CONTRATAPA › EL JARDíN ARGENTINO

Un jardín histórico al borde de desaparecer

 Por Gloria Lenardón

En el jardín había una equivocación, tenía que haberla, toda la plaza 25 de Mayo a disposición y elegir justo ese lugar, sin embargo entre tantos metros cuadrados libres las chapas de la empalizada cercaban el monolito, más el sector de pasto y flores que lo rodea. En el monolito converge toda la historia de las Madres de Rosario. Al monolito lo autorizó el Honorable Concejo Municipal (así fue durante la década del noventa, justo en 1996, para recordar a los muertos víctimas de la última dictadura militar, a veinte años). Detrás del perímetro señalizado por las chapas --una valla aparecida sorpresivamente en la plaza-- se oculta el pasto debajo del cual hay cenizas de madres e hijos, y de las flores de tantos aniversarios, treinta y seis hasta la fecha.

Muchas rondas de los jueves de la Memoria terminan en el monolito. Como a pesar de los reclamos las madres todavía no pudieron ubicar a sus hijos, todos sus aniversarios de nacimiento llevan flores al monolito, la frecuencia cambió porque murieron muchas, pero sigue habiendo en el lugar flores frescas. Esperanza Labrador perdió a toda su familia; no, le quedó una hija, la que después de mucho batallar se la llevó a España porque allá había nacido y allá debía volver para calmarse y pensar, pero Esperanza volvía todos los años a Rosario, y dejaba flores en el monolito, para el marido y sus dos hijos, --y para todos los demás que son tantos--. Esperanza Labrador durante sus averiguaciones enfrentó la voz detrás del escritorio que en vez de responderle la interrogaba, la voz que trataba de atemorizarla le preguntó si no tenía miedo: "El que tiene que tener miedo es usted porque tiene las manos manchadas de sangre", fue el momento en que Esperanza dio por finalizado el intento de conocer la verdad por vía de esos escritorios. Alrededor del monolito se esparcieron las cenizas de su marido y sus dos hijos, las de ella misma hace unos días, la de otra madre: Elida López.

Cuando uno de los últimos jueves llegaron a la plaza y se encontraron con las vallas, pensaron que harían la vereda de acceso al monolito, el pedido de la vereda lleva varios años, por fin se acabarían los tirantes de madera tan precarios y caminarían sin peligro. Pero no. Ese espacio se necesitaba para otros fines, el trascendido era que sería para una construcción, una muy importante, tanto como el sector de la plaza donde debía construirse y está el monolito, porque debía construirse ahí, en ese lugar, porque era único, el indicado, insustituible. También trascendió que se ocuparían del monolito y su entorno, se haría un traslado inmediato de todo el sector apenas unos pocos metros más allá, con un cuidado estricto, profundizarían de tal manera el corte del pasto que de los vestigios que atesora no se perdería nada, ni una sola ceniza, ni una brizna por las dudas, y en el nuevo lugar de la plaza 25 de Mayo, de tierra generosa y fértil, el pasto trasladado se adaptaría rápido, reverdecería, cubriría las cenizas removidas, y el monolito se volvería a aferrar tan bien que nadie podría sacarlo, jamás.

Del sector vallado que hoy tiene la plaza 25 de Mayo y que no permite el acceso al monolito ni a la tierra que lo rodea, qué puede decirse sino que se trata de una cuestión institucional y cultural; sabe exactamente el organismo correspondiente qué hay en un terreno público cuando da la orden de hacer algo? se interesa y preocupa la ciudad por conocer y proteger los símbolos de su historia, en lugares que le pertenecen? Son cuestiones que quedan al descubierto en situaciones como ésta porque no puede disociarse el mundo de la historia del mundo que se vive día a día; lo que sucedió, sucedió, y dejó sus huellas.

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