CONTRATAPA

El que se quiere ir solo

 Por Friedrich Fontana

Hay algunas cosas que despiertan con el viaje. Son anhelos antiguos, que corrompen la cadena de la costumbre. Un galopar conocido pero inexplorado. Una puerta abierta a mitad del pecho, pero a medias, para que no entre demasiada luz y haga que las cosas cambien de color. Mejor que sea tenue, me digo. No quiero olvidarme de mí.

El domingo era temprano. Ya lo había decidido unos días atrás, pero aún no estaba convencido. Abrí los ojos y por entre la cortina de la habitación podía mirar el cielo. Cenizas de la mañana, nubarrones grises que cambiaban de forma y tamaño. Me quedé un rato acostado, dudando. Daba vueltas en la cama, entre las sábanas. Esa seguridad. Miraba el techo y buscaba en alguna mancha algo de coraje. Irme a la montaña me causaba miedo. Y era por eso que deseaba ir.

Me levanté y le besé la cara. Ella convivía en el onirismo de la mañana pero advirtió mi presencia. Cuidáte, me dijo. Bajé a desayunar. La casa estaba en silencio y era como si las paredes siguieran mis movimientos. Ahí va, decían, el que se quiere ir solo.

Antes de irme le escribí. Arranqué una hoja de mi cuaderno y le dije algunas cosas. Que iba a buscar mis miedos y que también la iba a buscar a ella, en otra parte. Subí y deslice la carta por debajo de la puerta. Me colgué la mochila y arranqué. Al salir de la casa el cielo comenzaba a abrirse.

Caminé unas 10 cuadras hasta la autopista General Rumiñahui. Crucé el carril que lleva al sur y me detuve. Apoyé la mochila en el suelo y extendí mi mano derecha hacia el destino. A los 5 minutos estaba arriba de un auto que manejaba un Guayaco, como aquí le dicen a los de Guayaquil. Se llamaba Carlos, de mi edad o algunos años más. Me contó algunas cosas suyas, que había venido a Quito hacía 8 años, sin empleo, sin lugar donde vivir, y con el tiempo consiguió algunas de las cosas que buscaba. El hablaba del sacrificio que implica conseguir lo propio y yo pensaba que a veces el sacrificio no es necesario. Que a menudo es solo una herencia, o un hábito mal adquirido. El seguía hablando de tener una visión y de ir en busca de ella y yo me decía que no tan en el fondo todas las historias se parecen en algo. Tienen un núcleo común, un anhelo que necesitan, un empleo de las fuerzas hacía un punto que compartimos. Todos somos una novela.

Hice la mitad del trayecto con él. Me dejó en un pueblo llamado Amaguaña. Acá podes tomarte un bus, me dice. Voy a intentar con el dedo nuevamente, le contesté. Quisiera no gastar plata para llegar a la montaña. A veces el único pasaporte que exige el mundo son los pies, o un auto. Al rato me subí a una chata donde viajaba una familia. Hombre, mujer y dos hijos atrás. El tipo me dijo que el viaje me salía plata, y yo venía con esa idea de no gastar, pero algo me hizo preguntarle cuánto. 3 dólares dijo el tipo, 2 dólares contesté yo. Arriba nomás. Qué fácil me traiciono, murmuré para mis adentros.

Manejaba Luis, un profesor de escuela secundaria. La mujer no hablaba mucho y él tampoco la dejaba. Luis me pregunta por La Cristina, que dice que escuchó que es corrupta.

-﷓Cuál es la pregunta, le digo, ¿si es cierto o no? Le voy a dar mi punto de vista.

Argentina es un país difícil. Hay muchos cuervos con servilletas estrelladas anudadas al cuello. Las cosas no andan muy bien últimamente. La economía imperial nos ha roto tanto el culo durante tanto tiempo que aún hoy nos quiere empalar, impidiendo pagar deudas que el país está dispuesto a afrontar. Está lleno de payasos autodidactas que piensan en axiomas y son incapaces de generar crítica responsable, proponiendo algo más que no sea una vociferación atolondrada de futuras catástrofes. Sin embargo, estoy bastante alejado de la actualidad política de mi país. Pero déjeme contarle algo, casi entre amigos: yo sí la vote.

Me llevó justo enfrente del parque nacional. Ahí bajé y me quedé mirando algo. Ya no recuerdo qué. Busqué 2 dólares y se los entregué por la ventanilla.

Antes de venir a Ecuador nunca había visto un volcán. Nunca. Una distante cercanía existe con estas montañas. Lo siento dentro mío, como si fuera algo heredado de mi viejo y me río con ganas porque estoy donde quiero y porque los miedos que tenía antes de salir me trajeron acá. Una felicidad lejana, de infancia me inerva el cuerpo.

La entrada al Parque Nacional está asfaltada. A un costado del camino hay algunas casitas y negocios. Del otro lado bosque. Paso delante de una escuela que tiene el patio con vista al volcán. Más adelante una empresa que hace trabajos de minería. Pasan algunos coches pero ninguna me lleva. Yo sigo a pie. "El mundo se les revela a aquellos que van a pie", piensa Herzog, y ese decir me alienta. Allá adelante puedo ver a unos hombres que yacen tirados al costado de la calle, sobre el cordón. Me voy acercando. La noche es tan larga para algunos. Hay dos que no pueden pararse.

Al rato una chata me lleva parque adentro. Allí me registro y sigo viaje con estos colombianos que al parecer están bastante excitados, pero no por la montaña sino porque después de dar esta vuelta se van a tirar de un puente en Baños. Jumping le llaman y consiste en atarte de una soga por lo pies y tirarte al vacío. Me caen bien. Vas a la cima del Cotopaxi, pregunta uno. No, le contesto, no tengo equipo para eso y tampoco experiencia. No necesito llegar a la cumbre de ninguna montaña. Diría que voy para adentro, más que para arriba.

Hacemos el resto del camino juntos hasta la laguna de Limpiopungo, que está enfrente de donde voy a acampar. El viento es inmenso. Es como si la montaña soplara porque ya está cansada de que se le acerquen. Sopla para alejarnos y nosotros hacemos todos los intentos por dominarla, por inducirle medidas, tamaños. Nosotros convertimos a la montaña en un conflicto. Pero las cosas del mundo están ahí, me digo, el mundo está ahí. Primero está el mundo, decía un amigo, y después vienen las intenciones de apropiárselo.

Me alejo. Les doy las gracias y camino hacia donde haya reparo. Cruzo por enfrente del volcán, que hoy está bastante despejado y deja ver su cima coronada de nubes eternas. Doy un rodeo y me meto por entre dos elevaciones. Allí el viento no es tan poderoso. Voy hasta el final de este camino anclado entre las rocas. Armo la carpa, me tomo un vaso de yogurt y me como una manzana roja, dulce. Agarro el bolso con la cámara y salgo a caminar. Subo unas pequeñas lomas y el viento me empuja, me sacude, a veces me confunde. Cae un aguanieve que hace difícil el andar. Respirar por la nariz lastima las fosas porque el aire está muy frío. Doy unas vueltas y termino de frente al volcán. Puedo ver un sendero más adelante, a varios kilómetros, que asciende por un costado de su loma. Saco algunas fotos, filmo algunos detalles estáticos de la montaña. Regreso. Necesito descansar.

Me siento sobre el pasto y almuerzo unos sanguches de atún y mortadela. El sol me da de espaldas. Doy vuelta el cuerpo y cambio de lugar. Me recuesto sobre un colchón verde y húmedo. Alrededor mío brotan pequeñas flores de color amarillo. Una nube pasa delante del sol y todo se oscurece.

Se hacen las 3 de la tarde. Ya es hora, me digo. Es como si adentro del cuerpo sintiera cuando es el momento de hacer algo. Me dejo llevar por los pies. Salgo del campamento y rodeo el volcán. Son varios kilómetros y la música viene conmigo. Escucho un disco de Thomas Newman, que es quien hizo la música de Belleza Americana, solo que ahora el disco es de la película el Susurrador de caballos. Alto viaje.

Siento que mis viejos saben dónde estoy, como si pudieran mirarme caminar por estas montañas.

Me alejo de los caminos, subo otra loma y me echo a descansar. Está haciendo frío y todos los yuyos y pastos a mi lado se mueven, como si el viento los hiciera bailar. De frente el volcán Cotopaxi, uno de los nevados activos más alto del mundo.

En un momento decidí filmar y que se escuchara mi voz. Quería decir algo. Serme sincero. Un mensaje para mi posteridad. Contaba cuales eran los pasos que me habían llevado a las montañas. Y en un momento cuando dije que tenía 31 años, y que estaba de frente a un Volcán algo dentro mío se desató. Un número que tenía que ver con los tiempos y con las cosas logradas. Todo lo hecho y lo pendiente habitaba en ese pensamiento. De pronto, ese número, el mío, me comenzó a gustar. Lo acepté, no como quien se resigna ante el paso del tiempo, sino como quien deja de intentar aferrarse a él. Faulkner te enseña cosas, me dije.

El sol pasa a estar detrás y advierto que es hora de ir volviendo. Mientras bajo levanto la mirada y la cima del volcán se empieza a despejar. Lo veo, pero más que verlo lo siento adentro. Se va a despejar todo, me digo. Y me emociono tanto que lloro. Un llanto simple. Se va a despejar, me repito. Al llegar abajo la cima se deja ver. No es puntuda, sino más bien como una meseta. A veces encandila un poco mirarlo. Elijo una piedra donde apoyar la cámara y filmo, de nuevo.

De regreso recojo unos troncos que había visto al venir. Ya tengo algo de leña en el campamento pero no es suficiente, son casi todas ramitas que no me van a dejar hacer un fuego prolongado. Junto esos troncos y los ato con el pañuelo que llevaba. El más grande de los troncos tiene una forma particular que hace que lo pueda apoyar en el hombro izquierdo y ahí se queda, como haciendo equilibrio.

Llego al campamento y me tiro a descansar. Leo un rato, escribo otra cosa. El atardecer va llegando, el cielo se va convirtiendo en un escenario donde los colores batallan por existir. Acomodo la leña y enciendo el fuego. Me como dos de los sanguches que tengo. Guardo el último. Allá atrás, lejos, se ve el Rumiñahui, otro gigante. Allí fue capturado el General, hermanastro de Atahualpa, cuando lo persiguió Sebastián de Benalcázar. Escapó solo y cojeando. En las breñas de la montaña le dieron caza y lo torturaron a fin de sacarle dónde había escondido el tesoro de Quito. Un tiempo después lo quemaron vivo en la plaza grande de la capital. Dicen que todavía está enterrado allí, el famoso tesoro de Atahualpa.

Las nubes son ligeras y tienen una particular inclinación para absorberme. Van cambiando de forma hasta llegar a ser lo que son. Dragones en el cielo. Advierto claramente que se trata de dos entidades disputándose la cima. Entre ambos se amalgaman y se convierten en una mancha extraña que el viento hace desaparecer. Con mi cámara registro todo.

Se hace de noche. Todo es oscuridad. En el teléfono pongo un tema del Indio, Había una vez, y bailo No es una danza india, ni ancestral. Mis antepasados no son indígenas pero saben bailar.

Hay unos pájaros blancos que dan vueltas por encima.

Cuando el fuego se extingue abandono la intemperie. ¿La abandono? Me meto dentro de la carpa y envuelvo mi cuerpo. El frío desciende y lo siento en los pies. La colcha que usaba de colchón la tuve que sacar y usarla para cubrirme. Es incómodo el suelo, lo recuerdo. No encuentro una posición para dormir. Serán las 9 de la noche. Duermo por intervalos. Me levanto y son las 3 de la mañana. Trato de descansar. Afuera la noche está en silencio y la inmensidad se lleva alguna de mis partes.

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