CONTRATAPA

Adios al Kelo

 Por Jorge Isaías

Las líneas escuetas de un telegrama a veces no llegan con su dramatismo a permear esa formalidad que exige la costumbre y la brevedad burocrática.

-"Ha muerto el Kelo"- y abajo la firma: Pancho.

Pero es algo más que eso.

Es un dato que seguramente el mismo Pancho no pudo haber escrito sin llorar.

Porque la muerte del Kelo no es la muerte de cualquier hombre, no es una muerte que pueda dejarnos indiferentes o que podamos homologarla a la de cualquier otro ser que quisimos.

Porque este helado dato de la realidad se nos cae encima como una malla oscura como de bruma, entrelazada de serpientes y púas oxidadas. Luego esos microscópicos alambrecitos que conforman esa malla nos van paralizando los brazos, las piernas y luego nos estruja el corazón con toda la impiedad del mundo.

Quiero recordarlo vivo, pero hoy no encuentro cómo hacerlo.

Y está también mi propia incapacidad narrativa como para lograr que mi mano obedezca al remolino de ideas y de imágenes que se atropellan y pugnan por salir para decirlo todo. Al Kelo puedo verlo -mejor dicho prefiero verlo- con su blanco traje marinero y su bolsito al hombro, bajándose del traqueteante ómnibus que la Central Casilda ponía a trotar por los polvorientos caminos de aquel tiempo. Esos escarabajitos amarillos que a un amague de tormenta ya no se animaban a la aventura de un empantamiento o el deslizamiento hacia los hondos zanjones de los costados.

El Kelo -el recuerdo del Kelo- puede aparecerse a la vuelta de un camino solitario o en el cruce de dos callejones donde sólo andan los pájaros y donde de vez en cuando un grupo de árboles muy verdes y muy solos son los únicos centinelas que le dan sombra propicia a un viajero o a algún cazador furtivo.

El Kelo no viene solo en los andariveles de una memoria rural. También puede aparecerse en las ciudades donde su andar marino lo delataba y puedo verlo aún en el otoño del '59 entre la muchedumbre de la calle Córdoba, con su cigarrillo negligente en la boca, esquivando la gente con suma habilidad, llevándome del hombro y diciéndome a cada rato:

-¡Mirá qué hembra sobrino!

Las bellísimas rosarinas le quitaban tal vez el sueño, como a tantos, justificadamente.

A veces lo veo en la mezquindad de un pueblo, paseándose en el vaho de una siesta de diciembre, con sus zapatones que levantaban una hilerita de polvo al accionar sus largas piernas para caminar, iba entonces rodeado de pájaros ﷓de los pocos pájaros que se atrevían en esa modorra sin aire﷓, y de miles de mariposas.

Más tarde las calles polvorientas se llenarían de carros con cereales, los sulkies que venían de la colonia a hacer compras a las casas de "ramos generales", los camioncitos repartidores de soda y cerveza, que andaban hipando, sin parar en las horas aprovechables del rojo crepúsculo, cubriendo las necesidades sedientas en los pobladores que intentarían no someterse fácilmente a semejante canícula.

Esos inolvidables crepúsculos donde el violeta daba su pincelada gigantesca sobre la paleta casi inmóvil del cielo ese crepúsculo que entraba como un mar rojizo por los callejones últimos, donde se mezclaba con los gritos de los reseros que andaban a puro pechazo de sus caballos bufantes, intentando llevar la hacienda cansada y sedienta a alguna de las estancias de la comarca o al mismísimo matadero municipal que era atendido por Yaco Ortali.

El Kelo ha muerto.

Como si fuera fácil acostumbrarse a la idea, a esa idea que cae sobre nosotros como un ala gigante de cuervo.

Porque además no es el único que ha partido.

Muchos otros de los nuestros han muerto y cuando nuestros mayores se mueren quedamos más solos.

Algo de la infancia lejana se nos va con todos ellos. Ahora somos nosotros los que estamos en la primera línea de fuego o en la primera línea de sombra, como prefieran.

Algo que creíamos luminoso y eterno -como el aire y el agua, escribió Borges- se nos va esfumando de a poco.

Sin embargo -insisto- ninguna línea escueta nos encierra esta realidad tan terrible.

-"Ha muerto el Kelo"- y abajo la firma: Pancho.

Porque cómo hacemos para acostumbrarnos a la idea, a lo irreparable de la idea y de la misma realidad. Para ello pensamos que el mismísimo Kelo estará haciendo un corte de manga a su propia muerte (la huesuda, como él la llamaba) y riéndose de nosotros, tan formales, y en especial de mí que no dejo nunca quieto su recuerdo.

Tal vez ahora mismo esté metido en un bailongo, apretando la cintura firme de alguna muchacha o tomándose litros de cerveza helada, fumándose esos cigarrillos imposibles, saltándose a la planchada de un barco que se hará pronto a la mar protegiéndolo de tanto olvido y tanta muerte.

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