CONTRATAPA

Lo de siempre, un café, un cigarrillo, los años

 Por Gary Vila Ortiz

Los años no son como la lluvia, ni cuando se dice que diluvia o cuando se trata de un chubasco. Los años no se parecen a la llovizna, a la garúa: Pero tienen mucho de esas pequeñas gotas que van cayendo allí o acá, en un vidrio donde rebotan o se deslizan, o en una lata en donde se las escucha aunque no se las vea. Sí, los años nos van anticipando lo que vendrá, pero sin la música de Piazzolla, sin la música de nadie. Solamente la acompaña el sonido de nuestro propio ser que cada vez se estremece más con el correr de los años. Ese estremecimiento se parece al miedo o tal vez a la angustia, que no siempre es lo mismo. Que quizá nunca es lo mismo. Estoy leyendo el diario (ignoro por qué el título es "Diarios") de Alejandra Pizarnik y al mismo tiempo estoy releyendo algunas de las cartas que me envió. Ya he contado que mi relación con ella, como con Irma Peirano, fueron algunas cartas y la voz de esas mujeres por teléfono. Alguna vez cuando le conté a alguien que Alejandra me había escrito, me dijo que macaneaba, que Alejandra no le escribía a cualquier poeta desconocido de esta ciudad que es y no es el interior del país. Sin embargo, después de muchos años (hasta podría decir que soy exacto y diría que mucho más de quince años) he publicado en "El Centón" dos cartas de Alejandra, una escrita a mano, que será legible para quienes quieran leerlas y la otra a máquina. Tengo más, pero no las haré conocer. No creo que le interesen a nadie, tan sólo a mí, el extranjero desconocido que no llegó a conocerla (todos los rosarinos somos como extranjeros en este país), y quedarán guardadas entre las páginas de algunos libros que tanto ella como yo queríamos particularmente.

Después que ella partió sentí una profunda alegría cuando la revista venezolana "Zona Franca" publicó un poema de amor que le había dedicado con una hermosa fotografía de ella. Hubo quien creyó que ese poema ponía en evidencia que entre nosotros hubo una historia de amor. El poema puede leerse. Eduardo D`Anna lo incluyó en una antología personal de mis poemas de la cual él amigo como pocos se hizo cargo. Yo creo que la amé, porque aún sin conocer otras cosas que sus poemas, sus fotos, su voz en el teléfono, sus cartas, pude amarla. ¿Puede amarse de esa manera? Creo que sí. Cuando alguien, en este caso Alejandra, me cuenta lo que significó la muerte de su padre, y el otro, en este caso yo, le conté del nacimiento de alguno de mis hijos, se puede decir que esas dos personas estaban ligadas por algo más que una correspondencia formal. No creo que los amigos de Alejandra hayan sabido de mi existencia, ni tampoco lo sabrán ahora, pero eso no me interesa demasiado. Se trata que la lectura de su diario me ha conmovido de tal manera que me hubiera gustado no estar enfermo cuando vino a Rosario y tuve oportunidad de conocerla.

En el creador, en el poeta por excelencia que era Alejandra, se puede experimentar esa permanente inquietud, esa imposibilidad de sentir esa impotencia de poder lograr lo que ella, con seguridad, en muchos aspectos, había logrado. Su diario da testimonio de ese desgarramiento. Ya en 1960 apuntaba: "Anoche pensé qué medios usaré para suicidarme. (") Todas las puertas están cerradas. Este deseo de creer en el mundo externo me enloquece más que mi alejamiento casi absoluto. Ahora no puedo refugiarme en la imaginación. En nada puedo refugiarme". Otros apuntes de un diario que se podría copiar íntegramente: "Mi soledad es atroz". "E. se está enamorando de mí: por eso me atrae menos. Uno de estos días le diré que no nos veremos más porque yo no puedo amarle, ya no puedo amar a nadie, yo estoy lejos, muy enferma". "En vano escribes. Vano es el lenguaje para quien aspira a una alta tensión del silencio". El padre de Alejandra muere en enero de 1966. En una carta que me envía hacia el 67 me habla de esa muerte sin precisar la fecha. Como en sus poemas, el silencio forma parte de los mismos, tal vez por eso esa brevedad que ella precisaba. No tanto al principio. En el número 23 de "Poesía Buenos Aires" (invierno de 1956), cuando firmaba Flora Alejandra Pizarnik el poema "La enamorada" era más extenso que sus poemas posteriores. Pero ya las tres líneas iniciales son un poema: "Esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra Alejandra no lo niegues". Ese año, cuando cumple sus veinte años, escribe en su diario dos poemas muy breves y claro está muy bellos. En 1957 se pregunta sobre la poesía: "Escribí un poema. No tiene ninguna importancia. Soy una enorme herida. Es la soledad absoluta. No quiero preguntar por qué".

La creación es un acto doloroso que paradójicamente también nos da una inmensa felicidad que ni tan siquiera el suicidio puede eliminar. Alejandra en mi caso la voz de Alejandra, su letra pequeña, los papeles en que escribía sus cartas sigue siendo la poeta que fue y que es. Sé bien que esto es un lugar común deplorable, pero lo mismo debo experimentarlo para no sentir de manera absoluta la angustia que me provocan las páginas de su diario. También me hago una afirmación que no tiene argumentos: aquellos que pregonan la necesidad de que quien ejerce el oficio de escritor se declare un profesional difícilmente conozcan lo tormentoso de la creación. Un periodista, pongamos por caso, en algunas ocasiones puede y debe ser un profesional pero incluso ellos, en un oficio en el cual existen los periodistas profesionales, no suelen encontrarse entre aquellos que ejercen con mayor talento la profesión que han elegido. Un solo ejemplo sería suficiente: Roberto Arlt. Ejercía el oficio de periodista, pero no era un profesional del periodismo.

En el caso de la creación literaria existen los profesionales de la literatura, por ejemplo los autores de los ahora rescatados (por algunos) best sellers, pero sin duda que ellos, o al menos la mayoría, están en los últimos escalones de esa expresión. Sería suficiente compararlos con Balzac, para darse cuenta de lo poco que ellos significan, solamente un entretenimiento para leer en el tren, en Europa, en el avión en los Estados Unidos, en los tranvías cuando existían, en un viaje de veraneo. Si necesitara dar un ejemplo, los cuentos que escribió para una compañía aérea Asimov, lo suficientemente breves para leerlos en la duración de un viaje, eran lo notoriamente mediocres para leer uno solo y dejarlos. (Alguien me dice que hubo otros autores que lo intentaron, puede ser, no tiene demasiada importancia).

Alejandra Pizarnik se encontraba en las antípodas de todo tipo de manifestación que tan sólo tuviera el propósito de hacer dinero (en eso consiste en general todo tipo de profesionalismo). Su diario deja entender eso con absoluta claridad y tristeza. Era poeta en un sentido que muy pocos otros lo son. "¿Para qué escribo? Respondí con esta escena imaginaria: estoy en el Tibet, sola, en una choza. Nunca hablo con nadie pues ignoro el lenguaje de mis vecinos. (") Escribir es mi mayor ingenuidad, es contener lo que se desborda. Pero si lo mío es el sueño, el silencio. Dominio acechado. Entonces, escribir para defenderlo, para merecer mi espacio silencioso". "No encuentro una manera simple y fiel de escribir. Cambio de tinta, de papel, de color de papel. Escribo llorando. Escribo riendo. Escribo contra el frio y el miedo. En vano: algo me acecha. Alguien me expulsa de mí. Ya no tengo nada que decir. Ni siquiera quejarme de ello. El silencio destruyó lo que se había propuesto".

Siempre que leíamos los poemas de Alejandra, esos que seguimos leyendo, sentíamos como un poco de vergüenza de pensar que nosotros nos pensábamos poetas. No era la única que nos producía esa sensación algo incómoda. Pero seguíamos (y lo grave, seguimos) escribiendo pensando que después de todo no pensamos lograr eso que lograron los poetas que más admiramos. No es, claro, nuestro propósito lograrlo. Nadie que en verdad ame la literatura y todas las otras formas de la creación humana sabe que hay puntos inalcanzables. Ya Faulkner, Proust, Joyce, Borges, Kafka, Pessoa, Dylan Thomas y antes que ellos, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Balzac. Flaubert, habían alcanzado lo que para otros es inalcanzable. Limitemos nuestro deseo el de ser un poeta menor de alguna antología o lisa y llanamente no figurar en ellas. La lectura del diario de Alejandra nos hace sentir que acaso sería saludable escribir algunas pocas más.

Nos conforma un poco el hecho que ese ser fuera de lo común que fue Alejandra Pizarnik, pese a todo, siguió escribiendo, incluso las anotaciones de este diario que nos provoca tanta tristeza el haber estado enfermo ese día que pudimos conocerla en Rosario. Siguió escribiendo, no dejó de hacerlo hasta que se mató, pero nos invita al silencio.

Sin embargo, y por un movimiento de contradicción, que por cierto se manifiesta lejos del campo de mi voluntad, uno sigue tratando de encontrar el "snark" ese bichito inventado por Lewis Carroll y que nunca encontraremos. Recuerdo dos llamadas telefónicas que tuve con Alejandra, un poco extensas. Una fue sobre "La tumba sin sosiego", ese libro de Cyril Connolly que no tiene comparación alguna con otro libro. La otra sobre una novela y film que a los dos nos gustaba y mucho, "La máscara de Demetrio" (en realidad la novela de Eric Ambler se llamaba "A Coffin for Dimitrios"), algo que también le gustaba a Borges y de la cual hablamos una tarde de no sé cuantos años en el hotel Italia. Me decía Alejandra que si no podíamos hacer así debíamos intentar hacer lo que si podemos hacer. Ella lo logró, yo todavía no, es cierto, pero cada contratapa que envío a ese diario es una forma de cumplir con este "oficio terrestre" que hemos elegido.

Lo hacemos por muchas cosas que a veces figuran y otras veces no en el texto, pero entre esas otras tantas cosas lo hacemos pensando en Alejandra, antes recordando sus poemas, ahora pensando en cada línea de su diario y si nada ni nadie pudo hacer nada para evitar ese final tan poco deseado.

Entonces volvemos a lo de siempre, al cigarrillo, al café, tal vez a un trago de caña perdiendo la mirada que no mira en algo que el inevitable televisor en la esquina del sitio donde vamos ofrece imágenes que nunca sabemos bien de que se trata.

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