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Niños en el desierto

La imagen del niño que corre por el desierto a causa del conflicto en Siria genera escalofríos y nos deja perplejos si somos portadores de sensibilidad, sino se atrofiaron nuestros más elementales sentidos a causa del paroxismo consumista.

Pero la imagen de este niño corriendo desesperado por causas que seguramente no puede comprender se repite en los andurriales de las ciudades, donde por un lado, reina la opulencia de los que gozan del perverso festín capitalista y por otro están los que desesperadamente buscan un rayo de sol que atenúe sus padecimientos.

Las grandes urbes son el escenario del escarnio para niñas y niños que no solo no encuentran contención afectiva sino que son el blanco de la ferocidad de un mundo que mortifica sus subjetividades y los trata como mercancías u objetos para fines diversos.

Más allá de los discursos, es posible observar a diario en las calles a las víctimas del trabajo infantil, sometidas por la hipocresía de un mundo al que no pidieron venir y que pronto les enseña que las delicias de la vida son para los hijos e hijas de los privilegiados.

Son utilizados como señuelo por los mercaderes de la muerte, son la mano de obra semi-esclava para quienes los usan en plantaciones en el noroeste (Jujuy) o el Nordeste (Misiones), son traficados, manipulados o bien destinados a aprender sus primeras letras en contenedores como pretende un jerarca de la actual metrópoli porteña.

No todos los desiertos son de arena, también, como se afirma en Matrix, existen otros desiertos no menos crueles como el desierto de la reinante realidad.

Carlos A. Solero

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