CIUDAD › LA FERIA DE COLECCIONISMO TUVO SU DEBUT EN ROSARIO

Tres días de paz, amor y discos

 Por Beatriz Vignoli

Para no amargar a los fans de Theodor Adorno, hay que decir que si sólo fuera por el aura de la obra de arte musical devenida en mercancía, la Primera Feria Internacional de Coleccionismo Discográfico en Rosario que llevaron adelante hasta ayer en el Paseo de las Artes el Ministerio de Innovación y Cultura y Star Events, habría sido una feria más. Pero no. La expectativa y el asombro pusieron su cuota de algo indefinible.

"Esto tiene...", empezó a decir el sábado a la noche la subsecretaria de Cultura de la Municipalidad de Rosario, Florencia Balestra, una paseante más entre la cambiante concurrencia que se quedó buscando en el aire la palabra que resumiera la magia que se había creado bajo la gran carpa blanca que desde el Día de la Memoria albergó los stands, el bar y el escenario. "¡Esto tiene deseo!", afirmó al fin. Curiosidad por ver qué había a la venta y la alegría del encuentro con amigos fueron los principales motores de búsqueda de la gente que pese a la llovizna del viernes salió para pasear, comprar y dar un aplauso multitudinario al show de Moris, o disfrutó de las espléndidas tardes y las magníficas noches del fin de semana.

Al calor de la música de los Dj's y la barra de tragos, la Feria fue un ámbito de encuentros y reencuentros entre gente de todas las edades. Alrededor del stand del Qubil, Músicos Independientes de Rosario, se juntaba un grupo de músicos y oyentes de las bandas autogestionarias locales. Referentes consolidados de la escena del rock o del arte rosarino andaban por ahí, allá y en todas partes. Y hasta los postes de luz bailaron cuando tocó Una Cimarrona, cuyos festivos aires balcánicos se enredaban a los pies, a la luz de las velas, luego de ser anunciado un apagón "simbólico" en adhesión a la "Hora del planeta" contra el calentamiento global.

Lo de simbólico fue una buena idea; asustaba imaginar un apagón total en un espacio abierto al público con objetos coleccionables valiosos. Principalmente discos. En menor medida, remeras. Pocos libros realmente codiciables, excepto dos oportunos ejemplares nuevos de la edición original en inglés de Vinyl Junkies, la crónica de Brett Milano sobre los distintos tipos de enfermitos obsesionados por coleccionar discos: nerds, estrellas de rock y también gente aparentemente normal. Rarezas había menos de lo esperable. En usados en vinilo, aunque ya fuera un hallazgo de por sí el placer de volver a revisar aquellas grandes tapas de cartón, se podía elegir entre ediciones bolivianas a muy buen precio, o nacionales alrededor de los cien pesos; había que revolver.

Sin lugar a dudas el más contento de todos era el coleccionista y organizador español Mikel Barsa, quien secundado por los organizadores locales logró su objetivo de reunir 200 mil discos.

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La feria reunió a coleccionistas y de distintos países
 
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