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Presos de la locura

El año nuevo arrancó bastante complicado para los sufridos rosarinos que sólo pueden ver el mar por medio de algún programa de televisión que los conecta en directo al mundo marplatense. Altas temperaturas, colas para retirar dinero en los cajeros automáticos, malos modos, caras de malos, automovilistas irritados, peatones perturbados, abuelos hartos de ser tratados como desperdicios, aumento de personas pidiendo, chicos explotados por mayores, incremento de carros a tracción a sangre, salideras bancarias, piedrazos para robar a conductores en diferentes zonas y en casi todos los accesos de la ciudad. En síntesis, vivir el verano 2011 en Rosario es lo más parecido al infierno.

Además caminar por el macrocentro y otras zonas de la ciudad entre las 15 y las 17 horas es cosa de valientes y por la noche exclusivo para superhéroes. No se ve gente y es realmente un peligro. Sentarse a beber algo en un bar es insoportable: atienden peor que a los enemigos. Subir al colectivo es encontrarse con conductores fastidiosos, unidades totalmente mugrientas y muchos pasajeros sucios que se ducharon por última vez cuando el general Perón regresó al país.

Muchos amigos me reprochan que suelo ir a veranear a Uruguay y no a Mar del Plata, pero cuando se ven problemas con los pescadores, o con los municipales o bien con los bañeros que no dejan ingresar a los turistas, que debieron dejar sus coches lejos de los balnearios, pagar 50 mangos a los trapitos y por ahí quedarse de a pie debido a que la grúa les retiraba sus vehículos, me dan la razón.

Vivimos en una ciudad que se encuentra en un gran país que vive preso de una locura total. El tránsito en nuestra ciudad, en la provincia y en el país es una de las principales causas de muerte. El año pasado en Santa Fe fallecieron casi dos personas por día y nadie hace absolutamente nada. Pero no todo es negativo, hay cosas muy positivas.

Por ejemplo, como muchas locas y locos al volante están de vacaciones, por estos días, cruzar la avenida autopista Pellegrini es un poco menos riesgoso, pero a no relajarse que no se fueron todos los energúmenos con carné o licencia para matar. Por suerte, la televisión invita a la diversión. A pesar de la baja del querido Tinelli, la fiesta continúa de la mano de Jorge Rial y el educativo Gran Hermano, un éxito que fomenta en los jóvenes el trabajo y el estudio para ser reconocidos por sus importantes esfuerzos y ser ganadores en un país difícil pero cuyo nivel intelectual es superlativo y está sobrepasando todos los parámetros de inteligencia.

Daniel Ciúffoli

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