CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA.

Anecdotario manchado de guerra

 Por Adrián Abonizio

  • En Polonia, donde funcionara un campo de prisioneros del nazismo, descubrieron el motivo de un natural compost formado bajo las sombras de alerces. Allí la tierra estaba bien abonada, rica en nutrientes. Debajo, como habían creído en un principio, no hallaron cadáveres o restos humanos, sino zapatos... miles de zapatos de esclavos que, al degradarse el cuero, formaron ricos nutrientes para una flora ambiciosa, inocente y ajena. Los empleados del lugar consideraron este hallazgo más siniestro que el haber descubierto huesos, calaveras, costillas. Seguramente, porque lo imaginado es peor que lo macabro de lo absoluto, de lo palpable. Según dijeron sin temor a subjetividades, las plantas y flores crecían de la mejor forma en ese sitio.

  • Fue Vasili Arkhipob, el gran valiente. Trabajaba como jefe de radares cuando estalló la Guerra Fría. Por orden de Kruschev merodeaban las aguas del Caribe a la espera de los acontecimientos a bordo de un submarino B-59. Estaban listos para cualquier cosa que pasara en esos tiempos en los que un mal botón, una palabra mal dicha, un malentendido o una señal mal interpretada significaba el comienzo del Fin. Fueron descubiertos y les lanzaron bombas de profundidad para que se indentificaran y salieran a superficie. El capitán, creyendo que había empezado la guerra, estuvo por disparar cohetes que estallarían en territorio de USA. Lo que conllevaría a una réplica de los estadounidenses. Pero el segundo jefe se lo impidió con firmeza -se dice que pelearon cuerpo a cuerpo- a riesgo de perder el mando y ser castigado. Era una mala interpretación y aquel ruso, de cuyo nombre y apellido nada se sabe, fue el que impidió que se destruyera el mundo. Así de simple. No hay estatuas ni escritos con su nombre, pero sí, fue un superhéroe olvidado que salvó al mundo.
  • "Una tregua muy famosa fue la tregua de Navidad entre soldados británicos y alemanes en el invierno de 1914, en el frente cercano a Armentieres. Los soldados alemanes comenzaron a cantar villancicos, y pronto los soldados dejaron las trincheras. Los soldados de ambos bandos intercambiaron regalos e historias, e incluso jugaron algunos partidos de fútbol. Sin embargo, los generales de los ejércitos desaprobaban estas treguas, y los británicos llegaron a organizar un consejo de guerra a varios de sus soldados", reza la información escueta y miserable. Dispuestos en trincheras, donde morían como las mismas ratas con las cuales convivían, decidieron un alto y salieron de común acuerdo a brindar bajo la luna. Ambos bandos se abrazaron y compartieron su pan y su vino. Luego alguien tocó la trompa y cada cual regresó a su sitio. Dos meses mas tarde, un sargento británico fue hospitalizado: acusaba depresión profunda y una herida en la sien producto de un intento fallido de suicidio. Explicó al enfermero que había descubierto que siendo francotirador había matado de un tiro en la frente a un enemigo, el mismo con quien confraternizara en aquella noche navideña y le regalara como prueba de afecto un botón con forma de oso. El mismo que guardó hasta el último instante encerrado en el mismo puño con que había empuñado el arma.
  • Su abuelo italiano del sur estuvo en la Primera Guerra Mundial y en el frente se encontró con amigos de su pueblo. Pactaron ir y a la primera escaramuza simplemente huir. Lo hicieron y en el desbande estuvieron vagando en esa zona gris donde no existen ni los enemigos ni los propios. Ellos, hijos de pastores, entrenados desde niños a andar por la naturaleza, sobrevivieron un largo año escondidos entre matorrales, cuevas y hasta en un molino abandonado. Nunca dispararon un solo tiro. Entendían que la contienda aquella la disputaban los mandamases y ellos eran los esclavos. Se enteraron que todo culminó cuando una muchacha corriendo por el prado se puso a gritar que el conflicto había terminado. Le dijeron a sus superiores que habían estado presos y ahí terminó la historia. El abuelo se mudó a Argentina, precisamente a Rosario, donde socavó en la casa que vivía un sótano profundo y bien provisto: allí asiló anarquistas perseguidos, jovencitos obligados a trabajar de mafiosos por el hambre que huían de sus jefes. Expatriados, vagabundos. En una noche de velas y felicidad pudo reencontrarse con dos de sus compañeros de pueblo y de armas. Bebieron hasta el paroxismo y cantaron y fueron felices por estar no solo vivos sino el haberse burlado de la falsa patria, la falsa honorabilidad, la falsa redención que les prometían mandándolos al frente como ovejas.
  • En las pelis yankis siempre se suele ver como una postal, particularmente con nieve y cuervos en los cielos, a las miles de cruces blancas que constituyen la escenografía helada de los tantísimos inocentes obligados que fueron a hacerse destrozar las vísceras y los huesos detrás de quimeras estúpidas sin saber porqué y contra quien combatían. Pero ellos son así: representan a la muerte como el karma, la cucarda, el premio del heroísmo vano y la maquinaria del totalitarismo disfrazado del sueño americano y el confort de una nación siempre acosada por infieles, comunistas o musulmanes.
  • El 29 de abril de 1967, Cassius Clay, devenido en Muhammad Alí, declinó de ir a la guerra por haberse convertido en musulmán. Fue acusado de traidor a la patria, de cobarde, de comunista. Pero resistió cárcel, tribunal y la quita de todos los títulos obtenidos. Volvió a los dos años y los recuperó uno a uno. "No nacimos para dar muerte a otro ser humano", decía quien castigaba con fiereza y elegancia sobre el ring. "Arriba puede ser la muerte circunstancial, abajo, allá en Vietnam es la muerte segura. No solo la muerte, sino un acto criminal" expresó. Y entró al gimnasio y a la historia como el primer pacifista que recupera honorabilidad y sentido común por su causa a las trompadas.
  • Donald Trump promete en su campaña levantar un muro entre México y USA que sería abonado por el estado mexicano. El Papa Francisco dijo que no es ser buen cristiano "construir muros en lugar de puentes". El magnate fue más allá al sostener que "si (acaso) y cuando el Vaticano sea atacado por ISIS -que, como todos saben, es el trofeo más buscado por ISIS-, puedo prometerles que el Papa sólo desearía y oraría para que Donald Trump hubiera sido presidente". Amenazas, chantaje, preludio de combate, quien lo sabe. El mundo está en manos de unos locos sin carnet.
  • El 3 de noviembre de 1995 explotó la Fábrica de Armas de Río Tercero con un saldo de 7 muertos y muchos heridos. Fueron a juicio y posteriormente a la cárcel quienes desempeñaban tareas de jerarquía, pero los verdaderos culpables de la vinculación de la venta de armas a Ecuador y a Croacia fueron el ministro de Defensa de la época, Oscar Camilión, y el máximo asesino serial y traidor a la Patria elegido por sufragio: Carlos Saúl Menem. Su alma, pútrida y deforme, será arriada hacia un Más Allá irredento donde por infinitas reencarnaciones le serán estallados en sus oídos los llantos de quienes asesinó, ya sea con bombas o decretos.
  • El mundo campero está cebado y dominado por el glifosato. Las familias dueñas de los campos se mudan a las ciudades para evitar la contaminación propia o de sus familias. Cuidan el hogar. Sus seres queridos ante todo. La refriega es lucrativa pero no se metan con la familia, por favor. Eso sí que no.
  • Si el fútbol es una contienda, una lucha, una guerra auténtica, tiene perdedores y ganadores, y jueces milenarios que fallan por dinero. Algo de esto habrá pensado Dursun, un defensor del Galatassaray quien ante un penal inventado por el árbitro y en medio de una refriega donde éste expulsara a tres jugadores de su equipo y extraviara luego su tarjeta roja, el jugador, al hallarla, fue y le sacó al árbitro y en su cara la sangrante tarjeta admonitoria.
  • Algunos sentimos que la guerra ya empezó. Nos bajan el salario, nos humillan y escupen la cultura. El protocolo de represión alude a las balas verdaderas, y encima la Sra. Ministra de Defensa, Patricia Bullrich, es horripilante como un susto a medianoche. Feísima y fascista, dos tópicos de los que no se vuelve. Para morir prefiriera que la orden la ejecute una belleza: represiva pero hermosa, por lo menos. Es como que te envenene una Miss Universo. Digo, por decir pavadas en medio de este desigual combate que Cambiemos ha perfeccionado hasta la exasperación, desprolija, cruelmente, estúpidamente, ya que las bombas que activan por indolencia y banalidad no han de tardar en explotarles en la propia cara.
  • El que ejecutó al Che Guevara ni sabemos como se llama. Su apellido no importa. Nadie lo recordará. Andaba paseándose por el mundo, ha dado entrevistas por las que ha cobrado y no tiene un atisbo de remordimiento. "Yo cumplí con mi deber". Andá a hacerle entender algo inteligente a un bruto: es mejor que te lleve las valijas. El trabajo pesado. El trabajo sucio. Los daños colaterales. La carne de cañón. "A su modo también fue un héroe", reseñaban los informes de una cadena de televisión yanki hasta hace unos años. Una reflexión de Ernesto en una carta a su madre: "Algo que realmente se ha desarrollado en mí es la sensación de lo masivo en contraposición con lo personal; soy el mismo solitario que era, buscando mi camino sin ayuda personal, pero ahora poseo el sentido de mi deber histórico. No tengo hogar ni mujer ni hijos ni padres ni hermanos ni hermanas, mis amigos son mis amigos en tanto piensen políticamente como yo y sin embargo estoy contento, siento algo en la vida, no solo una poderosa fuerza interior, que siempre sentí, sino también el poder de inyectarla a los demás y el sentido absolutamente fatalista de mi misión que me despoja del miedo".
  • Existen estadísticas angelicales pero ciertas de que si las fábricas de armas usaran sus utilidades para paliar el hambre y las enfermedades durante un año, estos flagelos terminarían para siempre. Nada de esto sabíamos cuando jugábamos a Combate en el barrio, siempre del lado de los estadounidenses que eran buenos, solidarios, valientes y bellos. Luego, cuando crecimos y advertimos la estafa, nos la agarrábamos con los mormones que venían a predicar en nuestras calles y eran recibidos a papazos desde las azoteas por esos mismos chicos que meses atrás jugaban a la guerra, hipnotizados y felices de matar por una causa.
  • Los kurdos son un pueblo que ostenta la maldición sagrada de extender sus territorios espirituales en medio de cuatro países distintos: no tienen un límite determinado, de ahí que reciben palos de todos lados. Para los milicianos del Estado Islámico -como se conoce a la organización ISIS- no hay peor castigo que morir en combate a manos de una mujer. Creen que si esto sucede sus almas arderán por siempre en el infierno. De ahí que los kurdos formaron un batallón femenino para atormentarlos y hacerlos retroceder. Son las mejores combatientes, las más temidas y las más certeras, no solo con las balas y la puntería.
  • La guerra es el invento de un dios menor de mal genio que decidió invertir en la Bolsa antes que en la salud de los humanos. Cada soldado que va al frente llevado por la propaganda o el dinero es un asesino inmaculado que regresa luego de las tropelías manchado de anecdotario, semiidiota y perdido para siempre. Porque hay un Dios, ese que está divido en millones de miríadas de galaxias fabulosas que sabe que cada uno sostiene su emancipación, su locura o su justificación de crueldad cubriéndose de un manto de patriotismo y no habrá confesión u hostia consagrada que lo limpie definitivamente. Les habla un asesino adolescente de palomas y de peces, quien aún no puede revelar la dimensión de su crimen por pudor y por respeto a los caídos inocentes que nada hicieron más que nacer con una carne que parece haber sido creada para que la destrozemos porque nos consideramos superiores. Lo mismo piensan quienes apuntan a las cabezas de aldeanos, de niños, de juguetes, de sombras y de sueños. Y que regresan luego al confort de la familia y el hogar sin una duda, satisfechos del horror. También les sucede a algunos gobernantes que no apuntan un arma pero rubrican decretos que condenan vidas, cuando lo que ignoran es que las suyas propias aunque no se vean, también lo están desde ese preciso instante en que desenfundan la lapicera para firmar.

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