CONTRATAPA

El efecto L

 Por Beatriz Vignoli

Cuando me llegó ese Código de Etica para traducir, sentí algo que sólo más tarde identificaría como furia. Una furia vaga e imprecisa al mismo tiempo, con un objeto claro y sin ninguno. "Nos pareció que era la traducción para vos", dijo en mi teléfono móvil (celular es una traducción apresurada de cell) esa mañana la gerente de proyecto y noté algo raro: no cesaba de repetir las mismas frases, una y otra vez.

La propuesta me halagaba. Y ella hablaba en serio: el proyecto incluía un lindo video subtitulado, bien teatral, que sólo vi a lo último. Pero cuando abrí el primer archivo del original y empecé a leer sus cláusulas, ahí estaba esa sensación. Una sensación olvidada de patio embaldosado y vacío, surcado cada tanto como por calandrias por monjas de hábitos almidonados negros y blancos; esa misma náusea leve, la de ver salir el sol a la vez que el tiempo matinal se aplasta, se crispa y se vuelve inhabitable al pie de un redondo reloj analógico. Ser el león en la jaula. Esa sensación. Una sensación de escalera gastada.

"Esto fue escrito por abogados", perjuré.

Es imposible salir de la prosa de los abogados, una vez que se entra. Aquello no era una prosa: era un loop, una pista Scalectrix, una rotonda mariposa, una cinta de Moebius, una trampa. Cada oración era una serpiente perfecta, satinada y lustrosa que se mordía la cola y volvía sobre sí misma ad infinitum. No era una prosa; era una enfermedad crónica. Era un track deslizante y sin salida. Era dar vueltas en el patio de una cárcel. Eran murallas puestas sobre el mundo; cada ladrillo se te metía en la sangre.

Lo llamaré el efecto L, por Lawyer: Abogado. Traductora y editora sucumbimos al efecto L. Se sucumbe colectivamente al efecto L. Se discute cada palabra. Era preciso discutir cada palabra: no hay otra escapatoria, ante semejante texto sagrado, más que el temblor de la vacilación. "¿Obsequio o regalo?". Mil emails para definir esto. Todo el equipo interviniendo. Dejaban de lado otros proyectos o actividades, o incluso el mismísimo dolce far niente de enero, para meter baza. Las directoras de la agencia (en una reacción clásicamente shakesperiana que es típica ante, y de, todo lo abogadil) primero se engancharon y después nos pidieron por favor, con la mayor delicadeza posible, que nos dejáramos de joder. Pero después se enganchaban de nuevo. Todo el mundo nos mandaba emails breves "desde mi Blackberry", lo que equivale a decir, en esta época del año, desde mi pileta.

Business.

¿Empresarial, empresario, de empresa o de la empresa? ¿O de Empresa? ¿O de la Empresa? Seis posibilidades. Mierda. ¿Sólo hasta el viernes tenemos para esto? clamaba la editora. No importaba que fueran apenas diez mil palabras. Eran diez mil enigmas. Eran diez mil macetas tales que no se sabía si eran macetas o latas, eran diez mil canteros tales que no se sabía si eran canteros o ladrillos, era (y paro acá con la alegoría porque mucho me temo que estoy plagiando versos inéditos de un poeta "enemigo") el mismísimo patio trasero del horror. No, no era Kafka. Era otra cosa. Era algo que se te metía por debajo de la piel y no salía con nada. Y lo peor era que no se trataba, en absoluto, de un problema de vaguedad o de falta de claridad. Aquella prosa adamantina estaba cortada con metales extraterrestres. Todo en ella estaba enunciado perfectamente.

¿Y entonces?

"No sé, pedile un día más". "Sí, nos da hasta el lunes". Un fin de semana con eso iba a estar, la pobre. Yo trataba de arrojar cada uno de esos pesados pedazos del muro de Berlín lejos de mí, puntual con mis entregas como nunca (me lo habían además exigido porque "mirá que dice el cliente que no hay posibilidad de modificar el plazo en absoluto") y me volvían como boomerangs. Juraba no hacer cambios retroactivos y lo siguiente que sabía era que estaba (por propia decisión, porque lo encontraba indispensable, aunque nadie me lo hubiera pedido) haciendo cambios retroactivos, los engorrosos back changes. Y por pavadas. "Mirá que las oraciones exclamativas en castellano llevan signo de admiración al principio", me explicaba la gerente (Gramática I; la aprobé en 1984) y yo no sabía si lo decía por joder o si sólo estaba enloqueciendo.

Me juré para mí alejarme para siempre de esa agencia y buscarme otro empleo, pero no terminaba de pensarlo cuando me vi ofreciendo ayudar a la editora y editar mi propio trabajo, algo insólito (que, dicho de paso, es lo que debería estar haciendo ahora, revisar ese subtitulado que además es la parte agradable en lugar de haber salido a correr y luego estar escribiendo esto, ¿pero se puede evitar dar vueltas corriendo sin parar alrededor de la plaza cuando resulta imposible escapar de una cinta?) y ni siquiera ese sacrificio curaba el mal. Me encontré, en pleno enero, trabajando doble jornada, contra reloj, con stress (además estoy atrasada con un estudio de riesgos de una aseguradora, donde se analizan probabilidades en cálculos de integrales y derivadas) y todo por unas páginas que podrían haberse liquidado tranquilamente de un saque.

¿Pero qué de ese texto nos sacaba de quicio de semejante manera? El proyecto maldito. Abogados, me digo. Abogados, esa era la explicación. Lo llamé el efecto L. No citaré párrafos porque se trata de material confidencial y qué más quisieran estas buenas gentes que el que les diéramos la oportunidad de escribir 600 páginas más de este mismo tenor. Coronadas por un bonito veredicto como la cereza o el muñequito trajeado de la torta... ¡basta de metáforas! ¿Qué de esto degradaba la pura y limpia pasión de metonimia, que es el deseo mismo del traductor (los traductores cuando traducimos somos levísimos seres metonímicos, fluidos, liberados transitoriamente de imaginario por la imaginación del autor) en una proliferación incontrolable de metáforas? El efecto L, el inefable efecto L.

Parte de ese efecto (su costado demiúrgico, diríase) era que cada uno de los párrafos que comenzaban con "Bajo ninguna circunstancia deberá usted" pasaba a continuación a describir alguna de estas tres clases de acciones: (1) lo que yo acababa de hacer; (2) lo que estaba haciendo en ese momento; (3) lo que pensaba decir o hacer.

Aquello no era la ley; era algo peor. No preveía sanciones: prohibía obrar. Aquel texto te ataba las manos para cachetearte sin preguntarte nada, y la carga del goce perverso de todo aquello corría enteramente a costa de quien lo leyera o leyere. Léase: de mí. Al cabo de apenas diez páginas empecé a sospechar que el 80 por ciento de todo lo que yo había hecho, hacía o pensaba hacer o decir (sobre todo, lo que pensaba decir; apenas si me podía mover de mi PC para ir a la heladera o al baño) estaba descripto en el Código Penal... y al restante 20 por ciento lo prohibía el Decálogo de Moisés.

La lista de verbos en el capítulo sobre "Acoso sexual" era especialmente aterradora. Parecía que el autor me hubiera leído la mente y hubiera tomado nota. No solamente los verbos: el orden preciso en que se hallaban tenía la cadencia y la sucesión de imágenes exacta de la película que corría en mi cerebro cada vez que yo pensaba en mi... abogado. Llegué a dudar: ¿se lo habría hecho ya? ¿Lo había olvidado? ¿Lo recordaba sin poder reconocer al recuerdo como tal? ¿Me habría demandado? ¿El timbre de la puerta: era el huevero, una mujer pobre pidiendo ropa usada o un policía con una citación judicial?

Cerraba ese archivo insoportable y volvía a las abscisas y ordenadas. ¡Adoro a los economistas! Deberíamos formar un club atlético de economistas y traductoras víctimas de la prosa de los abogados. ¡Adoro la elegante racionalidad inglesa de los economistas!

Por ejemplo, gracias a la lógica de la otra traducción puedo reducir mi desesperación a unas pocas variables que, combinadas, dan seis posibilidades: ¿tiene novia? (Tn) ¿dice que tiene? (dT) ¿Tiene novia y no dice que tiene? (Tn, NdT = un boludo enigmático, riesgo medio) ¿Tiene novia y dice que no tiene? (Tn, dNT = un hijo de puta; alto riesgo) ¿No tiene novia y dice que tiene? (NTn, dT = un pelotudo y además quiere estar solo) ¿No tiene novia y no dice si tiene o no tiene? (NTn, NdT/NT = un gil, podría perderse oportunidades) ¿No tiene novia y dice que no tiene? (NTn, dNT = sincero y disponible, aunque no conviene presuponer esto último o se correrá el riesgo de incurrir en el delito tipificado ut supra) ¿Tiene novia y dice que tiene? (Tn, dT = la posibilidad más simple y aburrida: honesto y muy probablemente fiel; no nos interesa).

Quisiera estar en la playa y encontrarme con un economista en malla.

Mis gatos duermen y no puedo preguntarles qué piensan ellos de esto.

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