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Mitos en torno de la educación

 Por Adrián Cannellotto *

Tras el llamado del Consejo Federal de Educación a “redefinir y ampliar la noción de calidad educativa”, aparecieron dos libros sobre el tema: Ahora calidad, de Esteban Bullrich y Gabriel Sánchez Zinny, y Otra escuela para el futuro, de Alieto Guadagni. En ambos, tras la consigna de que los bajos resultados de las pruebas internacionales PISA sólo posibilitan la acción urgente e inmediata, las preguntas acerca de la calidad educativa se barren bajo la alfombra. Los medios de comunicación amplifican estas voces para reforzar prejuicios y generalizaciones, instalando expectativas cortoplacistas y ciertas recetas.

Propongo analizar los discursos circulantes para abrir una mirada crítica que ilumine las decisiones en materia de política educativa. Uno de los presupuestos de este discurso es “la educación como tragedia”. Esta posición liberal conservadora nos propone retroceder al Centenario, pues la “tragedia educativa” radica en el abandono de una esencia escolar fijada en los cánones de la cultura ilustrada, elitista, ahistórica y acultural, constructora hegemónica de saberes y subjetividades. Evoca una visión decadentista del presente como pálido reflejo de una gloria pasada.

El otro elemento del discurso es escuela = camino de redención, y sus misiones van desde la transmisión de conocimientos a la liberación, del crecimiento económico a la integración social y la seguridad. Bajo el sesgo neoclásico y los a priori de la teoría del capital humano, se construye una serie de generalizaciones donde la educación opera como causa de efectos sociales, políticos y económicos de lo más diversos. Es así que se postulan como “evidentes” relaciones que no lo son. Por ejemplo, la relación entre calidad educativa y crecimiento económico, seguridad o integración social. Creo necesario hacer jugar otros factores, diseñar otros instrumentos e inducir miradas interdisciplinarias. Y voy al que creo más fuerte de estos presupuestos: el modelo social de la igualdad de oportunidades. Para ellos, la escuela debería alterar el punto de partida social de los alumnos, instaurando lo que Dubet llama (críticamente) “desigualdad justa”. Si todos tuvieran garantizada la escuela de calidad que se requiere, las diferencias deberían regularse por los méritos individuales, por una justicia meritocrática que refleje la distribución natural de los talentos, haciendo desaparecer las desigualdades de base. ¿No es esto lo que quieren reflejar señalando trágicamente el bajo desempeño en las pruebas PISA?

El modelo de sociedad que están postulando es el de un conjunto de individuos arrojados a la competencia, lo que los vuelve más productivos. Moral de triunfadores, donde mérito y éxito se vinculan. Los perdedores ya no son los expulsados, sino los que jugaron y perdieron. El modelo escolar de la igualdad de oportunidades no hace sino convencer a los derrotados de que merecieron este destino, soslayando que detrás de los méritos siempre se encuentran los que tienen mejores condiciones de partida.

¿Cómo puede compatibilizarse la moral utilitarista del mérito con medidas que buscan recomponer una solidaridad orgánica capaz de reconstruir una cierta idea de comunidad, como la AUH, las asignaciones familiares, la extensión de las jubilaciones o el mecanismo de las paritarias? La inclusión de niños y jóvenes “nuevos y diferentes” con saberes y lógicas de conocimiento, con culturas que desbordan el marco institucional escolar, ¿no nos está interpelando, acaso, a pensar la inclusión como un proceso cultural, lento y complejo?

Ahora bien, esta seudo “centralidad” de lo educativo devela una concepción de la política no como conflicto, sino como lo contrario. En el modelo de igualdad de oportunidades, la escuela hace el trabajo sucio que la política no quiere hacer. Y finalmente aparece la cuestión de la educación para el mercado laboral. Se restringe el sentido de la educación a “asegurar” un puesto de trabajo y se diluye su rol de promotora del pensamiento crítico, imaginación y creatividad, que son insumos centrales para la vida democrática.

La prisa de quienes apuestan a resolver una cuestión tan compleja bajo el signo de lo trágico y urgente aparece mediada por el ajuste, el rendimiento y la competitividad. Modificar la visión y la reflexividad que tenemos sobre nuestro sistema educativo es, en definitiva, un modo de profundizar el modelo de sociedad que queremos seguir construyendo.

* Rector de la Universidad Pedagógica (Unipe).

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