CARTELERA

Cartelera

La tarde, pacífica y soleada, se permitió el vuelo majestuoso de una gran garza blanca con un pescado en el pico. Casi sin ruido, con esas alas tan grandes, tan pesadas contenían la tersura casi acuosa de marzo

El verano tardío o el Otoño demasiado prematuro ignoraba esa barrita de niños descalzos y quemados por el sol que allá abajo inventaba sus juegos y tan indiferentes a aquello que no fueran sus desaliñados movimientos.

La garza de buen tamaño vendría de algunos de los tantos espejos de agua que rodeaban el pequeño pueblo soñoliento y cubierto de polvo. Con las hojas de sus árboles que la tierra pintaba con la morosidad paciente de un oriental, pero era la brisa la que depositaba esa opacidad dada vuelta.

Y estaban los árboles. Muchos árboles. Fresnos en general y de ellos contaré, si me permite el lector, una pequeña anécdota personal. Una vez tuve una alumna que me confesó haber plantado uno en su jardín, luego de haber leído un libro mío, muy antiguo, que se llama precisamente "Sombra de fresnos". Allí relato que el amor que tengo por este árbol me fue inculcado por mi padre, que los plantó en el patio de mi casa paterna y allí están, hamacándose al embate de todos los vientos y resistiendo tormentas y dando cobijo y soporte para los nidos de las calandrias y las palomas.

Jamás pensé que alguien pudiera tomar la idea de un libro para plantar un árbol. Y mucho menos que yo resultara involuntario inductor de esta decisión y sobre todo que años después nos conociéramos. Pero dejemos de conjeturar y celebremos de una vez estos hermosos hechos que puede producir la poesía e influir sobre la realidad. Aunque a fuer de ser sincero, agregaré que ese par de fresnos fueron plantados por mi padre cuando ya no estaba en esa casa ni en el pueblo, aunque hoy lo disfrute. Y para ser más honesto agregaré que ninguno de los otros árboles fueron tocados por mis manos. Porque luego de morir mi padre, mi hermano lo reemplazó y plantó y cuidó los restantes. Aromitos, siempreverdes, paraísos, sauce de los pantanos, lapachos y hasta un inmenso ombú que yo recibí de regalo de un amigo quien me lo hizo pasar por un palo borracho.

Cuando yo era niño mi padre plantaba obsesivamente árboles frutales, sobre todo amaba los citrus. Pero también había varios tipos de ciruelas, damascos y duraznos. No faltaban ni las peras ni los higos, industria de mi madre, como ese inmenso ceibo que sangra sus flores rojas sobre el patio de gramilla.

Hoy no quedan árboles frutales. Mi hermano los ha reemplazado por los que dan sombra, en la casa ya no vive nadie, razona, y entonces esas posibles frutas no son aprovechadas por nadie. Aunque a mí me gustaría hundir mis dientes en algún damasco goteando esa miel trasparente y que huele a beso de mujer a verano o sol tibio de invierno, a juventud radiante velozmente pasajera, diré sin abundar.

La cantidad y la disposición de los árboles conforman un toldo minucioso y protector que no permite ni un rayito de sol siquiera, más travieso que necesario filtrándose por sus ramas.

De las antiguas chacras de entonces recuerdo las que ostentaban montes frutales o de sombra, en general separados. La familia Ciccarelli, de Cañada del Ucle, mis parientes, tenían un monte de frutales muy antiguos y cuando construyeron una casa nueva a mil metros de la vieja donde tío Domingo nos contaba sus historias y nos leía Pinocho en italiano, lo primero que hicieron fue plantar muchos árboles frutales y unos duraznos chatos que les llamaban "japoneses" y que mi infancia nunca había visto. Entonces ensillábamos caballos y cuando los grandes dormían la siesta

nos escapábamos y raudamente dábamos cuenta de ese manjar y de muchos otros. Era el sector que llamaban "la chacra nueva" aunque estuviera en el mismo campo, pero yo no recuerdo haberla visto sino en construcción, nunca habitada.

Hoy he visto en el diario la foto de una garza blanca con un pez en el pico y recordé aquellas, impolutas y lejanas como un sueño hermoso.

Aquellas garzas que se alzaban de esas cañadas inmensas que en erupción saltaban hacia el aire como por arte de magia cuando uno se acercaba aunque no hiciera ruido.

Las garzas, estoy seguro deben tener un oído muy fino o una percepción muy especial para el peligro.

Y no es raro que ese salto en el aire lo hagan en una bandada que salta en majestad como sábanas sacudiendo partículas de polen que las abejas persiguen muy señoronas, en la quietud ardiente de la tarde.

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