CONTRATAPA

La última mañana

 Por Gabriela Gervasoni

La última mañana de Eliseo Martínez fue idéntica a todas sus mañanas. Cuando el delicado (aunque doloroso) infarto lo sorprendió en un semáforo, sus ojos guardaban la imagen de tres chicos que cruzaban la calle. Con sus delantales blancos y mochilas cargadas los nenes también lo miraron, ninguno de ellos con conocimiento de lo importante que podría ser esa escena en las que les tocaba participar.

Eliseo despertó a las cinco y media. Su mujer a las seis. Mientras él se vestía ella preparó un mate cocido y tostó algo de pan. Hubiera querido seguir la discusión del día anterior pero sabía que su marido prefería no hablar por la mañana. Mejor a la noche, pensó. En silencio, mirando los autos que pasaban por la calle y con el sonido de la radio del vecino subiendo por el balcón tomaron juntos su último desayuno. Ella le dio un beso en la mejilla izquierda, mientras él buscaba con la mirada las llaves del auto y pedía que a la noche no cocinara carne porque le causaba insomnio. Protegida con dos vueltas de llave, sin saberlo, dejaba para siempre su casa vacía de él; repleta de cosas pero vacía de él.

Manejó hasta el garage de la empresa de transporte donde trabajaba. Era temprano así que pudo fumar el último cigarrillo de su vida. Se sentó sobre un macetero de cemento y dio cada pitada con ganas. Cuando era más joven ese cigarrillo de la mañana le provocaba mucha tos, ahora no.

El sol empezaba a secar el rocío con suavidad. Sus compañeros pasaban y, como todos los días, se hacían chistes malos sobre sus cabezas calvas, sus abdominales vencidos por la cerveza y la dominación de sus esposas. Esa mañana las bromas fueron muy malas. Salvo Mario, ninguno lo hizo reir.

Escuchá éste, de salón. Un flaco le dice a otro: mi novia me dejó. El amigo pregunta: ¿por qué? Y el otro contesta: por no prestarle atención... o algo así, ya no me acuerdo.

Manejando la unidad 13, volvió a reírse pensando en el chiste de su compañero. Notó que esa mañana, demasiado fresca para la época del año en que estaban, había menos tránsito y por algún motivo su ómnibus iba más vacío de lo habitual. Disfrutó de la tranquilidad a pesar de saber que no sería duradera.

Sonó el teléfono celular; era su hijo mayor.

Hola, estoy laburando, ¿pasa algo?

No, no, pensé que estabas de franco hoy, me confundí. Te llamo a la tarde, era para ver si vamos a la cancha el sábado a la noche.

Sí, sí, vamos. Después arreglamos. Chau, chau.

Cuando cortó la llamada pensó en el sábado, en la popular cubierta de azul y amarillo y en que este torneo a lo mejor era para ellos. Usó algunos de los pocos minutos que le quedaban para repasar cómo quedaría el equipo para esa fecha. Si el técnico pensaba como él no había forma de perder. Volvió a guardar su teléfono en el bolsillo de la camisa, junto con el documento de identidad, el registro de conducir y el carnet de Central.

Maestro, ponéte los auriculares, mirá la ordenanza; si te dejo con la música así de fuerte a mí me hacen una multa, pibe pidió con tranquilidad.

Eh, sacáte la gorra, pá contestó el chico, cumpliendo el pedido con fastidio.

Eliseo miró por el espejo y se encontró de nuevo con la imagen del chico, ahora sentado al lado de la puerta trasera y moviendo la cabeza al compás de su música secreta. Otros pasajeros también viajaban protegiendo su silencio con los auriculares y totalmente abstraídos.

El semáforo está en amarillo. Ahora en rojo. Eliseo frena. Mira el reloj; son las nueve menos cuarto. Es una esquina del macrocentro bastante concurrida y tiene que estar atento. Suben cinco personas y saludan. Escucha los pitidos que demuestran que todos marcaron su pasaje. Piensa nuevamente en el chiste de Mario, quiere recordarlo para contárselo a su mujer. Apoya la mano sobre la palanca de cambio y la deja ahí, relajada, esperando poder arrancar.

Pasan los tres nenes con sus mochilas. Miran a Eliseo y él también los observa. El dolor comienza a tomarle el cuerpo desde el brazo hacia la cabeza. Eliseo no piensa en la muerte, no imagina que sea el momento. Nadie viene a buscarlo; ni sus padres, ni ángeles, ni hadas de ningún tipo. No ve luz en el fondo de un túnel. No se reproducen escenas de su vida ni se le revelan conocimientos extraordinarios. No siente temor, ni alegría; no hay culpa ni reproches. La muerte hizo su trabajo como lo hace siempre, rudimentaria y silenciosamente.

La última mañana de Eliseo Martínez fue idéntica a todas sus mañanas.

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