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Viernes, 16 de septiembre de 2016

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Versión libre

Escrita y dirigida por mujeres trans, nominada a los EMMY 2016, la serie web Her Story pone en escena las fobias raciales y de clase dentro del colectivo lgbti.

 Por Karen Bennett

Mientras confirmo la dificultad de decidirme por alguna de las tantas ópticas disponibles con las cuales abordar esta webserie de una hora de duración, subdividida en 6 capítulos de 10 minutos, disponible con subtítulos en Youtube y nominada para los EMMY 2016, me quedo pensando si Her Story me representa de algún modo como para poder considerarla en algún momento “my story”. Veamos.

Nos situamos en San Francisco, California, paraíso universal del universo activista queer. ¿Cuándo no? El “norte” tan anhelado por toda la disidencia de género y prácticas sexuales de la academia progresista. Allí donde podés ser lo que querés, con cuenta bancaria, si tenés, desde luego. Es la historia de tres jóvenes identidades femeninas: Violet (Vi), mujer trans blanca, ahora camarera, antes call-girl merquera oriunda de Brooklyn, excelentemente interpretada por la escritora y activista trans Jen Richards. La otra es Paige, abogada, mujer trans afrodescendiente magníficamente actuada por Angelica Ross -empresaria tecnológica en la vida real- y en mi humilde apreciación el personaje más potente. La tercera es Allie, cis, lesbiana y periodista queer, relatada excelentemente Laura Zak.

Violet y Allie se flechan a primera vista, visibilizando dentro de sus respectivos entornos su amor “translésbico” (y dale con la necesidad de estas etiquetas; pero acepto a regañadientes la necesidad temporaria de un rótulo para fines netamente políticos), atenuados por la relación machista y abusiva que arrastra Vi con Mark, el sugar daddy que la rescató de Brooklyn dándole un hogar por sexo, pero ocultando convenientemente al mundo su atracción hacia una chica trans. Por el lado de Allie, la transfobia dice “hola” en su círculo de amigas feministas, cuando dos de éstas le cuestionan su “tortez” por enamorarse de una “verga con pollera”, con la cual “todo bien, pero el baño no lo compartimos”. El personaje de Paige en tanto, íntima de Vi, ingresa como un comodín interactuando entre las dos, interpelando las ramificaciones racistas y transfóbicas inscriptas con letra cuasi invisible en el colectivo lgbtiq.

Tanto las protagonistas Jen Richards y Angelica Ross, como la directora Sydney Freeland, son mujeres trans en la vida real. Por fin tenemos una producción relatada e interpretada desde el colectivo transfemenino, con lo cual las críticas que podemos hacerle desde adentro tienen el aval de eludir los derrapes discursivos con la excusa del relato cis sobre temática trans de otras producciones. De todos modos, antes de meternos con malévolo escrutinio a buscarle el pelo al huevo, sigamos festejando sus logros, porque los tiene en serio. Otro de los aciertos radica en emancipar la temática transfemenina del eterno escenario de trabajo sexual callejero, para pasar al siguiente nivel de problemáticas que enfrenta la mujer trans. Entre ellas, el abordaje del doloroso pánico a la inevitable “salida del closet” que se da entre la confirmación culposa de “sexualidad socialmente condenada” en una persona cis que siente atracción hacia una persona trans, y del otro lado en la “genitalidad monstruosa inaceptable” de una trans socialmente “cispasable” al desnudarse frente a alguien con quien se busca algo más relevante que un mero garche. Las personas trans demasiado “cispasables” son acusadas de tramposas y por lo tanto les corresponde el sincericidio de no traicionar la ingenua generosidad de sus parejas cis, exhibiendo nuestra “tramposa genitalidad” con anticipación al hecho, para proteger su cis-hetero-autoestima hipócrita. “Salir del closet” no es salir con una estética de género cuestionable a la calle, sino desnudarse por completo frente a la violencia del CIStema, para luego perderlo todo: reputación, trabajo, afectos y privilegios sociales.

Me viene en mente un reciente debate sobre la serie Transparent en el cual participé con mi queridísimo Diego Trerotola, quien acusaba a esa serie, de excluir aquellos cuerpos marginales que incomodan los mandatos estéticos del buen gusto hegemónico. Aquí ocurre lo mismo. No hay escenas eróticas en la serie, pero los pocos cuerpos escasos de ropa que se ven -trans y cis- están megatuneados de gym y políticamente correctos para el tilde cristiano. Se le suma a este desliz, otro detalle de menor envergadura pero que me llamó la atención. La galantería caballerosa y machista a la salida de un restaurant con un taxi, que no cierra con el resto del discurso queer que propone la serie.

Este relato dinámico, no pretencioso, se nutre más que de grandes logros actorales, de personas interpretándose a sí mismas, valiéndose asimismo de consignas lgbtiq primermundistas sin dudas, sin huirle a las conciencias étnica y de clase social. Entonces no. No es necesariamente “my story”, ni “your story”. No importa. Decido celebrar que no estemos contando “his story”, sino “Her Story”.

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