CULTURA / ESPECTACULOS › EL HOMBRE CON LOS PUñOS DE HIERRO

Espadas y un maniquí desgraciado

 Por Leandro Arteaga

El hombre con los puños de hierro: 4 puntos

(The man with the iron fists. EEUU/Hong Kong, 2012)

Dirección: RZA.

Guión: RZA, Eli Roth.

Fotografía: Chi Ying Chan.

Música: Howard Drossin, RZA

Montaje: Joe D'Augustine.

Reparto: RZA, Rick Yune, Russell Crowe, Lucy Liu, Dave Bautista, Jamie Chung, Cung Le, Daniel Wu.

Duración: 95 minutos.

Qué despiole es esta película. De tan sencilla en su planteo, se vuelve bobamente distraída. Como si fuese suficiente con gustar del cine de géneros. Al menos, es ésta la sombra que parece arrojar El hombre con los puños de hierro sobre su realizador y, uy, actor: el músico RZA.

En el mundo del cine, RZA es para nada ajeno, tanto desde su rol de actor como compositor. Ahí destella, entre tantas colaboraciones, su relación musical con Jim Jarmusch (Ghost Dog) y Quentin Tarantino (Kill Bill, Django sin cadenas). Motivo por el cual el nombre del último precede al título del film y anuda referencias varias, que bien podrían sintetizarse en el afán "Grindhouse" con el que Tarantino y Robert Rodríguez bautizaran -﷓desde Planet Terror y A prueba de muerte-﷓ a tantas películas, desde Machete a Hell Ride: Viaje al infierno.

Ahora es el turno del cine de piñas y patadas, pero al estilo Wuxia; esto es: ambientación de época (China, Siglo XIX), clanes enfrentados, un cargamento de oro, lealtades y traiciones. Pero también: un herrero taciturno (RZA), un burdel palaciego (con Lucy Liu como madama), un cowboy gordo (Russell Crowe), y un gigante de piel irrompible.

Cóctel bizarro donde, dado el caso, el Wuxia se va al garete en una trama que debe justificar la presencia de un herrero negro como héroe en... China. Todo atravesado, sones más o menos de gongs, por la estridencia del rap, o tal vez al revés: imágenes montadas para acompasar la misma música. Escenas, entonces, como video clips de resultados pobres.

La suma de personajes propone "héroes" que, vista la cantidad, terminan por derivar hacia ninguna parte. Hay momentos donde el argumento los pierde. Luego los reencuentra. Y ninguno termina por tener peso específico que les justifique emocionalmente, sensiblemente. Si bien rodeados por recreaciones escenográficas muy pop, a veces locamente delirantes, no hay más que un nexo superficial entre ellos y el decorado. A veces hace su participación la pantalla fragmentada, al modo de una comic﷓strip. Como si ello solo le valiera una justa asociación con la historieta.

Es decir, no hay correlación entre los elementos puestos en juego, sino un amontonamiento de situaciones casi inconexas, en las que nadie sabe muy bien qué está haciendo. Ni Crowe cuando propone sus jueguitos sexuales, ni Lucy Liu con sus poses de maniquí desgraciado. Llega un momento donde lo que se está viendo bien podría llegar a ser cualquier otra cosa. La historia sencilla termina por ser un lío infradotado. El cruce de géneros, un gesto de ignorancia. Como solaz quedan los efectos de maquillaje de los legendarios Howard Berger y Greg Nicotero, apenas momentos de disfrute. Como falta cine, la película es horrible. Por tanto, no se la extrañará tras su fugaz paso por las salas de la ciudad.

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