CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA

Sueños pintados

 Por Adrián Abonizio

* El joven está en la ochava y del pecho le cuelgan cucardas tales como mouses, celulares desventrados enganchados con un cable. Parece un artista avant de una puesta futurista. Duerme bajo el alero de la agencia de loterías, rodeado de conos viales, como un duende en su bosquecito. Es amable y siempre se está sonriendo. Muestra al que lo inquiere un papel que acredita que está esperando un trabajo importante de Estados Unidos. -Es cuestión de tiempo, coteja. Sueña pintado, colorido y roto. Sabe que algunos otros sueños horrorosos llevan un traje inmaculado.

* "Es un día para estar atento a los eventos sociales, actividades lúdicas, artísticas o amorosas", lee en la cama justo antes que el camillero lo pase a buscar para la ronda previa al quirófano. Mira al morocho que lo lleva al patíbulo que le alarga en confianza. -Vamos que lo esperan en la fiesta. Y al instante se enamora de su chofer, quien cuidadosamente, lo ha colocado en la camilla y lo conduce con solicitud hacia la salvación y la cura. Los horóscopos no se equivocan, piensa. Y le deposita sus dedos en la mano del otro que le retribuye con un roce de aceptación.

* Lee que asesinaron a un conocido vidente. -Ese día la bola adivinatoria no le funcionó. O a lo mejor sabía que le iba a suceder y se quiso suicidar, elucubra ella.

* Su padre le contaba: Ponían una calabaza tajeada en forma de cara dientuda con una lamparita dentro escondida sobre la rama de un árbol. Cuando el paseante nocturno llegaba al lugar, conectaban el enchufe y el susto era tremendo. Una vez se les quedo frío un sujeto. Huyeron y al otro día en las noticias oyeron del finado y su desvalije: Llevaba entre sus ropas una suma importante que nunca apareció, según familiares. Su padre aceptaba que al menos tendrían que haber revisado al difunto.

* De chico se había especializado en las carreras pedestres. Ese domingo corría en el club 9 de Julio y se sentía ganador, anhelante por el premio. Salió en punta y terminó primero lejos. Lo fueron a buscar porque no aparecía, ofendido con los triunfos y la certeza del engaño. Le habían dado como recompensa, olvidando que era un niño, un martillo, un obtuso y flaco martillo de mango rojo. -Es para que juegues le dijo el gordo del jurado. -Con tu cabeza, le respondió y salió disparado con su ira en zapatillas.

* Nació así, nena en cuerpo de varón. Barrio bravo que tuvo que domar con la fuerza de la costumbre. Vive en una casita de alambres y mallado de fierros, prolijos, pintados y sinceramente limpios. A nadie asustó que se corriera la voz que había encontrado y dado albergue a un niño de la calle, pobre entre los pobres y que lo mantenía en su casa. Sabían de su integridad, su amor planetario. Pero el diablo metió la cola y tuvo que declarar, ser arrestado y pagar por el delito de proteger a alguien que como él, nació solo y a la intemperie. La Justicia es idiota.

* Como debe a cada santo una vela utiliza el sistema de sorteo. Al azar señala un nombre escrito en su agenda y dirige sus ahorros magros hacia el elegido. Es una forma azarosa de manejar aún, mientras no lo asesinen, la libertad que otorga el ser un moroso sin pedido de captura.

* 28 años, siete hijos. De los 18 que no ha dejado de parir. Son una gran familia nacida en un régimen de guerra, abastecido de cariño con cada parición. Se ríen, se sonríen en un cuadro incongruente pero sincero que él retrata allá lejos de las villas entre el campo y la ciudad, junto al bañado, buscando cosas de la civilización reinante que los olvidara, riendo todos vaya a saberse de qué y por qué. Cuando emprende la retirada sobre su chata nueva mira su cara seria en el retrovisor, vulgarmente triste, y no logra entender el por qué de las cosas y de la ausencia de alegría propia.

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