PSICOLOGíA › EL MANDATO IMPOSIBLE DE LA RELIGIóN, ANALIZADO POR SLAVOJ ZIZEK

La tentación de traicionar el deseo

En El títere y el enano, el filósofo esloveno dice que el cristianismo ofrece una compleja estratagema para abandonarse a los deseos, sin tener que pagar por ellos. Se trata de una impresión engañosa: el precio es el deseo mismo.

 Por Sergio Zabalza*.

En 1929, Sigmund Freud se horrorizaba frente al mandato imposible de la religión. No era para menos, la experiencia clínica le había mostrado que la libido narcisista propia del ser humano hacía que amar al prójimo como a uno mismo sólo condujera a la destrucción del otro. Por su parte --estadio del espejo mediante-- Jacques Lacan formaliza más claramente el hallazgo freudiano al formular que el sujeto, por constituirse en torno a la imagen del otro, ve amenazada su singularidad en la omnipresencia del semejante.

El yo es el Otro, parece decir el espejo de las aguas, a menos que terceridad mediante el sujeto logre una separación, un intervalo. Como si la fascinación de Narciso, al ser interrumpida por alguna instancia cualquiera --pero excepcional en su contingencia (un ruido, el vuelo de una abeja o una brisa)-- organizara todo el devenir psíquico a partir de ese corte.

Este recurso hace del semejante un rival a veces, un compañero otras, alguien a partir del cual constituirse en una relación de vecindad; tal como Freud se refería a ese Otro que el inicial desvalimiento del ser humano ubica como "la fuente primordial de todos los motivos morales".

"He visto con mis ojos un pequeño presa de los celos: no hablaba todavía, pero lívido contemplaba con una mirada envenenada (amaro aspectu) a su hermano de leche". Esta descripción de San Agustín --evocada por Lacan en La Familia--, da cuenta del advenimiento subjetivo de quien, por haber sido introducido en la dimensión del deseo y localizar así la imagen del otro como un polo del masoquismo, logra pautar una distancia respecto de la omnipresencia del semejante. "El prójimo, ese hombre más próximo a uno mismo, Nebenmensch en el texto freudiano, no es el semejante, el otro; es, en su relación con la Cosa, 'la inminencia intolerable del goce'".

Pero demos un paso más. En El Títere y el Enano, Slavoj Zizek describe otra de las funestas consecuencias del mandato religioso. En efecto a partir de una escena de La Novicia Rebelde, aquella angelical película protagonizada por Julie Andrews, el filósofo esloveno describe la astuta maniobra con que la religión degrada el deseo humano.

María ha vuelto al convento atribulada por el amor que el barón von Trapp ha despertado en ella. La madre superiora la convoca y le aconseja que regrese junto a la familia von Trapp e intente solucionar la relación con el barón.

La religiosa transmite su mensaje en una extraña canción: "Escala cada montaña. ¡Hazlo! Corre el riesgo e intenta todo lo que tu corazón desea! No permitas que insignificantes consideraciones se interpongan en tu camino".

Zizek conjetura que la misteriosa fuerza de esta escena radica en el inesperado despliegue del espectáculo del deseo, lo cual hace que la escena resulte literalmente embarazosa.

Y aquí la tesis central: lejos de ser la religión del sacrificio, el cristianismo ofrece una compleja estratagema para abandonarnos a nuestros deseos sin tener que pagar por ellos. Por supuesto esta impresión es engañosa: el precio que pagamos es el deseo mismo.

Zizek concluye: "Y esto es lo que nos tienta a hacer la versión perversa del cristianismo: Traiciona tu deseo, transige en lo esencial, haz lo que realmente importa y te será permitido gozar de todos los insignificantes placeres con lo que has estado soñando en el fondo de tu corazón. O, como podría decirse hoy: 'Renuncia al matrimonio, hazte cura y podrás tener todos los muchachitos que desees'".

La estructura fundamental en este caso no es la del goce condicional (puedes tenerlo con la condición de cumplir con ciertos y determinados requisitos) sino que es más bien la del sacrificio fingido, la de simular que no se tiene el objeto de deseo, que se renuncia a él para poder ocultarle al Gran Otro que lo tengo.

*Psicoanalista. Hospital Alvarez.

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Zizek analiza una escena de La novicia rebelde en su libro.
 
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