CONTRATAPA

Sentir para creer

 Por Miriam Cairo

No es un estanque.

Ni la palabra estanque.

Ni la palabra bar.

Es el bebedero de pájaros.

En él, la palabra hombre y la palabra mujer hablan con un zumbido de peras nacaradas al mejor estilo maorí.

Rituales de bilingüismo inmoderado. "A" que suena como ángulo, "e" que suena como eco, "i" que suena como sí, "o" que suena como nosotros, "u" que suena como unir.

Vida de gente común que se alimenta de cosas raras.

La palabra hombre suelta un aroma de membrillos que se puede ver y oír desde Nueva Zelanda hasta las laderas del Etna, desde la palabra allá hasta la palabra aquí.

Haka o muerte: "Kia korero te katoa o te tinana". "El cuerpo entero debe hablar". Cuando la palabra cuerpo no habla se entumece la palabra amor. Es así de fácil y así de triste. Entonces, la palabra amor pierde motricidad y se deja llevar en el changuito de compras. Se hunde Venecia y surge el supermercado. Se instala una lógica que alterna las corrientes heladas del sector de lácteos, con las pócimas amoníacas de la limpieza. Allí, la palabra amor se siente morir, pero la palabra azúcar, venida de alguna memoria, hace virar la carroza mortuoria hacia la góndola de los endulzantes. A cuatro manos se llena el armatoste de alambres cromados con desodorantes de ambiente, sopas enlatadas, carnes prensadas en medallones claustrofóbicos, carnes rojas, carnes blancas, carnes molidas, demolidas, maltratadas, pucheros costosísimos, lomos de chicas trans que no se dejan seducir. Hasta que llega el momento en que no hay nada más para comprar y la palabra amor, sin código de barra, no dice ni mu.

A todo esto, las puertas de la palabra bar se mantienen abiertas.

La palabra mujer entra y sale del idioma sin saber en qué pensamientos de por mayor y menor se ha extraviado la palabra hombre. Nadie más que las palabras están vivas a la hora de siesta.

Una serie de ideas infinitesimales estallan como salvas de honor y los sobres de azúcar se abren. Caen los granos blanquísimos dentro del pocillo de café como estrellas siderales dentro de una noche revuelta con cuchara.

Qué otras palabras se podrían decir que no fueran palabras prohibidas.

Que no se gasten las palabras dichas ni se mueran las que no se pueden decir.

La palabra mujer escucha desde el principio hasta el final todo el silencio de la palabra hombre.

La mesera que se enamora más de la palabra mujer que de la palabra hombre sonríe. Se deslumbra. Mira las manos de la palabra mujer que sostiene el corazón de la palabra hombre. Le habla tan bajito y tan de cerca que el nuevo pedido de café parece una confidencia amorosa.

La palabra hombre suelta los demonios de la palabra celos.

La palabra mujer saca uno por uno a sus propios demonios para que la palabra hombre se muera de sed.

Vida de gente común que se alimenta de cosas raras.

Un desierto de Sahara corrompe la palabra bar, destripa el bebedero de pájaros y la única mosca que se cree mariposa comienza la danza maorí. Haka o muerte: "Kia korero te katoa o te tinana". "El cuerpo entero debe hablar".

La parte grande es el sol que llega de atrás para adelante.

La parte más pequeña es inspirada por un relato que es o será pero nunca fue.

La mesera es semejante a la palabra mesera, exacta en su voz y en la sombra que proyecta.

La palabra celeste es inútil. No se deja beber como la palabra café, no se cae al piso como la palabra desmayo, no tiembla como la palabra yo, no suda como la palabra sexo, no mira como la palabra vos, no vuela como la palabra pájaro.

Leer para creer.

La palabra hombre está escrita al bies.

La palabra hombre huele a la palabra mujer a cien metros a la redonda.

A la palabra mujer le encanta soltar su aroma.

Sentir para creer.

Nadie más que ellos en la palabra bar.

Dios, barre la palabra calle de esquina a esquina.

Y todo si no claro bastante completo, con poco cambio probable a no ser quizás para llenar la palabra silencio.

La palabra mujer se ahoga en apólogos que tendidos sobre la mesa de la palabra bar, resultan versos.

La palabra hombre lee en su lengua las oes redondas como a compás, reemplaza las serpentinas eses por delgadísimas íes a la hora de construir plurales, se sube al pedestal de las mayúsculas y ensarta a la palabra mujer con su latido escandaloso.

Allá va Dios, lleno de polvo, recogiendo la basura de la gran ciudad con sus manos blancas. Manos simples de Dios simple que uno puede sacudir, besar, tomar, como en uno de esos momentos en que la palabra hombre y la palabra mujer se confiesan sin decir palabra.

Leer para creer.

La palabra bar es un bebedero de pájaros rotos.

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Imagen: Andrés Macera.
 
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