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Domingo, 5 de febrero de 2012

PERSONAJES > EL ENCANTO DE NOVAK DJOKOVIC: SERBIA, HUMOR E INCORRECCIóN

King Novak

 Por Mariana Enriquez

Hubo puritanos del tenis que, cuando Novak Djokovic se arrancó la camiseta en el festejo por su triunfo en el Abierto de Australia –el 29 de enero pasado, un match monstruoso de seis horas, ante Rafael Nadal–, fruncieron las narices y se escandalizaron. Que jugadores con verdadera clase, como Federer o el propio Nadal, jamás hubieran hecho algo así. Que no sabe ganar. Que es un payaso. Que fue una cosa de grasa y de bestia.

De bestia, sin duda: de dónde salió ese cuerpazo sobrehumano debería ser el eje de la polémica. Un milagro de los Balcanes.

Pero lo que realmente transparentan estos comentarios –susurrados, claro, porque Novak Djokovic es el Nº 1 del mundo y nadie va a levantarle el dedo al campeón– es una clásica reacción conservadora. El tenis tenía su guión, como acertadamente apuntó Tom Scocca en su reciente perfil de Djokovic para GQ: la exquisitez técnica, la fuerza y la gracia del extraordinario Roger Federer –el hombre que apenas transpira– iban a caer, lenta pero seguramente, ante la potencia, la juventud y la excelencia de Rafael Nadal. Un cambio de corona europeo, razonable y un poco aburrido.

De repente, el tercero en discordia, un joven serbio que venía amenazando pero se caía en los matches cruciales, siempre con lesiones y alergias, le prendió fuego al guión, se elevó a número 1 del mundo y hace 42 partidos que no pierde. Para quienes quieren que sus deportistas sean monacales, este ascenso es una especie de insulto. Ahí está Nole en el programa de Jay Leno bailando con un grupo de danzas folklóricas serbias y arrastrando a la pista a una desconcertada Katie Holmes; o haciendo una larga imitación del video de Thriller para una fiesta en Mónaco, con la cara maquillada de blanco a la manera de Michael y bailando la coreografía zombie con gran desparpajo y, sobre todo, muy bien; o imitando, durante, antes y después de los partidos o en programas de TV, a otros jugadores, desde Nadal hasta Sharapova, pasando por Federer, Lleyton Hewitt y Andy Roddick. O con peluca rubia, en otra imitación de Sharapova para un comercial de Head, la marca de raquetas que lo esponsorea, donde mira a cámara y dice: “Estas raquetas me hacen sentir hermosa en la cancha, me hacen sentir una mujer”. Hace años que lo apodan “Djoker”, jugando con su apellido, pero lo más notable es que su condición de showman viene acompañada de un carisma tierno, alegre, apenas canchero, desarmante. Encantador.

Para un jugador que lleva el peso de Serbia sobre su cabeza es directamente insólito que su personalidad sea tan burbujeante, que la presión de su historia sólo se insinúe en esos festejos que transpiran reivindicación y adversidad. Nole nació hace 24 años en Belgrado, pero aprendió a jugar al tenis en el resort de esquí del monte Kopaonik, donde sus padres tenían una pizzería. Le enseñó Jelena Gencic, la ex entrenadora de Monica Seles, que estaba en el resort. La historia mítica dice que, después de tres días de tirarle pelotas al chico de seis años, la entrenadora fue hasta la pizzería de los Djokovic y les anunció que su hijo iba a ser, por lo menos, número 5 del mundo antes de los 18 años. Pocos años después, en 1999, Nole practicaba en Belgrado, y no dejó de practicar durante los 78 días que duró el bombardeo de la OTAN. “Yo pensaba que no iban a bombardear dos veces en el mismo lugar”, cuenta su ex entrenadora. “Entonces, si caía una bomba sobre un puente del Danubio, buscábamos un gimnasio cerca para entrenar al día siguiente.” (La hermana de Gencic murió durante el bombardeo.) Por lo general, sin embargo, el lugar del entrenamiento era una piscina vacía, que hacía las veces de cancha de cemento. A los 12, Nole estaba para más y fue enviado a una academia en Alemania que la familia apenas podía pagar. Tan complicada se volvió la situación que incluso se pensó en que jugara para Inglaterra, donde sí estaban dispuestos a financiarlo. Pero Nole decidió que él siempre jugaría para Serbia. “La guerra me hizo mejor jugador de tenis. Me juré que le iba a demostrar al mundo que hay serbios buenos, también”, dijo en una entrevista con Der Spiegel. Es imposible resumir en estos renglones (o en millones de renglones) la complejidad y profundidad del conflicto de los Balcanes y el rol de Serbia en ese desastre humano, pero algo es cierto: bajo el liderazgo autoritario de Slobodan Milosevic, el país cometió atrocidades inimaginables entre las que la masacre de Srebenica es apenas la más difundida. Y, durante años, en compañía de sanciones económicas y diplomáticas, Serbia ha sido nominada como la nación mala, villana, genocida. Nole Djokovic quiere, además de ser el número 1 del tenis mundial, demostrar que hablar con orgullo y dignidad de su país no se iguala con apoyar sus crímenes. (Hay quien le apunta por su nacionalismo o por su oposición a la independencia de Kosovo, pero todas las acusaciones han resultado apenas pirotecnia verbal: por ahora, la única acción política de Nole ha sido donar dinero para los monasterios de la Iglesia Ortodoxa serbia en Kosovo.) Es imposible imaginar los tironeos políticos a los que debe estar sometida su figura. Y es notable lo bien que parece manejar esta densa presión al mismo tiempo que es uno de los mejores deportistas del mundo y un ídolo pop.

Nada debe ser fácil. Y sin embargo, en cada chiste y en cada triunfo, Novak Djokovic parece conservar una normalidad que lo aleja de sus obsesivos rivales y al mismo tiempo parece ser el secreto de por qué, ahora mismo, es el mejor de todos. Como si fuera capaz de comprender que, para él, el tenis es lo más importante del mundo, pero hay muchas cosas en el mundo más importantes que el tenis. Todo es sanguíneo y risueño en Novak Djokovic, el menos maquinal de los tenistas, a quien injustamente llaman Hombre de Acero, porque es puro carne y hueso.

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