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Viernes, 3 de julio de 2009

Libros que ladran

 Por Alejandro Modarelli

Cuando Leopoldo Brizuela hizo su antología de relatos argentinos de donde emana el deseo homosexual, la llamó El estante escondido. Nada me pareció mejor que esa imagen para pensar un camino de regreso a la biblioteca familiar, a mi niñez y pubertad, donde el interés por ciertos libros iba acompañado de la inquietud del cuerpo.

No tenía nombres todavía para reconocer mi deseo, aunque ya conocía unos cuantos insultos para marcar ese mismo deseo en otros, unos otros raros que señalaban con desprecio los varones de mi familia, tan agudos ellos, como todo hombre argentino, para detectar mariposas que vuelan fuera de su casa.

En esa época de juegos solitarios, me gustaba tocar los libros del estante escondido, como después uno toca por primera vez el sexo ajeno detrás de una bragueta callejera. Cuando todavía no estaban los amigos propicios, estaban esos libros. Algunos cuidadosamente secretos, forrados en papel madera. Con dibujos, con fotos. Cuando todavía ni siquiera aparecían los primeros intercambios sociales o sexuales, aunque más no fuese en los andenes de una estación de ferrocarril, o en esos teléfonos disimulados en papelitos de apuro o trazados a duras penas en la puerta de los retretes, ahí estaban sin embargo en mi niñez los escritores y las palabras. Una comunidad amorosa, caliente, nocturna, previa a toda comunidad de pares.

Uno entonces se ponía frente a los personajes de los libros como frente al espejo, sin saber todavía que, en realidad, se estaba reconociendo a través de ellos. Ese libro fue para mí Capitán Tormenta, de Emilio Salgari. La historia de un hermoso militar veneciano que luchaba contra el turco y producía un afecto extraño en su camarada más inmediato, que no conocía aún que Tormenta era en realidad mujer. Reversibilidad del género, juegos donde las diferencias y las trampas acreditaban, velándolos, la posibilidad de amores indecibles. Después hubo otras historias de amor, las de los lazos heroicos en la antigüedad grecolatina, personajes que ya aparecían desnudos en mi imaginación adolescente y eran la apoyatura fantasmática de las pajas de entonces. Jóvenes héroes que podían a veces tomar la fisonomía de un compañero de la clase.

No sé cuánto se perdió de toda esa voluptuosidad del libro que la mano aferra, a partir de la era de Internet. Lo que sí parece cierto es que, junto con la imagen en la pantalla, la palabra parece ya pertenecer a un universo simbólico donde la velocidad de la luz exige otro modo de atención. La lectura reposada que antes nos llevaba con cierta facilidad al ensueño o al pensamiento, ahora, tal vez, exija el atributo del registro despierto y rápido. Por ahí son esos diálogos en el chat, ahora, el sustituto de la fábula inicial del deseo. Y entonces habría que preguntarse qué significan para un chico, hoy, los libros fabulosos que censuraban las familias.

Sacar los libros del estante familiar escondido fue la manera en que muchos como nosotros salíamos del closet paterno, antes de que pudiéramos sentir y politizar el orgullo. Una sabiduría sustraída a los padres, pero que muchos padres nos querrían haber negado siempre. Una sabiduría que registró antes que nada nuestro cuerpo, más que nuestra comprensión, y nos proveyó de una mitología o de una historia.

El escondite de los libros era, para el niño marica que fui, otra forma en que se presentaba el placard de mi madre, sus corpiños, las viejas enaguas. Y acariciaba esa ropa como acariciaba los libros escondidos.

El proyecto de Otras Letras, se me da por pensar, es el proyecto de otros y otras que como yo venimos construyendo desde que éramos esos niños o esas niñas investigando en la biblioteca y en los raros cajones.

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Imagen: SEBASTIAN FREIRE
 
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