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Domingo, 21 de octubre de 2012

ARTE > LAS PLANTAS SEGúN FLORENCIA LAORDEN

El viaje secreto de las plantas

¿Cómo mirar la naturaleza? ¿Buscar su inmensidad salvaje o su delicadeza doméstica? En dos muestras diferentes, una en Buenos Aires y otra en Rosario, Florencia Laorden encuentra en los matices siempre cambiantes y en movimiento una manera de mirar y pintar que hace de las plantas un viaje interior.

 Por Veronica Gomez

¿Cómo dar cuenta de la amplitud de un paisaje dentro de los límites que impone el formato cuadro? Indefectiblemente el intento desemboca en un recorte, una ventana. Nuestra propia mirada, binocular y frontal, no puede escapar a ello: aun incluyendo la visión periférica, ese raro recurso premonitorio que nos permite desbordar el campo visual central en detrimento de la nitidez, nunca llegamos a abarcar a primera vista la inmensidad que nos provee un paisaje. Si fuéramos pájaros, con ojos a los costados de la cabeza, todavía. Pero no, no nos tocó en suerte semejante generosidad panorámica. Sin embargo, se nos ha concedido el don de la profundidad: no llegamos tan lejos hacia los costados, ni tampoco para arriba o para abajo, pero vamos lejos hacia adentro. Y la pintura, cierta clase de pintura, no hace más que ser fiel a esa potencialidad de la mirada humana: la de cruzar el umbral y penetrar el espacio.

En esa búsqueda se inscribe el conjunto de pinturas que Florencia Laorden, artista nacida en Rafaela (Santa Fe) en 1986, expone en la galería Gachi Prieto hasta fines de octubre, bajo el título Poderes del tiempo. En paralelo y sintonía, otra muestra de la artista (Universo) continúa vigente en la galería Cultura Pasajera, en la ciudad de Rosario, hasta principios de noviembre.

El trompe l’oeil, las perspectivas de toda clase, la modulación del color o su modelado, son algunos de los recursos ilusionistas de los que se ha valido la pintura para poner en jaque la bidimensionalidad. En el caso de Laorden, el viaje exploratorio hacia las profundidades es guiado por el color y, específicamente, por una de las tres dimensiones del color, aquella más delicada y suave: el matiz, que no es más que las variaciones sutiles dentro de un mismo tono. El matiz pertenece al reino de la fugacidad y podría pensarse como la ciclotimia de un color negociando con las distintas facetas de su personalidad. Un color caminando en la cornisa, al filo de su territorio, al borde de irse de mambo y convertirse en otro. Pero esto no sucede: el jugueteo con el límite es el encanto del matiz, su poder de seducción.

“El matiz es más lento, pero siempre vence al impacto”, anota Rafael Cippolini en el texto que acompaña la muestra. E introduce así la relación entre tiempo y matiz que impregna la obra de Laorden. Porque el matiz solo puede ser posible con el paso del tiempo. Pensemos en el declive del verde hacia el amarillo de las hojas de un árbol en plena transición hacia el otoño. El matiz, para ser percibido como tal, necesita de la demora. No requiere de la mirada detenida, fija, sino la mirada demorada que tiende a deslizarse. Eso parecen pedir las pinturas de Laorden: que la mirada acontezca con lentitud, que viva su perecer, como las flores que ella insinúa en su modo pasajero de existir.

Florencia Laorden comenzó pintando lo que veía en el jardín-patio de la casa de su abuelo. No era el paisaje infinito lo que la convocaba, sino su contratara: el paisaje doméstico, que es un paisaje a escala humana, ese fragmento de naturaleza con el que convivimos en nuestras casas, recortado a veces por las paredes de un patio, acotado a un balcón e incluso, en su versión minúscula, metido dentro de casitas de vidrio. El jardín originario, el que captaban las primeras pinturas de Laorden, parece ahora haberse convertido en caverna. Las flores se han deshecho en la atmósfera y los colores que suponemos solían tener en su lozanía aparecen ahora fantasmales. El espacio, antes abierto, ahora se estructura a base de fragmentos volumétricos construidos con la gracia y soltura de la pincelada. Como en el espacio cubista, el mundo parece haberse cristalizado y el movimiento sucede en el interior de los segmentos a través de las mutaciones del color.

Si antes Florencia miraba el jardín desde afuera, jugando con la fisonomía vegetal y haciendo uso de variados recursos plásticos con fluidez, en las pinturas actuales pareciera haber hecho un zoom gigantesco, despojándose de gestos innecesarios, para mostrarnos que el paisaje no se define solamente por su extensión infinita o doméstica sino por una profundidad factible de ser auscultada. El paisaje, así, es pura interioridad. Es sensación de cuerpo mirándose por dentro. Como Georgia O’Keeffe, Laorden nos invita a sumergirnos en la garganta de las flores.

Poderes del tiempo
Hasta el 27 de octubre
Gachi Prieto Gallery
Uriarte 1976 - Palermo
Martes a viernes de 13 a 20 hs
Sábados de 12 a 18 hs

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