SOCIEDAD › SE PRESENTA EL VIERNES EL LIBRO DELIA, LA ABOGADA MILITANTE, UN ACTO DE JUSTICIA

Homenaje a una luchadora incansable

La publicación de Carlos Del Frade rememora la vida de Delia Rodríguez Araya, pieza fundamental en el armado de la causa Feced, en los 80, que integró la Conadep y defendió a presos políticos. Voces de quienes la conocieron y amaron.

 Por Sonia Tessa

La vida de Delia Rodríguez Araya es épica en muchos sentidos. Fue una mujer aguerrida e intransigente que no dudó, por ejemplo, en defender al hermano del Che Guevara, Juan Martín, cuando cayó detenido en Rosario, en 1975, y ningún abogado quería asumir su representación por el riesgo que significaba. En plena dictadura continúo defendiendo presos políticos pero no sólo: con un gran sentido estratégico decidió, en los albores de la década del 80, tomar testimonios y juntar las pruebas para llevar a la patota de Feced a la justicia cuando volviera el estado de derecho. Fue parte de una tarea colectiva, no apostó a lo individual. El trabajo que realizó junto a sus "hormigas" de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas es la base de la causa que tuvo sentencia el 26 de marzo pasado, con prisión perpetua para Ramón Díaz Bessone y José Lofiego, 25 años para Mario Marcote, 12 para Ramón Vergara y 10 para José Scortecchini. Y aquella labor fue también el generoso bastión del informe de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas de Rosario. La historia de esta señora petisa, siempre de tacos y rodete porque decía que la dictadura no iba a hacerle nada a una mujer con esa apariencia la cuenta el libro Delia, la abogada militante, de Carlos Del Frade, que se presentará este viernes, a las 19.30, en Amsafé (Catamarca 2330).

La publicación nació de la tozudez de Mariana Caballero, una de sus hijas, para recuperar el legado de su madre, una mujer admirable que murió el 13 de mayo de 2009, pocos meses antes del comienzo de la primera causa por crímenes de lesa humanidad, la causa Guerrieri, que empezó el 31 de agosto de 2009. Su estructura entreteje --como lo hizo Delia en su vida-- lo personal con lo colectivo. La historia del país y de Latinoamérica forman parte del trabajo que también recoge las voces de quiénes conocieron a Delia. Es difícil evitar el llanto en muchas páginas. Es posible imaginar a ese puñado de personas durante la resistencia a la dictadura militar antes de 1982, cuando el reclamo se hizo masivo. Organizaban comidas, juntaban dinero para garantizar las visitas a las cárceles donde estaban los presos políticos, buscaban datos sobre desaparecidos, recibían a familiares. Delia nunca se ufanó, dijo que apenas había hecho "lo que había que hacer". Cuando Ana Ferrari, una sobreviviente que, por su profesión de enfermera, acompañó a Delia los últimos años de su vida, cuenta cómo era esta abogada, la dignidad que mostró durante su enfermedad para mantener las riendas de su vida, la carnadura humana se hace presente. Igual que cuando Inés Cozzi, Ana Moro y Alicia Lesgart --algunas de las hormigas que trabajaban en Familiares para armar el rompecabezas de la represión en la región-- la traen en sus rabietas, sus caprichos, sus ganas permanentes de fumar y su integridad siempre presente. Delia fue muy amiga de Darwiña Galicchio, la Abuela de Plaza de Mayo. Fue una mujer decidida, que presentaba hábeas corpus para averiguar el paradero de los desaparecidos cuando nadie lo hacía.

Su compromiso comenzó mucho antes de 1976. Delia presidió la Federación de Estudiantes del Litoral a fines de los 50, renunció a su cargo de fiscal en 1966, cuando fue la intervención Saráchaga y cuando el terrorismo de Estado se mostró en toda su dimensión, se aferró al derecho para combatir a la dictadura militar.

"Fue la impaciente ideal", la definió Ana Ferrari, que fue a declarar al juicio oral y público de Díaz Bessone con unos zapatos que pertenecían a Delia. Era su forma de llevarla consigo. "Me enseñó que hay cosas que no se negocian", escribe en el libro. A todos les enseñó algo, con la ironía, con el humor y también con su intransigencia que se demostró, casi al final, al enviarle una carta a la ex vicegobernadora Griselda Tessio para reprocharle que aceptara una candidatura y abandonara las causas de derechos humanos.

Delia Rodríguez Araya tuvo algunos reconocimientos antes de morir: el Concejo municipal la declaró ciudadana distinguida y los ex presos políticos le hicieron un homenaje por su tarea durante la dictadura. Ella se enojaba porque consideraba que había cumplido con su deber, pero esta ciudad le debe un lugar más destacado en la memoria colectiva. Cuando se habla de héroes y heroínas, Delia aparece allí. No para el bronce, sino porque hizo carne aquello de dar testimonio en tiempos difíciles.

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Delia Rodríguez Araya fue una mujer intransigente, con gran humor.
 
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