CONTRATAPA

Secretos

 Por Miriam Cairo

Me pregunto si es una cabeza de hijo de dios la que rueda, o una cabeza de alfiler, o un aullido de lobo el que rueda desde el mentón al pecho, desde el pecho a la memoria, de la memoria al sexo. Me pregunto si ese secreto, vivo y azul como una paloma, es un recurso vital para no volverse cadáver. Me pregunto si en el recuerdo del color hay una fragancia, si las glicinas se dejaron besar por las bignonias, si era verde mar aquel nudo de serpiente en la garganta. Me pregunto si yo era el nudo, la glicina, o la bignonia.

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Algunos secretos nacen en silencio, otros con un breve aullido de lobo, otros con un leve trueno. El infierno que viene es celeste, para dicha de los azules. Las magnolias que vienen son moradas, para dicha del alba. Todos los silencios hablan de los imperceptibles músculos del cielo que se contraen, se relajan, se asfixian y se humedecen. Y esto que divaga a fuerza de no decir, esto sin nombre ni persona a lo que se le han atribuido palabras tan gruesas, cuando en verdad merece un trato de seda, no es más que una forma amorosa de resplandecerse, una manera de soltar al pájaro boreal enjaulado en el desierto.

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Huellas de sirenas quedan en la vereda cuando el mar de la noche se marcha. Rastros de fantasmas permanecen en el aire, sobre una nube de estremecimientos, cuando el jadeo cesa. Cósmicas coincidencias pasan inadvertidas. Hablo de la pasión por la irrealidad, de lo real de esa pasión. Hablo del secreto a voces. Hablo de la realidad con sus cuerpos sudarios y sus miedos nupciales. Hablo del secreto con su carne levísima de gladiolo. De hongo. De pez dorado que viene desde el fin del mundo, o desde el fin del cuerpo, o desde el fin de la rosa. Hablo del pez con sus dedos de mar. Es como una profesión este secreto. Una profesión que implica una idea sobre el color: rosado como el azúcar, blanco como la noche, negro como el sol.

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La divulgación del secreto es algo bastante difícil porque es secreto. Porque su sombra viene cada noche y se suma al amor, aunque el amor no sepa el secreto, o no quiera saberlo, y se quede con los ojos cerrados, fingiendo dormir, mientras el secreto gira en el anillo de fuego como un planeta desbocado. Cava en el mismo sitio donde antes estuvo el amor, para completarlo, para repetirlo o simplemente para rememorarlo. Y aunque todo eso es bello y luciente, aunque el secreto suma más amor al amor, está prohibido. Malos comentarios pesan sobre sus hombros, por eso el secreto se hace en secreto, chiquito, controlado en sus movimientos, mientras la rosa llama por debajo sus delicias.

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Una veneración, como inspira el amor, no la tiene el secreto. Es seguro que quien ha pasado un tiempo considerable metida en el amor, no tenga deseo espontáneo del secreto, o viceversa, al margen de que uno y otro dejen en el rostro, el inconfundible gesto de la rosa sin nombre, de la rosa urgida por el camoatí íntimo y oscuro. El secreto es ese animal pequeño y desnudo que anda a tientas y se llora, se gime, se respira, hasta conciliar el sueño, o hasta ser descubierto y condenando por un gesto fatal. Pero el secreto, aunque toma las formas del amor, los sudores, los brincos y los favores del amor, no es el amor. Simplemente es una suerte, un aire, un vuelo, aunque es sabido que yo siempre hablaré de cosas que no existen, o que existen en otra parte.

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La necesidad esquimal de enfrentar el amor al secreto es tan absurda como la necesidad de separar el arte revolucionario del arte imaginario. Quiero decir, sin secreto yo tendría un miedo espantoso. Creo que soy incrédula. A mí, los que no tienen secreto no me van a alucinar. El secreto, como la poesía, es una forma de salvarse del soneto medieval o de las letanías. Salta a la vista que la falta de secreto enciende luces avinagradas. Las violeteras se vuelven cuervos. Las vírgenes se vuelven gansas, los adalides se vuelven mármol, los corifeos se vuelven mingitorios. Lo terrible del secreto es que es invisible y a la invisibilidad muy pocos la comprenden.

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Los secretos vienen de a dos o de a tres, vienen sin protección, sin reflexión, sin penas, vienen sin suplicar ni exigir. Vienen sin familia, sin víveres. Vienen sin gastar más que el aliento. Viene como el ligero vellón del aire que se extiende hecho tapiz y mueve los planetas de origami. Instantes a los que se llega milagrosamente, muy desde el fondo. Instantes de encuentro total con algo que no es otro sino una, uno, que a su vez abrirá nuevos caminos hacia el otro, otra. Instantes de iluminación. Los secretos son pájaros que ponen huevos almendrados en un rincón del mundo que nadie ve.

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Los secretos siempre estarán junto a la niebla, intactos en su paciente polvo nupcial, recorriendo la región de las tormentas. Los secretos son infinitos como los colores de la cola del pavo real. De tamaño inmenso como los camellos o los granos de mostaza. Tan pequeños como los dragones o el apetito de un ciempiés. Bien mirados, los secretos son pájaros que andan con pasos de bailarinas y vienen como aluviones. Por ellos, una llega a la luna en puntas de pie, asustada por el propio hilo o mariposa que la ata al perfume. Y una cree que dios le prohibirá a su hijo que deje rodar su cabeza desde el mentón al pecho, desde el pecho a la memoria, pero dios con su ojo de dios, nos mira en secreto mientras come, parsimoniosamente, esa enorme mariposa negra, blanquísima como una mujer.

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