CONTRATAPA

El color de la tormenta

 Por Luis Novaresio

Uno: No es para tanto, va a ser un poco fuerte pero nada más. Mirá que el cielo está raro, me dijiste primero. Mirá que los pájaros andan como locos, después. Y ahí tuve la impresión de que si no salía con el coche negaba mi propia esencia. Me divierten, a veces, las actitudes como las tuyas, especie citadina que cree que el campo es la casa de fin de semana de Funes y que el rústico contacto con la naturaleza es salir a caminar por las calles de tierra prolijamente dispuestas después de engullir la picada, el Gancia, el asado, el postre, las facturas y el mate, todo en ese orden dominguero de devastación orgiástica, a la romana. Ahora sabés de ornitología climática, te dije. Con solo mirar el cielo, predecís tempestades, el color del follaje te dice si hay humedad, no veo la hora de verte poner oreja en polvorosa para que me digas a qué distancia del asentamiento indio están los vaqueros. Dejate de embromar. Y no te amedrentaste. Me soltaste un rosario de antecedentes como los pájaros egipcios que guiaron a los ingenieros del Nilo para construir los canales del nuevo Valle. No hubo instrumento de precisión que superar las miradas de los mismos animales que miraron a Osiris. Te miré. Y nada, no hubo forma. El cielo se oscurecía y vos te ponías cada vez con más nubosidad, con altas probabilidades de precipitaciones. Los animales son los padres de la rabdomancia me dijiste, también egipcia, devenida radiestesia con el paso del tiempo, o sea, ese sistema de percepción de radiación emitida por los cuerpos, animados o inanimados, captadas por medio de palillos en forma de Y. Ya ni te hablaba. O por medio de un péndulo, me dijiste. Esta no es una tormenta común y corriente. Te lo advierto. Fue mucho.

No es para tanto. Va a llover, viento un poco fuerte, pero nada más. Y salí con mi auto.

Dos: Imagen de hacer sapito. De pibe, en algún lago del Valle de Punilla, paraíso de las vacaciones de enero de la clase media que podía, trabajo, estudio, casa propia y descanso en Cosquín, el laberinto de los Cocos, el Cucú que no sale, justa falta media hora, el zapato, el chorrito y el trébol de cuatro hojas entre tanta peperina. Por ahí aparecía un lago manso, espejo de agua medio aburrido como casi todo, encontrar una piedra chata y hacerla saltar un par de veces. Al menos. Tres o cuatro veces, los expertos. Una piedra plana arrojada al ras del agua que rebotase sin ganas de hundirse. Efecto, mano, fuerza exacta, ojo privilegiado. Yo, nueve de cada diez. Nueve de cada diez, hundido, digo, nunca entendí cómo era el secreto y eso que me inclinaba de cintura para arriba. Vos, claro, "rebotante" perfeccionista, gasta siete veces haciendo saltar a esa piedra con radiestesia. Ahora entiendo tu vínculo con lo inanimado.

El miércoles Dios hacía sapito. Hielos no tan planos rebotaban el los autos e iban a dar en el otro. Y en el de atrás o en el del costado. De repente tuve seis o siete años. Y lejos del Valle de Punilla vi que había alguien, desde arriba, que daba clases de esa disciplina.

Tres: La solidaridad es donar chocolate para los chicos que peleaban en las Islas, o ropa vieja, de la que ya no se usa, para la familia de la casa quemada. Ir al super y comprar harina de maíz, no polenta un minuto que es más cara, arroz en bolsa y no en caja, leche en sachet y alguna otra cosa en lata. Somos solidarios. A vos y a mí nos encanta sentarnos frente al tele y presenciar ese desfile de adjetivos periodísticos, notable, impresionante, inesperado, espectacular, apenas acompañado de un sustantivo que contenga tanta emoción. Somos solidarios, no hay dudas.

Ahora, antes de mí, el diluvio. Autos que aceleran pasando todo en rojo para proteger sus chapas haciendo parir olas de agua estancada que inunda las casas y las humanidades de los transeúntes, madres que enfilan con sus cochecitos de niños imponiendo derecho de paso inapelable, somos solidarios, no hay dudas. Después de mí, nada. Cristales con valores de ámbar, chapistas devenidos en orfebres de Miguel Angel, turnos que no hay salvo que aceptes no tener factura, billetes que aceleran los trámites. Somos solidarios, ¿no?

Cuatro: El color es la impresión producida al incidir en la retina los rayos luminosos difundidos o reflejados por los cuerpos, dijiste sin pensar. Imaginé que querías exorcizar esta ausencia de palabras ante el cielo y el infierno juntos que veíamos. Alguien tendría que poder definirlo, contarlo, decirlo. Pero no se puede. Y no es el viento asesino que hubiese apuñalado al que se le cruzase. Y no es el agua, dura más que la piedra, ya no más dispuesta a disolverse en humedad de otro cuerpo. Y ni siquiera es el maridaje de los dos, viento y agua, pareja diabólica que se reiría a la hora de copular y concebir ese ser siniestro, oscuro, claro. Es el color. Miro por una ventana privilegiada que atrapa el río Paraná y es el color. Negro en las olas de ese río que pretende ser mar, añil en el cielo que se resiste a quedar en una tonalidad y muta, se oscurece, empalidece, resiste. Color jacarandá en ese jacarandá que impone su belleza y edad ante la agresión de vaya a saber quién.

Esta tormenta es el color, dijiste. Quise pedirte que evitaras la poesía en medio de lo que iba a ser un desastre de destrucción. La poesía ayuda a la tragedia. A veces nace de ella. Siempre la consuela.

Cinco: Juan abre la puerta de esa cocina inmensa y deja escapar un poco de humo con olor a cosa buena y las caras de esos pibes cambian. Hay hambre, soledad impuesta por un golpe de tormenta, miedo a que nada vuelva a ser como era. Juan sirve comida hecha por otros Juanes, entrega mate cocido caliente, abraza a los que se acercan. Como en la guerra, me dice. Salvo por el abrazo. Otro Juan está subido a una escalera enclenque. Ya sé que no se dice enclenque. Pero tendría que poderse. Esas maderas lucen enfermas, débiles. Pone unas chapas en el techo agujereado, las sostiene con diligencia. El dueño de casa le agradece con palabras. La esposa del hombre, apenas llora. Y muchos otros Juanes hacen cosas que no nos enteramos. Muchos. Pero muchos. Los ex combatientes de Malvinas recorren con su cocina de campaña los barrios destrozados. Los bomberos voluntarios ayudan con techos, animales lastimados, gente desolada. Y muchos otros Juanes. Es color magenta. Todo.

Seis: Y entonces la pelea. Nunca podré disculparme con vos, por no haber sabido separarlos, detener esa lucha de palabras. Pero no pude. Vos con tu auto negro, modelo 93, con agujeros que bien podrían pintarse de blanco y hacer un auto dálmata, me dijiste. Y vos, del otro lado, con olor a cubierta quemada, ramas cruzadas que arden, unos pibes jugando a la pelota del otro lado del piquete. No es justo. A mí también mi hizo mierda mi casa, mi coche, no tengo agua ni luz pero tengo que ir a trabajar para no perder el presentismo. Soy enfermera y la chata y el suero no entienden de piquetes. Vivo en esta mugre, sin laburo desde hace diez años, cinco pibes a cargo y ciento cincuenta de ayuda. Si no corto la calle, no nos dan pelota.

Y esa pelea, la misma que no supe detener, la escuchamos vos y yo. No hay Ministro, gobernante, diputado o senador que se entere. Los inquilinos del poder siguen jugando a decidir detrás de un escritorio pagado por todos nosotros, el dueño del auto 93, el piquetero, vos y yo. No se enteran del corte. No sufren por el presentismo, no saben qué es hacer horas extras, no padecen desviarse por donde sea, enlatados en embotellamientos de adrenalina envenenada. Ni se enteran. No saben. No les interesa.

Siete: No es para tanto. Va a llover, viento un poco fuerte, pero nada más. Y salí con mi auto.

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