disco que estaba buscando era para mí, mi amigo me cuenta que el tipo empezó a llamar a todos los de la disquería, y no sabe qué les decía en alemán, pero todo el tiempo repetía ‘Litto Nebbia’. Todos le dieron la mano, sonrientes, y le ayudaron a conseguir los discos.”

Las distancias se acortan y los contactos se multiplican en tiempos de internet, así que las anécdotas siguen llegando. “Una vuelta me llegó un mail de la producción de una película que estaba haciendo Angelina Jolie. Parece que el director había comprado un compilado británico que tenía ‘Los Nocturnos’, un tema instrumental mío, y le había gustado. Después no pasó nada, porque finalmente le metieron otros temas, aunque él quería ése. Pero los mails fueron y vinieron... ¡y todo sin moverme de mi casa en el Tigre!”

Pero la revelación más sorprendente es el contacto que le llegó por parte de la celebrada serie de televisión Breaking Bad, que querían usar “Viento, dile a la lluvia” en los títulos finales de uno de sus episodios. “Pero hice la cuenta y sólo cobraba mil dólares por eso, así que me negué. Ahora me dijeron que la serie es buena, así que en una de esas tendría que haber aceptado. Pero era un tema de Los Gatos, y me daba bronca que la parte del león se la llevasen otros”, cuenta Litto, que dice que también tiene para leer un contrato que le mandaron los de un site de streaming, llamado Grooveshark, que, asegura, son unos vivos bárbaros. “Porque dicen que separan la plata que te corresponde, pero no te la dan hasta que no firmes con ellos. Y con sus contratos, como siempre, no tenés ningún derecho”, explica el hombre que nunca dejó de luchar por esos derechos, y que aún hoy sigue denunciando que los papeles que le dieron para firmar cuando era adolescente junto a Los Gatos eran ilegales y leoninos. “Cada vez que se reeditaron en compact, apenas si cobré 3 o 4 centavos por disco. ¡Un disparate!”, explica Litto, que denuncia que si hoy los discos del grupo no han vuelto a estar en las disquerías, como se anunció al momento de su reciente regreso, fue porque después de nueve meses de negociaciones nunca pudieron ponerse de acuerdo con la discográfica. “¡Porque el contrato nuevo que me ofrecían era tan injusto como el de cuarenta años atrás! –explica–. No haber reeditado los discos de Los Gatos fue un acto perverso, un castigo a que soy muy discutidor y tengo mi dignidad. Y acá parece que no discute nadie, viejo.”

Pero Nebbia dobla la apuesta, y recuerda que, a pesar de su ilegalidad original, respetando incluso aquellos viejos contratos, en cinco años los derechos de esos discos volverían a pertenecerle. “Cuando por ley extendieron de 50 a 70 los años de propiedad intelectual, yo aclaré que cuando llegase el momento, iba a ir a pedirles a los diputados que se retracten de eso. Uno no quiere entrar en juicios engorrosos, que nadie quiere realizar ni tiene tiempo de hacerlo, pero voy a defender mis derechos. Y creo que me van a escuchar. Porque si en su momento, cuando le fuimos a pedir unos cambios a la Ley de la Música a Néstor Kirchner, los hizo... ¿por qué no nos van a escuchar ahora?”

ENTRE CHARLY Y SPINETTA

Cuando se repasan los comienzos del rock nacional con ánimo de historiador, el nombre de Litto Nebbia no sólo no puede faltar entre los padres fundadores: incluso tiene todos los laureles necesarios para encabezar el podio. Sin embargo, dentro del núcleo más duro del género su nombre siempre ha sido hecho a un lado. Como si cada tanto, en las sucesivas generaciones, se lo borrase de la estampita, injusticia que siempre tiene que ser reparada de alguna manera. Como sucedió, por ejemplo, la noche en que Fito Páez recorrió en el ND/Ateneo un repertorio que terminó en su disco Moda y pueblo (2005). Tanto cuando interpretó “Desarma y sangra”, de Charly García, como “Muchacha (ojos de papel)”, de Spinetta, su público no se privó de cantar las letras. Pero cuando llegó el turno de una de las canciones más hermosas del rock nacional, “El otro cambio, los que se fueron”, un tema al menos tan clásico como los anteriores, los presentes aquella noche se sorprendieron por el silencio que reinó entre ese mismo público, como si fuese nuevo para ellos. Algo parecido sucedió cuando Andrés Calamaro invitó a Litto a compartir escenario en el Obras al aire libre del año de su regreso, para cantar “Yo no permito”. “Desde entonces, no sabés cómo me piden ese tema”, asegura Nebbia.

Si se le pregunta cuál fue el pecado original que lo expulsó del supuesto paraíso del rock, Litto no tiene dudas: se debió a su independencia, al haberse ido muy temprano de su discográfica. “Por unos largos años, no te perdona nadie”, asegura. Pero cuando se insiste en el tema, buscando las razones por las cuales se fue siendo dejado afuera de ese “nosotros” rocker, recuerda que, como empezó muy chico con la música, cuando el género aún estaba comenzando, a pesar de ser joven él ya era como un veterano. “Yo quería tocar con tipos más grandes que yo, y ahí fue cuando me junté con Dino Saluzzi, Rodolfo Juárez o Domingo Cura, entre otros. Pero hacer eso, para la gente del rock, fue como si los acusase de tener el pelo largo y ser drogadictos”, exagera Nebbia, pero se podría decir que también retrata a la perfección el momento, y da en el clavo. Justo cuando el rock se cerraba en sí mismo para defenderse de las críticas, Nebbia necesitaba mirar hacia afuera. Algo que tardarían mucho tiempo en perdonarle.

“Cuando volvió la democracia, y la gente necesitaba divertirse, mis temas parecían como si fuesen de Brecht”, vuelve a exagerar, doblando la apuesta. Asegura que más de una vez le echaron en cara el hecho de ser peronista, y que siempre fue un tipo de mostaza caliente, de salir a defender las injusticias sociales cada vez que las veía. Algo que siempre se malinterpretó. “Me acuerdo de una entrevista conjunta que dieron Charly García y el flaco Spinetta, en la que uno de ellos comentaba que por mis preocupaciones sociales mi música se había vuelto gris. ¡Que era justamente la clase de comentarios por los que alguna vez me tuve que ir del país!”, se sorprende aún hoy, al tiempo que se preocupa por destacar que seguramente fueron confusiones, y que con ambos siempre tuvo la mejor de las relaciones. “A Charly lo conocí cuando con Sui Generis fueron teloneros de mi grupo Huinca, en un show en Mar del Plata. Una semana después vinieron a comer a mi casa, y no me olvido más de la velada divina que pasamos con Nito Mestre y María Rosa Yorio. Entonces me pidieron que hiciese los arreglos de un par de temas del que iba a ser su próximo disco, Confesiones de Invierno. Pero cuando los teníamos que ensayar, su productor, Jorge Alvarez, les prohibió que tocaran conmigo”, recuerda. Y agrega, levantando una ceja: “Así que las prohibiciones pueden venir de cualquier lado, incluso de los que se hacen los libres, ¿no?”.

Con respecto a Spinetta, salvo por un recital masivo que recuerda que compartieron en el Hípico a mediados de los ’70, donde tocó pegado a su trío, Nebbia asegura que nunca tuvo la oportunidad de coincidir musicalmente con el Flaco. “Porque él tiene una manera muy particular de moverse –explica–. Si vos lo invitás a hacer algo, siempre lo tiene que pensar dos veces. Algo que tiene que ver con un cuidado ético de su persona, pero también con una inseguridad propia, mientras que yo trabajo de una manera muy improvisada.” Asegura haberle gustado la versión de “El rey lloró” que Spinetta tocó en su megaconcierto de Vélez (“con Beto Satragni en el bajo”, detalla), pero dice que nunca recibió una invitación formal para estar ahí. “Me dijeron que él mencionó sobre el escenario que le hubiese gustado que estuviese, pero yo nunca supe que tenía que estar”, confiesa, y no puede evitar que se le escape una sonrisa. “Igual no hubiese podido, porque ese fin de semana toqué en Azul, Olavarría y Mar del Plata”. “El rey lloró” es también el tema con el que Spinetta contribuyó a su Celebración del Rock Argentino. ¿Y Charly? “Lo invité a que nos juntásemos a hacer algo, pero me mandó a decir que tenía que estar a las dos de la mañana en tal lugar, así que por eso quedó afuera.”

PIANO Y VOS

Dentro de la enumeración de los logros de un Nebbia prolífico en el último tiempo, habría que agregar El palacio de las flores, el disco que le produjo a Andrés Calamaro. “En realidad siempre quiso que hagamos uno a dúo, pero yo siempre lo cargo y le digo que los dúos no funcionan, porque se pelean, como Tom y Jerry”, recuerda Litto, que cuando se le pregunta por qué El palacio... nunca se presentó en vivo, responde que fue porque Andrés no se animó. “No por falta de hombría de su parte, que se entienda bien –aclara–. Andrés es un tipo muy generoso y abierto con la música, pero ya cuando me pidió que produjera, tocase e hiciera los arreglos del disco, nadie me lo dijo en el oído, pero sé que hubo gente a la que, comercialmente, le pareció mal. Grave error: porque el disco al final terminó vendiendo más que el anterior que había hecho, y casi lo mismo que el que hizo después”, se enorgullece

Nebbia, que cuenta que a modo de presentación, Calamaro lo invitó a tocar un tema de El palacio... en uno de los conciertos masivos con los que suele despedir el año en Buenos Aires. Y que él se negó, porque dijo que sólo accedía a tocarlo con la misma gente con la que lo habían grabado, que era su banda, La Luz.

“Pero todo bien con Andrés –comenta–. El otro día me mandó un mail, donde vuelve a insistir en que hagamos un disco juntos, así que alguna vez lo vamos a hacer. Pero cuando suceda, él cantará seis canciones mías y yo seis de él, y seríamos los dos solos, cada uno ante un piano”, se imagina Litto, que casi terminando la charla se ríe recordando esos fans de Andrés que, por Internet, lo acusaban de haberlo arruinado con su producción... ¡porque lo hacía afinar!

“Andrés se engancha a discutir con ellos por Internet, pero yo le digo que los ignore. Total, la música es el único arte en el que alguien puede decir cosas como: yo no entiendo nada de esto, pero no me gusta lo que hacés. ¿Podés creer? Es el único arte que vos le decís a alguien que sos músico, y te responden: pero... ¿de qué laburás? Es el único arte que cuando te lo enseñan, de chico, le dicen ‘la hora de la joda’. Pero al mismo tiempo, como decía el maestro Carlos García: la música es lo único que no te traiciona.”

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