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Domingo, 5 de febrero de 2012

TEATRO > LA úLTIMA SESIóN DE FREUD: PSICOANáLISIS Y DIOS EN ESCENA

Dios ha muerto, pero llamémoslo esta noche

Mientras la oscura maldad del nazismo se derrama sobre Europa y sus libros se prohíben en Alemania, Sigmund Freud vive en Londres su exilio y sus últimos días. Una noche invita al escritor, intelectual y apólogo cristiano C. S. Lewis para discutir sobre el gran contrincante ausente: Dios. Durante esa noche transcurre La última sesión de Freud, la obra de Mark St. Germain dirigida y adaptada por Daniel Veronese, con dos actuaciones notables de Jorge Suárez y Luis Machín, y en la que dos mentes poderosas se debaten sobre la naturaleza del amor y la salvación del mundo.

 Por Mercedes Halfon

Es improbable que Sigmund Freud haya pensado alguna vez que iba a ser el protagonista de una obra de teatro. Si bien algunas de sus mejores ideas nacieron precisamente al calor de los mitos configurados como piezas dramáticas. Si bien el arte y el psicoanálisis tienen mucho que decirse, más allá y más acá de Freud. Con Freud, con ese empático y odiado, brillante y conservador, osado y necio, con ese extraordinario personaje, parece ser mucho más interesante.

La última sesión de Freud es precisamente eso. Una pieza que pone el cuerpo a –tarea difícil– uno de los pensamientos más importantes del siglo XIX y XX. La obra del realizador americano Mark St. Germain, dirigida y adaptada a la escena local por Daniel Veronese, encuentra a Sigmund Freud en la última fase de su vida. Lo vemos anciano y con un cáncer muy avanzado, pero con sus facultades mentales intactas. Instalado en Londres, tras huir de Viena después de que los nazis quemaran sus obras. Estamos en 1939, exactamente el día en que Inglaterra entra en guerra y comienza la Segunda Guerra Mundial. Freud escucha por radio el discurso del primer ministro poniéndose en manos de Dios, y es a él –a Dios, no al primer ministro– a quien va a dedicarle los últimos momentos de lucidez de su intelecto.

Sucede que espera la visita de C. S. Lewis, miembro de un eminente círculo de Oxford llamado Los Inklings, que incluía entre sus miembros a J. R. R. Tolkien (por alguna razón eran afectos a usar iniciales en vez de nombres). Lewis, últimamente reconocido por ser el autor de Las crónicas de Narnia, fue un crítico literario, académico, ensayista y apologista cristiano. Pero fue por esta última característica que Freud lo llamó para debatir. Es bastante improbable que este encuentro haya sucedido en la vida real. Mark St. Germain lo toma del libro de Armand Nicholi La cuestión de Dios. Nicholi es un psiquiatra especialista en ambos pensadores, que dictó durante años un curso en Harvard haciéndolos discutir imaginariamente. En 2004 se había realizado también un documental dirigido por Catherine Tatge que tenía su libro como inspiración.

Sigmund Freud está interpretado por Jorge Suárez y Lewis por Luis Machín, dos actores que han dado prueba de ser todoterreno, pero esta vez su oficio es más que necesario. La obra los enfrenta como eximios oradores que se acusan mutuamente de ingenuos y obtusos, haciendo chocar sus palabras que en el aire dibujan toda clase de piruetas. Justamente, al tratarse de un texto tan complejo, plagado de desarrollos conceptuales, réplicas veloces, latigazos de ingenio, toda la pieza podría haberse quedado ahí, en el nivel de la batalla verbal. Pero afortunadamente eso no pasa. La dirección de Veronese hace ir a las palabras por un rumbo diferente. Machín hace vibrar a su personaje encontrándole recovecos luminosos que agregan una capa de emotividad a la pura vehemencia. A Suárez le toca un trago más difícil. Representar la enfermedad. Y lo que pasa es extraño: todo lo racional de la pieza, del debate, de las “personalidades” enfrentadas, parece detenerse cada vez que ésta entra en escena. No olvidemos que el telón de fondo de la pieza es justamente el estallido de la Segunda Guerra. Es por eso que la negrura de lo que se avecina como la mayor caída del espíritu humano en manos del nazismo, pende sobre las cabezas de Lewis y Freud. Toda esa tenebrosidad está presente y parece encarnarse en el cuerpo deteriorado del psicoanalista. Como si sus mentes brillantes, sus discursos esmerados fueran algo así como una escapatoria, apenas linternas temblorosas que se abren paso en el frío y la oscuridad. En este sentido, la falsa alarma de bombardeo, que los obliga mirarse las caras con máscaras de gas, da una imagen justa a esa sensación irrespirable que pulsa en la obra. Entre muchas otras cosas, Freud dice: “Hitler aprende de la historia. El aliado más poderoso de un guerrero siempre es Dios. Cuando Hitler proclama que aplastar a los judíos es “la voluntad de Dios”, recluta un ejército que los adora a los dos. Lewis contesta: “Hay otra forma de verlo. La simple malignidad de Hitler podría volverlo un instrumento para el bien. Sus acciones despreciables refuerzan la necesidad de lo opuesto. El hombre bueno sirve a Dios como su hijo, mientras que el malo sirve a Dios como su herramienta”. Y Freud retruca: “Así que cuando Hitler golpea, Dios espera a ver quién sobrevive a sus golpes”. De ese tenor son los insidiosos diálogos de la obra.

¿Estamos solos? ¿Dios tiene sentido del humor? ¿El amor es nuestra salvación o nuestra perversión? Son algunas preguntas que quedan pululando al terminar la obra. El sexo, el arte y las convenciones sociales (la existencia de Dios entre ellas) serán debatidas por un cristiano y el padre del psicoanálisis. A muerte. Con actuaciones vitales, voraces, feroces, que nos recuerdan, a los gritos, que muchas de esas preguntas permanecen y permanecerán sin respuesta.


La última sesión de Freud, de Mark St. Germain, con dirección de Daniel Veronese, en el Multiteatro. Av. Corrientes 1283. Miércoles, jueves y domingos, 20.45 hs.; viernes, 21.30 hs., y sábado, 20.45 y 22.45 hs. Entradas: $ 150.

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