CONTRATAPA

Una gran ventaja

 Por Víctor Maini

Don Darío decía: "Un asado se come de dorapa, sin más cubiertos que un cuchillo ni más vaso que una lata de aceite YPF, el vino debe ser tinto y el fuego con leña, no debe sacarse la carne ni arrebatada ni hervida, si es una animal entero debe dibujarse con brasas debajo de la parrilla y cuando esté tibio el lomo, darlo vuelta. No hay más secretos, es muy fácil, lo importante del asado es que sea con amigos, es una ceremonia de hombres donde se hablará básicamente de pavadas, se podrá hablar de mujeres pero no de la mujer amada, se podrán nombrar males, lesiones, enfermedades, pero no penas, porque el hombre al dolor y al amor no los nombra y menos en un asado. No hay mejor lugar en el mundo que al lado del río alumbrados con la luz de la luna y las llamas del fuego para disfrutarlo. En un asado el único postre es el truco".

Don Darío decía: "A los argentinos no hay con qué darle, nos abrimos paso por donde vayamos, ya lo dijo Fangio, a nosotros nos dan un alambre y arreglamos un motor en medio de la carrera. El charro Moreno era mejor que Pele, y este ispa con la gente que tiene va a ser potencia más temprano que tarde".

Don Darío decía: "Las revoluciones pueden ser pacíficas, nosotros lo demostramos, las que son cruentas son las contrarrevoluciones, de esas sí que hay que cuidarse".

Don Darío decía "El conocimiento precede al amor, nadie puede amar algo que no conoce, por eso a la patria hay que caminarla para conocer su geografía humana y ver que somos tan diferentes y tan iguales a la vez". Don Darío era el papá del "Ojo" Guillermo, pero era un poco el padre de todos también. Nuestro era su patio con sombra de parra y un banquito al costado del tronco con un calentador y una pava siempre caliente donde probamos nuestros primeros mates amargos cuando nos reuníamos a escuchar los partidos en su portátil a transistores.

Nuestra también la parrilla para compartir una falda o en caso de cobro de quincena una parrillada completa donde íbamos saltando desde la morcilla, pasando por los chinchulines, molleja, tira, para terminar como el viejo decía en un suicidio masivo saltando todos al vacío. Siempre hacía el mismo chiste, como también mientras le daba de comer a su sombra con cola, el Ruli, decía la misma frase "el mejor bocao se lo come el perro".

No se sabía si era católico aunque siempre se despedía con un "Felices Pascuas" y una risa que empezaba despacio, para después convertirse en una carcajada con tos y todo.

Sabía que me ponía nervioso cuando me tomaba de las muñecas y me hacía pegar con mis propias manos en la cara, mientras decía "mirá como se pega sólo" para después decirme "no te enojés, no ves que es una broma, mirá si te vas a pegar solo".

Una tarde que un interno de la línea diez nos había reventado la pelota nos encontró sentados y tristes en el cordón de la calle San Luis, dejó su bolsito con pilchas de laburo y un diario doblado en la vereda y se sentó con nosotros. Al saber qué nos había pasado, se levantó rápido y dijo "Bueno che, pero no se murió nadie, miren, aquí hay un pedazo de tierra, esa es una gran ventaja", y señalando un cuadrado sin baldozas en la mitad de la vereda dibujó con una rama un tablero donde anotó las iniciales nuestras junto con la C de Chevrolet, la F de Ford, la V de Valiant, y la R de Rambler que era la marca que él había elegido y que según el viejo valía doble porque había pocos. Jugamos toda la tarde con los autos, sus patentes, sus colores para terminar apostando quién iba a salir primero de los vecinos a la vereda con los sillones y quién iba a ser el primero en sentarse. Esa tarde gané yo, me dio la mano y me dijo: "Mirá que ganaste gracias a la suerte y no gracias a dios", para después murmurar "que a lo mejor es lo mismo". Lo dijo para él pero yo alcancé a escucharlo.

Culín era más grande que nosotros, cazaba pajaritos y los vendía en la puerta de la Terminal de Ominibus, para allá iba la tarde que don Darío lo paró y les compró todos los jilgueros que llevaba en una jaula. Para pelearle el precio demostró que sabía de pájaros primero: "Hay algunos que no están marcados, son muy pichones, pero son todos voladores, verdad".

--Sí, sí señor pero cantan todos, todos cantan --dijo el vendedor emocionado ante semejante venta. Mientras apoyaba la jaula sobre la vidriera del almacén de los Milicic, y abría las dos puertas de la jaula gritó: "Pero hay una cosa mejor que verlos cantar, es verlos volar". Mientras le pagaba al atónito Culín, nos dijo: "Así van a volar un día ustedes, deben aprender de estos jilgueros, seguir su propio vuelo, elegir su propio árbol y cantar su propio canto".

Con el tiempo cambiamos la radio por la cancha y de a poco nos empezaron a cansar las charlas del viejo, es más, de a poco comenzamos a criticarlo, nos parecía bastante facho, un espartano, conservador por lo menos, anacrónico, antiguo y vaya a saber si era cierto todo lo que contaba. En muy poco tiempo pasó de ser nuestro Martín Fierro a convertirse en el viejo Vizcacha. El líder de la barra era el Pata, que ya se había leído un montón de libros de historia y de política y fue nuestro vocero. Le dijo que para él era un burgués vencido, que el mundo iba hacia el socialismo internacional, y que él no podía comprender, que del otro lado de la cortina de hierro ya estaba el hombre nuevo y que nosotros íbamos a ir por él y que sólo a un idiota se le podía ocurrir una revolución sin tirar un tiro. Su silencio fue su última lección, dejó en claro que en una discusión el que más sabe no contesta una provocación, le deja la respuesta al tiempo. Lo último que nos dijo fue que tratáramos de ser siempre libres, que no era tan difícil, sólo había que decir lo que uno pensaba y hacer lo que uno decía. Al Pata lo veo seguido, es gerente de una multinacional, un exitoso, y si no fuera por algunos de los silencios que carga, juraría que se olvidó de todo aquello.

Con el tiempo los asados fueron mermando, he asistido a comer mucha carne asada a quinchos, que no es lo mismo, con aplausos para los asadores, en donde curiosamente la que más aplaude es la mujer del anfitrión, quien con el diez por ciento de lo que gasta su esposo cocina todos los días, sin recibir un solo aplauso. Me he aburrido soberanamente en charlas híbridas que finalizaban en postres helados. He tratado de entender las reuniones de mis hijos con sus amigos, donde algunos son vegetarianos, otros comen hamburguesas y nadie sabe jugar al truco. Pero lo que más me han impresionado son las frases autodestructivas, pronunciadas en tercera persona en donde el argentino no sirve para nada, partiendo siempre desde que todo está mal y que ya no tiene arreglo, frases que me dejaron pensando cómo fue, cómo hicieron para que nos pegáramos solos, sin agarrarnos de las muñecas.

Hacía más de veinte años que no escuchaba la voz del Ojo en el teléfono, si bien lo crucé varias veces por la calle donde trabajamos siempre ambos, hacía mucho que no nos telefoneábamos. Me dijo que festejaba sus 55 años en el Camping Municipal, al lado del río, que él se encargaba de todo, que yo llevara los cubiertos nomás, que lo hacía el lunes 10, por la noche, para aprovechar la luna llena.

No tuve mucho que preparar, un cuchillo con mango de hueso, herencia de mi padre, una lata de duraznos al natural, ya que el aceite para autos viene en botellas de plástico y tengo un mazo de cartas en el bolsillo por las dudas. Las ganas de comer un asado de dorapa son siempre las mismas, y eso sin dudarlo es una gran ventaja.

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