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Viernes, 14 de noviembre de 2014

CRÓNICA

esto sÍ que es una cruz

Elena Cruz y su gimnasia de siempre

 Por Adrián Melo

“¡¿Cómo puede ser que en este lugar no haya asistencia médica in situ?!”, exclama la anciana acurrucada, casi hecha un ovillo en un rincón del gimnasio con los labios perlados de sudor, el cuerpo tembloroso, esperando que llegue el SAME. Cuando se descompuso y cayó al suelo, se le acercó un muchacho a auxiliarla y ella lo espantó con el resto de energía que le quedaba: “¡Fuera! No necesito que me ayude un puto!”. Es habitual ver en el gimnasio a la octogenaria y contradictoria mujer que hace unos años aconsejó a los jóvenes “hacer más el amor y hablar menos”, de quien Dalmiro Sáenz dijo que lo invitaba a orgías sexuales con su marido Fernando Siro, que se dijo amiga de la familia del Che Guevara y compungida por su asesinato, y que tras una carrera cinematográfica y televisiva donde solía interpretar a mujeres candorosas resucitó después de muchos años a la escena pública para ensalzar la figura de Videla y vilipendiar a los desaparecidos. La escuché, en otra ocasión, corriendo en la cinta diciéndole a una mujer, quizás amiga o simplemente conocida: “¡Viste qué lindo aquel grupo de muchachos! ¡Lástima que son todos putos!”.

Pero, como suele suceder, lo perverso es el contexto. Los dichos homofóbicos y tan llenos de odio lanzados a viva voz por Elena Cruz, que como el unitario de El matadero parece que prefiere morir antes que ser tocada por los salvajes homosexuales, me remiten a otras épocas y me anuncian como a Harry Potter que se vienen tiempos oscuros. Cuando lanzó junto a su fallecido marido su desmesurada y loca defensa del terrorismo de Estado, soplaban vientos a favor de los derechos humanos y la mayoría de la sociedad incitaba y obligaba a callar a los viejos y neofascistas que pensaban como el matrimonio. Ahora, Cruz habla en plena avanzada de la derecha mediática, cuando el envalentonado Mauricio Macri –que, por otra parte, en la mesa de Mirtha Legrand, se daba arrumacos adolescentes con su mujer– dijo que no quería un bebé varón porque el bebé en la casa era él (haciendo gala de un elemental aniñamiento indigno de un adulto eventual candidato a presidente) y trató con levedad, casi con humor, el crimen del gobernador Soria que pone piedras en la rueda para la realización de la Marcha del Orgullo en nombre de la mentada seguridad (marcha que, me duele escribirlo, es rechazada por parte de la comunidad Lgtbiq por el protagonismo de las travestis y de los negros putos y las negras lesbianas).

Lo perverso es el contexto. Soplan aires furiosos de retorno a la farandulización-banalización de la política y de las diversidades sexuales, con Tinelli haciendo peligrosas declaraciones en nombre de la democracia y de la libertad de prensa, con funcionarios del PRO afirmando que, de llegar al poder, hay que revisar cuestiones del matrimonio igualitario, con Lanata insultando a Flor de la V... En fin, Elena Cruz, ahuyentando al muchacho que quería socorrerla al grito de “¡Puto!”, me alertó de una dramática visión de futuro y de un país que no quiero que vuelva; me recordó particularmente la importancia de tomar las calles mañana; me reforzó que más que nunca hay muchas luchas por librar, incluso una tan básica que impida que el insulto homofóbico, a viva voz, en las calles y en los medios masivos de comunicación, quede impune.

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