CONTRATAPA

EL CABALLITO DE LA MANO ROTA

 Por Jorge Isaías

El chico sabe que no son sus tíos. Y sin embargo los llama tíos. Ellos forman un matrimonio ya mayor de chacareros sin hijos, que explotan como arrendatarios unas pocas hectáreas de campo perteneciente a los herederos del fundador del pueblo. En estas tareas los ayuda un sobrino que ellos criaron de muy chico y que ahora, recién venido del servicio militar, afronta las más duras tareas de esa explotación rural.

El chico sabe que no son sus tíos, pero los llama así, tal vez para sentirlos más íntimos o para devolver ese cariño que ellos le brindan y que su percepción no deja escapar, tal vez porque es muy evidente, y sobre todo porque el afecto de los dos hacia él es real.

El chico recordará esa casa siempre. Las dos hileras de mandarinos que separan el patio de tierra bien barrido de la quinta cercada por un tejido, las conejeras al doblar hacia el potrero de invernar donde hay varias parvas de pasto para que los animales coman cuando las heladas pintan de chamuscado amarillo el esplendor de los pastos.

Hacia el norte el molino, los corrales y más lejos los campos sembrados no sin antes sortear los chiqueros con los cerdos en engorde para las facturas de agosto. Hacia el Sur, detrás de la casa: el gallinero, los dos perros guardianes, algún chiquero más para las paridoras, el corral de las ovejas, y hacia el camino real y las vías un verde alfalfar del que siempre brota un efluvio de mariposas amarillas y blancas. Hacia el oeste, una larga hilera de sauces muy jóvenes acompañando el camino que conduce a la casa.

Todo eso fue transitado por ese chico en aquellos años remotos.

También la exploración de la casa, y en el recuerdo de hoy es traído ese caballito de yeso con la mano en alto y con una cinta adhesiva sosteniendo esa mano quebrada alguna vez en un descuido en que alguien la botó contra el suelo. El descubrimiento de ese caballito sobre un mueble ﷓quizás una cómoda﷓ lo persiguió por años y años. Y él se ve diminuto, mientras la mujer cambia las sábanas de esa cama que a él, al niño, le parecía una alta embarcación a la deriva.

La cama, los muebles claros, las cortinas oscuras de la ventana que daba hacia el patio de tierra barrida y junto a esa ventana que sombreaba un paraíso coposo, un paraíso con sus minúsculas florcitas que se convertirían en Otoño en esas bolitas tan llamativas cuando ya el árbol perdiera las hojas y quedaran esos adornitos esféricos colgando de las ramas desnudas y escuálidas.

Los días en ese campo como el lector lo puede suponer sin equivocarse son monótonos. Se animan un poco más en los tiempos de cosecha, que son respectivamente, en invierno la de maíz y en verano la del trigo. Allí la actividad es profusa porque esos ciclos traen esperanzas y bríos renovados. Depende del rinde si se cubrirán o no las expectativas y se podrán pagar las deudas que han insumido las semillas, la libreta del almacén de ramos generales y algún otro gasto menor.

Ninguna de estas cosas preocupa al chico, que vive en su propio mundo. Un mundo simple, un mundo de cosas elementales, carente de juguetes y golosinas, pero con un exceso de cielos abiertos, espacios hondos, multitudes de pájaros, de animales domésticos, de frutas que lo esperan con todo su exquisito sabor.

Todo esto lo valorará algún día, tal vez exagerando, porque a decir verdad su mundo era reducido y más que precario y sólo se agiganta en su recuerdo. Pero a esta altura lo único que quiere el hombre que junta ese recuerdo es para tenerlo consigo, y no para negociarlo, ni por todo el oro del mundo. No es poco, cuando sabemos que los adultos negocian casi todo en los días que corren, empezando por los recuerdos de la infancia y los ideales de la juventud.

Por eso, entre todo lo que perdió en la vida retiene como oro el recuerdo de ese caballito de la mano rota, ese caballito de yeso que emulaba un alazán de los que él vio tal vez en un atardecer cabalgando, suelto, contra el crepúsculo de cobre y que luego, en un viraje de la vida, en un descuido se perdió para siempre.

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