SOCIEDAD › EL PROGRAMA QUE PUSO EN MARCHA EL GOBIERNO PROVINCIAL PARA MENORES EN CONFLICTO CON LA LEY PENAL. ESTRATEGIA SOCIOEDUCATIVA DE REINSERCIóN.

Dale otra oportunidad

El Programa Oportunidad que fue lanzado en mayo pasado, en una iniciativa conjunta de los ministerios de Justicia y Derechos Humanos, de Desarrollo Social y de Trabajo. El programa trabaja sobre la autoestima, la resolución de conflictos de manera no violenta y plantea el desafío de esforzarse para aprender un oficio que los lleve a un trabajo y les permita abandonar la delincuencia.

 Por Alicia Simeoni

Dos chicos en conflicto con la ley penal participan junto a otros en similar situación del Programa Oportunidad que fue lanzado en mayo pasado, en una iniciativa conjunta de los ministerios de Justicia y Derechos Humanos, de Desarrollo Social y de Trabajo. Se trata de una alternativa para quienes nunca tuvieron ninguna y que si bien se enmarca como pena, la posibilidad socioeducativa se presenta como una estrategia para que quienes son protagonistas puedan tomarse de ella, tal vez para intentar pararse en la vida de una manera distinta y menos destructiva. Eduardo y Diego vienen de historias muy difíciles. Ambos recibieron la propuesta para participar del programa y ahora asisten todos los días al Centro de Formación Profesional ubicado en calle Crespo al 800 donde después de un módulo introductorio estudiarán un oficio, el que elijan de acuerdo con los pocos sueños que han podido dibujar hasta el presente. Uno quiere dedicarse a la mecánica de automóviles, el otro desea ser herrero y justamente el poder desear algo, y encontrar un camino por donde alcanzarlo, sea la mayor apuesta para que puedan dejar atrás una adolescencia que los aniquiló y en la cual fueron víctimas y desde ese lugar oficiaron de victimarios. El Programa Oportunidad trabaja sobre la autoestima de quienes lo integran, sobre la resolución de conflictos de manera no violenta y también plantea el desafío de esforzarse para aprender aquello que permita llegar al tesoro deseado, un trabajo que organice, que posibilite, que haga aparecer el sentido de pertenencia y que les ayude a realizar nuevas inscripciones sobre las experiencias de sus vidas.

La propuesta de la que participan 18 chicos comprende tres tramos que incluyen la realización de pasantías laborales, en un tiempo de siete meses durante los que reciben un subsidio para poder sostener lo que empezaron. Una curiosidad: quienes estuvieron en posiciones de agresores no sólo quieren tomar distancia de ese lugar sino que además reproducen el cotidiano discurso sobre la inseguridad.

Eduardo y Diego tienen 18 años. Los dos accedieron a hablar con Rosario/12 en las instalaciones del Centro de Formación Profesional, ubicado en calle Crespo al 800. Los chicos estaban junto a sus madres, Valeriana y María Elena respectivamente, ya que una de las condiciones del programa es la existencia de un adulto que tenga presencia permanente en esta etapa por la que atraviesan los jóvenes.

Historias sórdidas, tal vez como muchas otras de quienes viven en la exclusión y cuando esa condición ya los hizo transitar por las adicciones, los puso en un contexto en el que la pérdida de la vida es parte del durísimo paisaje cotidiano y puede ser la de un familiar, la de un amigo, un vecino o la propia. Aquí hay hambre, falta de contención familiar, figuras masculinas ausentes y madres con pocos recursos, económicos y simbólicos, para hacer frente a tantas carencias. La vida de Eduardo ya ha sido muy dura. Está sentado junto a su madre, tiene el gesto adusto y no sonríe ni una vez mientras dura la charla de la que también participa la mujer. Calza jeans, una chomba a rayas y no se saca la gorrita con visera en ningún momento, es más por momentos se esconde tras ella. Le pesa hablar. Tiene dos hermanos muertos, "los mató la policía", dice la mujer, una sobrina muy pequeña asesinada en un hecho del que no quiere acordarse, mientras que su padre falleció un año y medio atrás. Un hermano está detenido en la cárcel de Piñero y él vive ahora con su madre y otra sobrina de 12 años a quien cría Valeriana. Ella cobra un plan Familia de $ 150. "Nos tenemos el uno al otro" dice la mujer que repite a modo de muletilla que 'la vida sigue y hay que salir adelante'. El mensaje es para Eduardo que escucha y no responde. Cortante, casi con monosílabos, sólo lo hace ante una pregunta concreta. El chico estuvo dos meses en el IRAR y cinco en General Lagos hasta que desde el juzgado de Menores donde está radicada su causa por un hecho grave, le propuso el ingreso al programa Oportunidad y a él le interesó. Quiere ser mecánico de autos y algo del tema entiende, ya trabajó en un taller ayudando a un vecino.

Dentro del Programa Oportunidad, la instancia 'Aprender a aprender' comprende tres módulos y para llevarlos adelante intervienen tres ministerios provinciales, el de Justicia y Derechos Humanos, el de Desarrollo Social y el de Trabajo. Todo comienza con un aprestamiento y casi una nivelación donde se ve algo de matemáticas y lengua, se trabaja en función de la recuperación o del aprendizaje, según los casos, de la autoestima y de todo aquello que tenga que ver con las formas pacíficas de la resolución de conflictos. "Qué me voy a quejar si me están ayudando una banda, nos enseñan a armar un currículum, a hablar con la gente, el año que viene voy a seguir con la escuela", dice Eduardo sobre lo que encuentra cada día en la institución al cumplir con la que es una medida socioeducativa, dentro de la pena que le corresponde. El dejó de estudiar en 8º año cuando murió su padre: "Se me fue cuando más lo necesitaba y no quise estudiar más... Son demasiadas las muertes en la familia".

Esa primera etapa de aprestamiento dura dos meses y está casi sobre el final. De allí en más se transitan otros dos módulos en los que recién cada uno de los chicos empezará con la competencia que más le interesa, la mecánica en el caso de Eduardo. Mientras desarrollan los tres tramos del programa, el Ministerio de de Desarrollo Social les entrega un subsidio y a cargo del Ministerio de Trabajo está la relación con empresas para que en ese lapso puedan realizar pasantías laborales con el mismo subsidio de Desarrollo Social.

¿Venís con ganas a este centro de formación, o te cuesta hacerlo? preguntó este diario.

Algunas veces tengo ganas y otras no, no quiero salir de mi casa. Me pasa que en algunos momentos me aburro y también me afecta que la policía me pare mucho aquí, a uno la cara no le ayuda y cómo nos ven vestidos tampoco. Tenemos el carné del programa Oportunidad y el medio boleto pero lo mismo nos paran, se creen que porque tienen un fierro encima son más que nosotros. Cuando salí de General Lagos estaba tomando una gaseosa con mis amigos del barrio en Casiano Casas , me llevaron tres días y nos dieron una tunda tan grande que no podía moverme.

Y a vos, Diego, qué te pasa... ¿compartís lo que dice Eduardo?

Yo vengo siempre con mi mamá. (María Elena sonríe pero es cierto, todos los días acompaña a su hijo desde el barrio La Esperanza). Lo de la policía es así, en todos los barrios es igual. Yo a veces vengo con ganas, otras no.

¿Y qué quisieras hacer?, le consulta esta cronista.

No sé, quedarme en mi casa, allí también hay laburos que hacer, ayudarle a mi hermano que engancha para pintar puertas y otras cosas. Estuve un mes en el IRAR por un robo calificado, después en el programa de Libertad Asistida y allí una psicóloga y una trabajadora social me propusieron venir aquí.

Diego había dejado la escuela en 6º año, cuando tenía 15... "Me aburría ir", dice en tono muy bajo mientras su madre señala que: "La verdad es porque le gustaba mucho la joda", y además, como ella tenía convulsiones y estaba internada con frecuencia, los tres hijos, Maximiliano, Diego y Leyla se ocupaban de la casa y de atenderla en el hospital Nuevo Alberdi, donde estaba muy seguido. El padre de los chicos murió hace años y la familia vivía y lo hace con una pensión no contributiva de $ 500. "A veces creo que Diego empezó a robar para que a mí no me falten los remedios o algo de comida en la casa", dice la mujer.

Diego quiere ser herrero y se sonríe porque está seguro de que va a tener trabajo: "Claro si ahora todos hacen rejas".

Los dos chicos viven en precarias viviendas en terrenos fiscales. Las dos madres viudas cuentan con pocos recursos para ponerles límites. En el relato la falta de trabajo y de posibilidades, el abandono del estudio, el consumo de sustancias, y aún el robo, es tomado como algo casi del orden de lo natural, algo así como un 'designio del destino'. De repente Eduardo y Diego se paran y van en busca de la merienda, hace rato que estaban esperándola. Vuelven con mate cocido y medias lunas. Entonces cuentan que están en la escuela entre las 3 y las 6 de la tarde. ¿Qué hacen cuando salen de aquí? "Yo me voy a casa y me tiro a ver televisión, no salgo más, no se puede salir, hay droga por todos lados..." (Diego); "Me voy a mi casa y de allí estoy en lo de algún amigo jugando a la play hasta las 4 o 5 de la mañana pero no ando en la calle... Si salís no sabés si volvés vivo, aunque ahora el barrio está casi vacío, la mayoría de los chorros están presos". (Eduardo)

¿Y cuándo aprendas lo que necesitás de mecánica, vas a trabajar en el barrio?

No, no se puede. Allí no se puede. En mi barrio no pienso poner nada, si cada vez se está poniendo más jodido. Roban todo el tiempo, la gente siempre está más loca, la droga nos está matando a todos. No se puede estar tranquilo, se vive encerrado.

Eduardo, ¿te das cuenta que estás diciendo lo mismo que muchísima gente dice de los chicos como vos y no distingue cómo llegaron a esa situación?

Sí, claro, yo entiendo que la gente tuviera miedo de nuestra forma de actuar y sobre todo con la droga que corre en el barrio, en pastillas, en la forma que quieras. Pero ahora quiero cambiar quiero hacer algo distinto. No toda la vida voy a hacer lo mismo, hay que cambiar. A mí me llama la atención el ver a tanta gente tirada en la calle y no me gustaría terminar así. Quiero tener mi casa, por eso me pongo las pilas para poder trabajar, para conseguir el trabajo que yo necesito.

¿Cuentan con apoyo psicológico?

No, yo no. Si no estoy loco. (Eduardo habla mientras Diego se ríe).No me gusta contarle a extraños lo que a mí me pasa, mis cosas privadas. No me gusta hablar, las cosas me las arreglo yo solo porque ya soy grande. Prefiero hablar con mis amigos con los que me crié toda la vida.

Y yo a veces voy con mi psicóloga y otras no (Diego).

Es su madre la que ahora, suma un dato: "El la llama y cuando no habla conmigo algunas cosas lo hace con ella", explica María Elena.

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Los chicos asisten todos los días al Centro de Formación donde después de un módulo introductorio estudiarán un oficio.
 
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