CONTRATAPA

Misterios de cocina

 Por Sonia Catela

Con intervalos de largos meses, el periódico local había dado cuenta, en reducidas columnas, de tres episodios inusuales; compartían algo común: coincidir en el escenario de su acaecimiento, la cocina de doña Martirio. Sin embargo, no se los vinculó. El primero convirtió en ánima al adinerado banquero Oldamar Rossi. Rossi forzó el picaporte de la puerta de entrada del domicilio de la susodicha, encendió la cocina para prepararse un café, y voló por los aires. Detectó de esa manera costosa una pérdida de gas. Nada vinculaba a la propietaria del inmueble con el hombre de negocios, ni odios, parentescos, o intereses materiales. Doña Martirio, volviendo de la iglesia, preguntó ante las cámaras: "¿cómo se llama el muerto?" Y rezó un padrenuestro televisivo por la salvación del difunto. El interrogante que desveló a la prensa se redujo a dilucidar qué hacía Rossi en esa casa modesta de un barrio pobretón. La persecución policíaca se centró en los posibles beneficiarios de seguros y herencias del óbito. La hipótesis más sufragada: una amante, Lila, una cita furtiva, una confusión con la calle de encuentro, H Irigoyen por B Irigoyen, coincidencia en la numeración de la vivienda, la equivocación fatídica. Trascendió el hallazgo, en el escritorio del banquero, de una esquela que marcaba el encuentro, suscripta por la sospechosa. Esta rechazó conocerla. En definitiva, no se alcanzó a probar ninguna de las especulaciones. Y nadie pudo cuestionar que se había tratado de un accidente mal parido.

La segunda desgracia se desató durante una reunión, mientras el grupo de caridad organizaba la recolección y venta anual del Ropero Parroquial. Anita Rosso se dispuso a preparar el licuado de bananas que solía servirse en tales ocasiones en la cocinita de doña Martirio; cortó y echó las rodajas al vaso, enchufó el aparato; en simultáneo, un grito, la casa a oscuras, la muerte por electrocución. Doña Martirio iluminó la oscuridad con una vela, le dio unas gotas de valeriana a Carmen Bertero que no podía parar de gritar, y se desmayó. Al parecer, el enchufe se habría empapado inadvertidamente al caer dentro de una cacerola con agua, líquido que obró como conductor de la descarga mortal. O bien, un cable se hallaría pelado. Todos los testigos ratificaron los funestos detalles.

El tercer incidente se caratuló deceso por botulismo. De la grave intoxicación fue víctima Genaro Frías, vecino y amigo leal de doña Martirio, quien habitualmente era convidado los jueves a compartir la cena. En la ocasión fatal, el menú incluía mayonesa de ave con morrones. La anfitriona se salvó aunque la persiguió una pertinaz flojera de vientre durante semanas.

Doña Martirio se repone con lentitud. Para mantener el ánimo continúa asistiendo al curso de Reparaciones Domésticas, donde desde hace un par de años aprende a manejar con destreza pinzas y tenazas, a resolver cortocircuitos, reemplazar piezas defectuosas, montar instalaciones eléctricas y subsanar todo tipo de problemas que se presenten en las redes de agua, luz, gas, en el mobiliario y equipos varios. "Una mujer sola o aprende, o paga facturas", filosofa quietamente doña Martirio. A las 17 de los miércoles se capacita en "Cocina y seguridad alimentaria", clases que dicta una ingeniera de la especialidad en aulas de la Universidad Tecnológica, para público en general. Cuando se encuentre con más fuerzas, doña Martirio planea tomar lecciones de impermeabilización y arreglo de techos, colocación de tejas y balcones, restauración de cornisas y gárgolas, en fin, aquello que hace a la estructura edilicia de una casa. "Hay que ampliar horizontes", dice y baja la cabeza con la humildad que la caracteriza.

No se puede afirmar a ciencia cierta si Oldamar Rossi, quien habría de triunfar en el mundo de los negocios, en su lejana juventud frecuentara clubes vecinales como un habitante más de la modesta zona sur y hubiera empeñado su palabra ante la adolescente Martirio obteniendo de ella la ofrenda de sus frutos y primicias de castidad, para abandonarla posteriormente en su itinerario de riquezas y fama. Ni que Genaro Frías la hubiera ilusionado con un futuro compromiso matrimonial. Lo cierto es que a Frías se lo tenía por un tenorio, que tanto formalizaba hoy con una Anita Rosso, como luego podía liarse y fijar fecha con cualquier hembra que lo entonara en el camino.

Doña Martirio usa en el anular izquierdo cuatro alianzas superpuestas, gastadas por los años. Nadie sabe quiénes se las proporcionaron, ya que no salió de solterona. Pero ella las cuenta y recuenta como haciendo planes. Y siempre que lo hace, fija la miope vista en algún ángulo específico de su prolija cocina, mientras dibuja, en el reverso de tickets del supermercado, esquemas, planitos, calculitos, que quién sabe qué significado encerrarán.

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