CONTRATAPA

Tres brevísimos tres

 Por Javier Chiabrando

Me tiré a dormir una siesta pensando en escribir sobre la grieta, y cuando desperté me sentí en la película de Woody Allen El dormilón. Pero no habían pasado décadas, ni estaba en otro país. Era Argentina, 2015, domingo de elecciones, y en un cerrar y abrir de ojos se habían alterado las reglas del juego. Argentina es así, al que no le guste que se mude a Andorra donde pasan cosas interesantes cada dos siglos. Desechada la nota sobre la grieta, tuve que apelar a mis conocimientos profundos, que van de saber usar Google hasta recordar de memoria los diálogos de El Chavo y el nombre de los actores secundarios de El Padrino. Y se me apareció aquella frase atribuida al gran Sarmiento: "Hay que educar al soberano (el pueblo); si no lo haces por justicia, hazlo aunque sea por miedo". Esta idea se ha puesto en práctica muchas veces en nuestro país y también en países donde nunca se lo ha leído. La frase de Sarmiento parece sencilla de desarticular hoy pero tenía sentido en el siglo XIX porque el pueblo era una caterva olorienta, analfabeta, que ni se limpiaría el culo con papel de diario porque apenas existían diarios y lavarían el chiripá cuando la lluvia los pescaba a la intemperie. Pero, ¿quién debía educar a ese soberano? El que tenía el poder. En época de Sarmiento era un poder a medias político y a medias militar, siempre bajo el dominio psicológico, político o real de fuerzas extranjeras que nunca nos sacaron el pie de encima. Un siglo y medio después, el poder es decididamente económico y el poder político es circunstancial, y a veces gerente del otro. Pero el concepto de educar al soberano, por justicia o por miedo, sigue vigente. Puede ser democracia con miedo, o simplemente miedo, como ha sucedido en las dictaduras. O pueden ser miedos más elementales, siempre poderosos: a perder el trabajo, a no poder ahorrar dólares, a la inflación, a la inseguridad, a la incertidumbre. En el pasado transmitían ese miedo a los tiros, con golpes de estado. Ahora lo usan disfrazado de justicia, o sea de democracia.

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El poder dice saber lo que le conviene al pueblo más que el pueblo mismo. Entonces ahí aparece otro recuerdo surgido de las profundidades de mi cabeza: el despotismo ilustrado. Fue una idea que logró muchos avances sociales: "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". En el siglo XVIII tenía mucho sentido porque la gente era burra, mugrienta y poca atenta a las ideas que llegaban del mundo civilizado, en general Francia. Entonces había que indicarles el camino (algo similar a lo que decía Sarmiento), con delicadeza o a los garrotazos. Pero al pueblo no le dolía porque era por su bien. Y a veces lo era. Para que eso sucediera tuvieron que aparecer reyes modernos con ministros inteligentes que plantearon un salto hacia el futuro haciendo de las ciudades lugares habitables, incluso bellos, como en el Madrid del borbón Carlos III, en lugar de piojeras donde podías recibir el contenido de una bacinilla en la cabeza por no haber oído a tiempo el grito de "agua va". Pero siempre el que se atribuye el derecho de saber lo que quiere el pueblo, es el poder. A veces hay intelectuales que logran intercalar ideas cuando ese poder duerme la siesta, como Marx, por citar un ejemplo notable, pero cuando el poder se despierta de la siesta, tiene más hambre y menos prejuicios en aplastar las ideas de cambio. En un diálogo de El Padrino, Pacino le dice algo parecido a Diane Keaton, pero era para levantársela, así que no le daremos mayor importancia. Un despotismo ilustrado moderno, que sigue teniendo vigencia, ha funcionado bien en estos días. Medios poderosos, millonarios, Sociedad Rural y otros han dictaminado que a este pueblo le conviene otro rumbo. A ellos también, pero eso no lo dicen; no está en la mesa de discusiones. El asunto es lo que el pueblo, que es el que vota y decide, debe hacer para ser feliz. Antes eran ciudades más modernas y baños públicos. Hoy es libremercado, achique, importación a lo loco y dólares que se compran en el kiosco. La ausencia de corrupción no está en la mesa de debate desde que se descubrieron los negociados del PRO, algo que a sus votantes no les importó tanto como venían pregonando. El pueblo decide. Decide entre lo que el poder económico puso sobre la mesa y lo que ese poder desprecia. Agua va, se oye en el aire, mientras una bacinilla simbólica vuela en el aire, llena de mierda, simbólica y no tanto.

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La tercera reminiscencia es el cuento El traje del emperador. Al emperador le vendían un traje inexistente y el tipo andaba de acá para allá en bolas. Por miedo todos le alababan el traje hasta que un esclavo le avisó que hacía el ridículo. Primera reflexión: el esclavo no tenía nada que perder, como mucho la vida de porquería que vivía. Aun así, como buen chupamedias elige entregarla para evitar que el rey haga papelones. Segunda reflexión: el esclavo es ascendido a monotributista y reciba una casita como premio, entonces cuando el emperador vuelva a hacer el ridículo, se callará la boca para no perder lo que tiene. ¿Se parece a cierto argentino piojo resucitado que estaba muerto de hambre y que ahora tiene un autito y se cree de clase media y por eso vota el cambio para poder ahorrar dólares? Ahora, si el cuento se llamara El traje del soberano (y nótese el extraordinario juego de palabras que ha encontrado mi inteligencia, que nunca descansa), la cosa cambia. En este nuevo cuento, es el pueblo el que quería usar un traje diferente al de los otros pueblos. No quería seguir los caminos del libremercado a ultranza, del capitalismo feroz, ser lamebotas del poder imperial ni económico. Para eso se desendeudó, protegió sus industrias, y apostó a la investigación y a otras cosas que no vienen al caso. Y pasó lo mismo. Alguien vino a decirle al pueblo que se dejara de joder. En este caso el que se lo dijo es el emperador, el poder. Le dijo, a lo Sarmiento: "Aprendé de una vez lo que te conviene o te rajo el puntero en la cabeza". O le dijo, a lo déspota ilustrado: "mire m'ijito, eso de distribución de la riqueza, derechos humanos, putos que se casan y cohetes a la luna, no es para usted; usted para ser feliz tiene que ponerse el traje que yo le doy, soñar con ahorrar dólares y bajarse los pantalones ante el FMI que se lo van a empomar pero con onda". La nota sobre la grieta quedará para más adelante, porque aunque algunos crean que acá se cierran discusiones, en realidad se abren, y volveremos una y otra vez sobre el peronismo y su pragmatismo, el radicalismo y sus mutaciones y la mentada grieta. Queda mucho por delante. Queda ganar o perder. Queda gobernar bien o mal. Queda ver cómo reacciona este soberano cuando tiemblen sus derechos adquiridos. Queda por saber cuánta fidelidad será capaz de demostrar la clase media ante el aumento de la luz, el gas, el dólar y una devaluación. Queda mucho por escribir, traiciones por sufrir y lealtades por mostrar, devoluciones de gentilezas a troche y moche, chicanas, burlas y contraburlas. En el medio, el pueblo argentino, monada colorida, de ideario variopinto y deseos contrapuestos. Que viene recibiendo lecciones a los garrotazos desde hace siglos. Y acá estamos, aguantando y luchando, dólar más, dólar menos.

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