CONTRATAPA

De regreso en Kansas

 Por Javier Núñez

Ahora todo parece lejano o como si les hubiera sucedido a otros, pero hubo una época en que la chica de ojos pardos era un sueño secreto y escurridizo que entraba y salía de esos días, o de los huecos de esos días. Entonces cada uno de esos encuentros furtivos tenía la intensidad de un temblor trepidatorio y los sucedía un vacío inefable que acababa, siempre, por llenarlo todo. Por eso, acaso, cuando nos volvíamos a encontrar pasábamos tanto tiempo urdiendo huidas que no iban a ser, impensables destinos distantes o mínimas fugas fugaces que, sabíamos, nunca habríamos de concretar. Ella revolvía el café junto a la ventana, y miraba los autos apiñados junto al cordón, la hilera de árboles escuálidos del parque de enfrente, al chico que hacía malabares en el semáforo, las caras de aburrimiento de los conductores que esperaban por la luz verde. Y hablábamos de París, Londres, Madrid y Venecia o lugares igual de inalcanzables. Pero entonces todo nos resultaba inalcanzable y cuando todo lo es para qué detenerse. Después yo decía, como para bajar un poco a la realidad o darle una oportunidad más factible a las ilusiones, que deberíamos irnos a algún lado en auto. Algún lugar cercano. Ella preguntaba adónde.

A cualquier lado, respondía yo, agarrar el auto y salir a la ruta. Y ver con qué nos encontrábamos.

Tratábamos de sonreír. Por demasiados motivos, aunque no lo decíamos, nos resultaba tanto o más difícil que el viaje a Europa. Entonces tapábamos las muecas inconclusas, las sonrisas a medias, con un sorbo de café. Y callábamos.

Me gusta el contraste, decía yo después, como si ese silencio, esa brecha de duda, nunca hubiera sobrevolado la mesa del bar. Y me explayaba. Le decía que, acostumbrado al vértigo del paisaje inconstante, a las hileras de edificios que se suceden con sus pequeñas particularidades que modifican la silueta de la ciudad en cada cuadra, a la maraña de cables que cruzan el pedazo de cielo del parabrisas, y las intermitencias del tráfico y los semáforos, salir a la ruta y ver el desfile de postes o la repetición de campos sembrados de soja o trigo me provocaba algo así como una triste serenidad.

La pampa quieta, decía ella.

La frase era ilógica, pero sentía que me tocaba un nervio. Contestaba que sí. Y decía algo así como que hay un ritmo, un pulso vital que desciende cada vez que alguien sube a un auto y se aleja de la ciudad.

Entonces sonreíamos con algo así como una esperanza tenaz. O irracional.

A veces había un temblor mínimo, un terremoto imperceptible que se expandía por la madera hasta sacudir la superficie del café. Era el celular de alguno que vibraba con insistencia. A veces era el de ella, a veces el mío. Mirábamos la pantalla y decíamos disculpá, tengo que atender. No dábamos excusas ni explicaciones. Creíamos o simulábamos creer que así era más fácil para los dos. Simplemente decíamos tengo que atender y salíamos afuera para hablar. Y lidiábamos en secreto con las culpas. Si salía ella, yo seguía tomando el café. Miraba la hora y jugaba con la caja de cigarrillos mientras ella, afuera, hablaba por teléfono y trataba de arreglarse el pelo con la mano libre mientras se miraba en el reflejo de una vidriera. Todos nuestros encuentros incluían su batalla postrera con el alboroto de su pelo. Regresaba al cabo de un momento, tras una breve escala en el baño, con algo de maquillaje en los ojos y el pelo indómito atado con una colita. A veces --dijo una vez mientras se sentaba--, me da risa el estado en que salgo de la burbuja: los pelos enmarañados, el rímel corrido, la mirada como aturdida.

La burbuja. En ocasiones, como entonces, era un eufemismo que usaba para referirse a los lugares en los que nos solíamos refugiar. Otras veces eso definía toda nuestra relación.

No me doy cuenta, siguió diciendo ese día, es como si estuviera en otra dimensión, o mejor: como si acabara de volver de otra dimensión. Soy Dorothy de regreso en Kansas, Alicia despertando bajo el árbol. Ese primer instante de desconcierto, ¿entendés?

Dije que sí. Que entendía. Pero ella siguió. No me miraba a mí: miraba hacia un costado, hacia un punto indefinido, como - todavía- suele hacer cuando habla de algo que la obliga a mirar hacia atrás o hacia adentro.

El primer beso me dejó así, dijo. Tenía 12 años y fue una tarde en la plaza, a la hora de la siesta. Algo en ese instante me recorrió de los pies a la cabeza, una llamarada imprevista de luz. Como un avión alcanzado por un rayo.Y cuando abrí los ojos no sabía ni entendía qué me pasaba: creí que me había enfermado de repente y me asusté. Fui corriendo a mi casa, a mirarme en el espejo para comprobar que estaba entera. A veces esto me recuerda esa sensación. Tengo que mirarme en el espejo para comprobar que estoy bien, que estoy entera, que todavía sigo siendo yo.

A veces decía cosas como esa. Y yo le agarraba la mano por sobre la mesa y, por un instante, parecía a punto de decir algo. Pero ninguno soltaba una palabra, y los dedos se desentrelazaban como un tejido que se deshace al tirar de un hilo suelto.

Después salíamos a la calle por turnos. Me subía al auto y lo ponía en marcha mientras ella se demoraba retocándose la pintura o devolviendo llamadas o revisando su agenda. Yo acomodaba el espejo retrovisor, me miraba sin ver y demoraba siempre unos instantes antes de arrancar, sin ningún motivo en particular.

Ahora, aunque todo parece tan lejano o como si les hubiera pasado a otros, sé que hacía de cuenta que estaba entero.

Hacía de cuenta.

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