CONTRATAPA › FOTOCOPIANDO LA ZONA

Fin de Semana

 Por Adrián Abonizio

* Caja de cereal colorida y cara. Es de una reconocida marca ancestral. Detrás luce un entretenimiento que es la búsqueda de un conejo por toda la casa. El dibujo se hace ancho y aéreo y el pibe descubre que de arriba se nota que la familia tiene comedor, baño, cocina, dormitorios, living. Tira el cartón sobre el carro y sigue revolviendo en el pilón de basura. "¡Mañana a clase!" oye en una radio de un auto detenido en el semáforo. Ambas cosas pertenecen a un mundo lejano, sordo e inútil para él.

* Domingo. Amanece en las sierras y los gallos hacen retumbar el valle. Los ladridos de los perros ha amenguado ahora que entró la luz, pero él, echado, los ha estado oyendo ir y venir por la avenida del sueño. El olor es a menta y el silencio abrumador. Tanto que el tipo, venido del infierno necesita calzarse en los oídos algo de suciedad graneada, alguien que lo estimule desde el dial, que lo guíe en el desayuno. No encuentra nada, sólo música gaucha. Afuera el verano es un suave esplendor entre las hojas.

* El tipo se ha preparado toda la semana para estar solo y ver el partido. Es su partido puesto que regresa a la pantalla tras meses de inactividad futbolera. La cábala y la bronca lo fueron extinguiendo pero hoy se siente fuerte. El entusiasmo le da una cachetada fría. La tevé no funciona. Para no soportar aquello de verlo en un bar o en el living inquisitorio de un amigo que no disfruta o sufre lo mismo que él o con colegas de la mala tradición de la derrota posible, toma una decisión. Se compra uno nuevo que encaja en el enchufe del anterior y listo. El lunes ya tendrá tiempo de renegar por la tarjeta. Ganan y respira por el terror de haber roto una superstición. Entonces ya en el atardecer a un gordo que pasa con su carrito le ofrece el tele antiguo, como un apestado.

* Marisa y Tito se quieren desde siempre pero se les ha enfriado el corazón. Viven juntos y para evitar la desprolijidad de que alguno cometa la torpeza de encontrar a alguien con quien supuestamente volver a creer en el amor sellan un pacto de no tentarse en aquel espejismo hormonal y le confieren al acuerdo un límite geográfico determinado. "Todo fuera de la ciudad nada dentro de ella", murmura ella muy seria mientras ceba un mate. El asiente muy serio y complacido. Han salvado vidas humanas y retoman el sendero de constituirse en samuráis de palabra. Aquello los enamora tanto que sin proponérselo vuelven esa noche de sábado a estar juntos.

* La ha visto en el recodo de un bar, tomada de las manos de una amiga. Las ha seguido y vió cómo al entrar en el auto se han besado levemente. Aquella prueba, aquella certeza de que su esposa tiene novia lo alegra y lo libera de tal forma pues sabe que al fin se podrá ir del departamento que esa noche, nublado de una dicha hambrienta y demente, le hace el amor por última vez.

* Pasa el sábado en la cama, acometido de fiebre oscilante entre los 38 y 39 grados. Al fin desciende a los 37. Mira el reloj, son las 4. A él le resuena el 40. Entonces suma todas la cifras y por teléfono juega quinientos mangos a la cabeza del 153. El cansancio y la gripe lo han hecho sumar mal. Era el 154 el que sale. Pide el lunes en el trabajo; ya no tiene temperatura pero la bronca lo hace encallar en la sábanas, deprimido y ausente.

* El sol cae sobre la lluvia y el agua clarea la luz, manchándola aún más de una grisada blancura extraña. ¿Qué es lo que angustia?. Nada sabe, nada recuerda. Apenas una imagen de sábado en que regresaba de jugar de su amiga y vió un señor huir de su casa donde estaba su mamá sola. Aquel hombre no era del lugar, ni su moto ni su espalda de cuero ni sus zapatos caros. Lloviznaba, como ahora. Como un relámpago entiende todo a la perfección. ¿Dónde estaba aquel recuerdo viejo, en qué pliegue metido?. Resopla como si escupiera desde dentro un oscuro ladrillo de miedo y pena. "Al fin, ¡era esto!, se dice y le entra un gran sueño que la voltea. Al despertarse, alta la noche del sábado frío, se siente tan leve que se cree muerta.

* Ha nacido en el sitio inapropiado. Le gusta la lectura, los mundos volcánicos de la lectura, el secreto de las líneas. En su casa no lo entienden. Por eso los sábados para que no lo interroguen al día siguiente, hace que se va. "A bailar", murmura. Pero ni bien pisa la calle vuelve entrar a su pieza por la ventanita que deja ex profeso abierta y se sumerge en la lectura, encerrado desde dentro con un mínimo velador que no expande luz. Cuando todos duermen y está cansado, repite la maniobra al revés. Al otro día le preguntan por la joda y él responde que todo bien, que muy entretenido todo.

* Algo que se promete nunca hará: Ni lavar el auto los fines de semana ni correr al super por las ofertas. Ni ver fútbol, ni cortar el césped, ni visitar cementerios, ni llamar a sus viejas novias, ni pintar, ni cazar ni pescar, ni esperar, ni hacer asados, ni rezar, ni añorar, ni oir tangos, ni buscar casas baratas o mujeres caras.

Nada de eso hará porque estará ocupado durmiendo. La semana la piensa utilizar cansándose en vivir; vivir de lo propio, feliz en su rutina creativa de hacer poco y vivir mucho.

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