VERANO12

Iturrazpe y los Hayn

 Por Federico Jeanmaire

La lluvia rajaba la tierra. Literalmente. Con algún esfuerzo, el hombre esquivó dos grietas enormes que se extendían a través del barro de la calle y estacionó su coche justo enfrente de una vieja casa, a la salida de Coronel Lombardi. La vivienda mostraba signos evidentes de deterioro. Y el pueblo era un calco de San José, el sitio de donde provenía el hombre que acababa de estacionar entre las grietas. Le parecía increíble haber conducido tantas horas para llegar casi al mismo lugar desde donde había partido. Definitivamente, todos los pueblos de la provincia estaban cortados por la misma tijera, se entretuvo pensando quizá para no bajarse y quedar expuesto al diluvio. Y pensó más cosas, con los ojos fijos en el parabrisas. Por ejemplo, que no llevaba un paraguas y que no llevar un paraguas en esas circunstancias provenía de una muy desagradable escasez cultural: nadie, absolutamente nadie, utilizaba paraguas en la provincia. El paraguas era un objeto diseñado para el uso exclusivo de los porteños. Un asunto afeminado, para cualquier varón del interior. Un imposible. Y este último pensamiento, lo enfrentó de manera ineludible contra su actual debilidad. Tendría que bajar y mojarse, nomás. Ser hombre. Joderse.

Así que.

Se bajó, saltó como pudo por sobre una de las grietas abiertas en la calle y corrió abriéndose paso por entre el barro y los desprolijos pastizales hasta la puerta de la casa. No había timbre. Sólo una manito de bronce que, extrañamente para lo que era el contexto, lucía perfectamente lustrada. Prefirió la costumbre ancestral: un fuerte aplauso. Luego otro y otro más. Pero nada. Y el agua ya le calaba los huesos. Entonces gritó que buenos días, que si había alguien en la casa, que venía desde muy lejos, que por favor lo atendieran. Pero tampoco. Por eso se dio la vuelta al tiempo que maldecía el momento en que se le había ocurrido la estúpida idea de emprender semejante viaje hacia la nada. Las grietas de la calle parecían cada vez más anchas y más profundas. Desde donde estaba parado, incluso daba la impresión de que el agua y el barro habían comenzado a tragarse el auto. Antes de retirarse, harto ya de mojarse, por las dudas golpeó la manito de bronce. Y de inmediato sonrió. Resultaba del todo improbable que alguien escuchara un ruido tan mínimo, tan incapaz de llegar a los oídos de nadie. Otra vez se dio la vuelta, estaba empapado y decidió que mejor sería buscar algún bar por el centro y de-sayunar mientras se secaba.

Sin embargo.

Apenas tomar tan saludable decisión, escuchó cómo una llave giraba tímida dentro de la cerradura y la puerta se abría lentamente.

–¿Carlos Hayn?

–El mismo. Y usted debe ser el nieto de Rodolfo Iturrazpe.

–Rolo, dígame Rolo. Ya nadie me dice Rodolfo. En realidad, ya nadie me llama de ninguna manera.

–Rolo, entonces.

–Es igualito a su abuelo, usted. Y a su padre, también. Como dos o tres gotas de agua, si me permite la broma. Pero pase, pase, lo estaba esperando, si hasta lustré el bronce hace unos días.

La casa estaba completamente a oscuras. Y vacía de muebles, a no ser por los infinitos baldes o tachos que recibían las infinitas goteras que resbalaban desde el techo y por las decenas de magníficos relojes que colgaban de las paredes descascaradas.

–Vamos a la cocina, mejor. Allí estaremos más cómodos: tengo una mesa, un par de sillas y bastantes menos goteras.

El camino hacia la cocina se hizo interminable. Iturrazpe tenía enormes problemas de movilidad. Se ayudaba con un par de palos o de cañas gordas. Hayn lo seguía en silencio a unos pocos pasos de distancia. A pesar de la ausencia manifiesta de luz, las ventanas parecían tapiadas, no podía dejar de observar los relojes que colgaban de las paredes. El mecanismo funcionaba, se escuchaba nítido el tic tac. Pero no tenían agujas. Estaba seguro de que no había visto ninguna aguja en el trayecto. A decir verdad, tampoco podía dejar de pensar en que ese hombre que acababa de decirle que había conocido a su padre y a su abuelo no le hubiera aclarado el parentesco que lo unía al primer Rodolfo Iturrazpe.

–¿Para qué?

–Disculpe, Rolo, no le entiendo la pregunta.

–Que para qué las agujas.

–Ah.

Una vez que llegaron, el viejo le acercó una de las sillas, le pidió que se sentara y que, al menos, se quitara el saco y lo dejara secar sobre el respaldo. Las paredes de la cocina también estaban plagadas de relojes sin agujas. Y, sobre el piso, había esparcidas algunas latas que no paraban de recibir las goteras del techo. Se veía un poco más, un cuadrado ínfimo a uno de los lados, permitía que entrara algo de luz. Enseguida Iturrazpe le ofreció manzanas, le explicó que era lo único que tenía para ofrecerle, que las probara, que no fuera zonzo, que eran muy ricas. Carlos Hayn le hizo caso. Y tuvo que reconocer que, a pesar de cierta acidez, la manzana que terminaba de morder era muy sabrosa.

Recién cuando la hubo terminado, el viejo comenzó a hablar:

–A su abuelo y a su padre también les gustaron. Pero no nos queda demasiado tiempo, así que, si me permite, empezaré a contarle lo que vino a escuchar desde tan lejos.

–Por favor.

–A su abuelo lo conocí en el año ’34. En Mar del Plata, en un congreso provincial de salud pública. Nos caímos bien. Aunque discutimos mucho durante esos días. Yo tenía sesenta, él era bastante más joven, alrededor de treinta, y acababa de ser padre. Padre de su padre. Yo no. Yo nunca tuve hijos, quiero decir. Siempre fui homosexual. O puto, si usted prefiere, a esta altura no me voy a hacer problemas porque elija una palabra u otra.

–Prefiero homosexual.

–Se nota que es una persona buena y educada, usted. Como lo era su abuelo. Y su padre. ¿Es médico, también?

–Sí, también. Pero continúe con lo que había empezado, por favor, no se detenga.

–Le decía que nos caímos bien. ¿Cómo nos íbamos a caer mal si nos interesaba lo mismo? La muerte. O, mejor dicho, lo que pasaba justo antes de la muerte, durante ese lapso que media entre el instante en que el paciente reconoce que va a morir y la muerte misma. El lapso límite de la vida. Un momento que puede durar algunos minutos o a veces días. Sin saber de nuestras respectivas existencias, descubrimos que ambos, perdidos cada uno en lejanos pueblos de provincia, teníamos el mismo interés y estábamos desarrollando casi las mismas investigaciones.

–Sí, conozco la carpeta con los casos, la encontré entre los papeles que dejó mi padre. También había un mapa que avisaba cómo llegar hasta acá. Lo que no entiendo es cómo usted está vivo, tendría que tener alrededor de ciento treinta y cinco años, si no me equivoco.

–No se equivoca. Pero, si me permite, eso se lo voy a contar más tarde, lo importante, ahora mismo, es que sepa que su abuelo era un cagón.

–No le voy a permitir, Rolo.

–Disculpe, no era mi intención ofenderlo. Pongámoslo de otro modo: su abuelo carecía por completo de espíritu científico. Era pura ética barata. Terminó denunciándome por mala praxis y estuve cinco años preso, por su entera culpa. Cinco años. Compréndame.

–Usted mataba a sus pacientes, Rolo.

–No, no, no. No se apure en sus conclusiones ni se enoje. Mejor déjeme explicarle, muchacho.

–O los dejaba morir.

–Ni los mataba ni los dejaba morir. Usted es médico, no me venga con esas tonterías. Nuestras investigaciones, como le decía antes, se abocaban al lapso final de la vida. Qué pasaba dentro de nuestros pacientes durante ese momento crucial. Física y psíquicamente. Sin embargo, la búsqueda de su abuelo era en cierto sentido humanista, estaba centrada en descubrir si los hombres seguían siendo hipócritas hasta el final o si, una vez que sabían cercana la muerte, se sinceraban. Una verdadera estupidez. Claro, su abuelo era ateo. Y socialista, si no recuerdo mal.

–Deje en paz a mi abuelo, no sea insolente.

–No lo soy. Apenas si soy sincero. En vez de enojarse, si usted fuera su abuelo, aprovecharía esta oportunidad que le brindo para escribir una ficha acerca de que el paciente Iturrazpe, Rodolfo, en los minutos finales de su vida, optó por la sinceridad. Y sacaría un montón de conclusiones zonzas al respecto.

–Usted no tiene vergüenza.

–Ve, esa es una de las típicas conclusiones a las que podría haber arribado su abuelo: al término de sus días, el paciente Iturrazpe, Rodolfo perdió por completo la vergüenza. Creo que va bien encaminado.

–No sé qué hago acá.

–Usted lo sabe, Carlitos. Perfectamente, lo sabe. Necesitaba venir.

Hayn se levantó muy disgustado de la silla y caminó hasta el pequeño hueco que se abría en la pared. Una vez allí se asomó por el pequeño orificio, pero no alcanzó a ver demasiado, el día seguía igual de oscuro y de lluvioso. Iturrazpe, mientras tanto, se entretenía jugando con los palos o las cañas gruesas que lo ayudaban a caminar.

–Después lo voy a dejar salir al jardín, muchacho, hay cosas que pueden interesarle, ahí afuera. Por ahora, si no le importa, me alcanzaría con que me cuente en qué año estamos.

–2009.

–Está bien, entonces. No se ponga mal.

–¿Qué es lo que está bien? No lo comprendo.

–Nací a principios de 1874. Creo que ya probé lo que quería probar. Ya puedo morir tranquilo, no necesito vivir más, quiero decir. ¿Usted tiene hijos?

–Un varón.

–Me alegro. Seguro que se llama Carlos, también.

Hayn se mordió la lengua para no contestarle que sí, que por supuesto, que otra vez tenía razón. Resultaba increíble, pero lo cierto era que ese viejo decrépito, consumido, incapaz de dar un paso sin la ayuda de los bastones, lo menospreciaba por completo. A él y a toda su familia. Se sentía herido en su orgullo, burlado. Y tenía como un nudo molesto que le atenazaba el estómago. Sin embargo, sabía que no debía perder los estribos, que tenía que mantener la calma, ser inteligente, no dejarse llevar por sus molestias estomacales ni por los insidiosos comentarios del anciano. Debía tomar el control de la situación. O al menos intentarlo. Entonces, acercó su silla a la de Iturrazpe, se sentó con alguna violencia y, muy cerca de su cara, le exigió a partir de un par de gritos que continuara contándole lo que había ocurrido con su abuelo.

–Parece que le interesa el asunto, joven.

–Ya mismo, no se haga más el tarado.

–Nos pasábamos las fichas de los muertos: cuándo se habían enterado de que morirían, cómo se habían enterado, cuánto tiempo había transcurrido desde ese conocimiento y la muerte misma, quiénes lo habían acompañado y, lo fundamental, qué era lo que habían dicho durante ese lapso. Poníamos un carbónico y a la copia la enviábamos por correo, así de simple. Claro que con el paso de los casos, y de los años, a su abuelo se le dio por sospechar de mi trabajo. Empezó a mandarme cartas muy desagradables con preguntas todavía más desagradables. ¿Por qué nunca hay familiares alrededor de sus pacientes? ¿Por qué se enteran tanto tiempo antes? ¿Cómo es que todos llegan conscientes a la muerte? Me cansó. Así que un día tuve que tomarme el tren hacia San José para hablar con él. Muy parecido a Coronel Lombardi, su pueblo, ¿no?

–Siga.

–Me tomé el trabajo de explicarle que aunque el campo de nuestras investigaciones coincidían, nuestras búsquedas no. Yo era creyente. Y tenía un motivo superior al suyo. La vida eterna. Debido a eso, podía tomarme ciertas licencias.

–¿Cuáles?

–Avisarle al que iba a morir pero no a su familia, así nadie molestaba en los alrededores, o no suministrarles drogas que los dejaran inconscientes o utilizar algunas extorsiones mínimas del tipo: si no me cuenta lo que siente, no le doy el calmante. Cosas así, nada importante.

–¡Qué bárbaro!

–Tonterías. Dios y la ciencia estaban de mi lado.

–Usted está loco, completamente loco.

–Voy a hacer de cuenta que no lo escuché. Si no tendría que pedirle que se retirara de mi casa y me da lástima que haya hecho un viaje tan largo y tan incómodo para nada. Pero le recomiendo que modere un tanto sus dichos. No me obligue a despedirlo.

–Discúlpeme, por favor.

–Sigo, entonces. Ya sabíamos todo lo que se podía saber: para alargar lo último que le queda de vida, la persona que va a morir se aísla, se mete dentro de sí misma, cambia los valores de audición, contrae su actividad física y psicológica a lo mínimo indispensable y puede mentirles o decirles la verdad a sus allegados, indistintamente. Para su abuelo esa ausencia de distinción alcanzaba para demostrar que el hombre era bueno por naturaleza. Argumentaba que, cuando mentía, lo hacía para no herir a los que continuaban vivos y cuando, a último momento, prefería la verdad, lo hacía para salvar a sus seres queridos de alguna calamidad. Discutimos muy feo. Para mí era el comienzo del trabajo, para él su final. Me denunció. Y fui preso cinco años por culpa de su ética barata.

Iturrazpe se quedó en silencio, con los ojos cerrados, como masticando la profunda amargura que encerraban las palabras que acababa de pronunciar. O como si intentara digerir, de una vez por todas, lo incomprensible del pasado. Hayn no sabía qué hacer ni qué decir, además de las molestias estomacales, estaba algo mareado. Y aunque se trataba de su propio abuelo, le parecía que ese anciano achacoso que estaba sentado frente a él tenía toda la razón en la disputa. Su abuelo se había comportado como un perfecto idiota.

Entonces.

Le palmeó cariñosamente el hombro y, por decirle algo, le dijo que las decisiones que tomaban los moribundos se asemejaban grandemente a lo que había leído sobre el período de hibernación de los osos del Canadá.

–Bien, muchacho. Muy bien. Acaba de descubrir una parte fundamental del todo. La misma parte que yo había descubierto en el momento que su abuelo me mandó a la cárcel. Y allí, en la cárcel, fue donde las cosas me cerraron por completo.

–Al final, y sin ninguna intención de hacerlo, mi abuelo terminó ayudándolo.

–Es verdad. Por eso, apenas salí, le mandé una carta de agradecimiento. Claro que él tomó muy mal mi gesto. Pensó que me estaba burlando. A él terminaban de diagnosticarle un cáncer de pulmón. Pero no era así. Yo no lo sabía. De inmediato, le ofrecí mis servicios, probar con él la veracidad de mi descubrimiento. Le mandé ese mapa que usted vio por correo y al poco tiempo su abuelo vino a visitarme. Aunque eso voy a contárselo dentro de un rato, Carlitos, ahora quiero referirle cómo fue que, de casualidad, en la cárcel descubrí el secreto de la vida eterna.

–Por favor, Rolo.

–Lo primero que voy a avisarle es que no se trata de que haya descubierto el secreto de la vida eterna. No, soy creyente y eso sería un despropósito; lo que he encontrado es mucho más modesto: la manera de vivir unos ochocientos o novecientos años. Y lo descubrí de una manera casual, se lo aseguro. La fe en Dios era lo único que me mantenía vivo durante mis días en prisión. Me pasaba el día entero leyendo y releyendo la Biblia. Y ahí mismo estaba escrito lo que me faltaba. ¿Usted es creyente?

–No, los Hayn siempre fuimos ateos.

–Una lástima, querido. Una verdadera lástima. Pensé que, como parece bastante más inteligente de lo que fue su abuelo y de lo que fue su padre, usted había podido sobreponerse a un mandato familiar tan absurdo.

–No volvamos a los agravios, Iturrazpe.

–Como usted prefiera. Sin embargo, debo advertirle que aceptar las verdades, aunque disgusten, es lo que diferencia a los hombres inteligentes de los tontos.

–Se lo pido encarecidamente.

–Bueno, continúo. Al séptimo día Dios descansó. ¿Cuánto? No lo sabemos, la Biblia no lo dice. Yo sospecho que todavía sigue descansando, si no el mundo no andaría como anda. Pero se trata de una sospecha, nomás, nada comprobable. Y más adelante, cuando el libro sagrado da cuenta de las primeras generaciones de los hombres, habla de que vivieron ochocientos o novecientos años cada uno. O que Adán tuvo a su tercer hijo, Set, a los ciento cinco años. ¿Qué le parece?

–Un texto escrito por ignorantes.

–No, muchacho, así no vamos a ningún lado. Haga un esfuerzo de inteligencia, por favor. Los ignorantes no inventan, sólo desconocen. Hay dos posibilidades, únicamente: o bien quien escribió esas líneas de la Biblia era tan longevo como los personajes de los que estaba dando cuenta y entonces no necesitaba informar acerca del porqué de tanta longevidad, o bien sabía de esa particularidad de sus inmediatos antepasados pero no podía explicar las causas de la misma.

–Puede ser.

–No se haga el tonto: el hombre necesita hibernar por naturaleza, al igual que otras muchas especies animales menos pedantes. ¿Qué significa, si no, la guerra entre Caín y Abel?

–Una ordinaria pelea de hermanos.

–No, querido, no menosprecie el Antiguo Testamento. Se trató de una guerra a muerte entre los que humildemente deseaban seguir hibernando, los cainistas, y aquellos exaltados que sólo querían apropiarse del mundo recién creado por Dios, los abelistas. Y aunque la primera batalla la ganó Caín, a la larga, los que terminaron por imponerse fueron los abelistas. Suele pasar.

Hayn se levantó y con alguna dificultad fue a apoyarse otra vez contra el hueco en la pared. Ya no llovía. El día estaba un poco más claro y esa claridad le permitía observar a través de los pastizales, a lo lejos, un par de manzanos y un montón de huesos. Lástima que la vista se le había nublado y que esa rara sensación de vacío parecía habérsele instalado para siempre en la boca del estómago.

–Ahora salimos, sé que necesita ver el jardín y, de alguna manera, reencontrarse con su pasado. Para eso vino desde tan lejos. Por supuesto que antes, Carlitos, va a tener que decidirse.

–No le entiendo.

–Yo empecé a hibernar demasiado tarde, a los setenta y tres años. Por eso me encuentra en las condiciones en que me encuentra. He llegado muy mal a los ciento treinta y cinco. No creo que me queden más de un par de siglos de vida. Alguien más joven me tiene que seguir. Usted es el indicado. Dios así lo ha querido.

–Está loco. Completamente loco.

–No lo estoy, no se engañe. Piénselo un poco, mejor.

–No tengo nada que pensar. Sólo vine hasta acá porque encontré ese mapa. A mi abuelo no lo conocí, desapareció antes de que yo naciera.

–Lo sé.

–Y a mi padre lo perdí cuando era muy chico.

–También lo sé.

–Pensé que quizá el mapa tenía algo que ver con lo que les pudo suceder a ellos.

–Pensó bien.

–Pero no quiero vivir ochocientos o novecientos años. ¿Para qué?

–Una lástima. Una verdadera lástima, su decisión –sentenció Iturrazpe y, de inmediato, se levantó de la silla apoyándose sobre sus bastones. No pidió ayuda, a pesar de que la hubiera necesitado. Y una vez erguido, se acercó un par de pasos hacia el lugar en donde estaba Hayn, de espaldas, todavía mirando a través del hueco que hacía las veces de ventana, muy mareado y con impostergables ganas de vomitar.

–Definitivamente, son cañas y no palos los que me ayudan a movilizarme. Por eso, mejor quédese bien quietito, no haga estupideces, lo que ahora mismo siente tan cerca de la quinta vértebra es la punta filosa de una de ellas; una punta que podría traspasarlo en apenas un instante.

–Usted está loco.

–Y usted es otro cagón. Como lo fue su abuelo y como lo fue su padre. Necios. Incapaces de escuchar con humildad el llamado de Dios. Pero vamos afuera, mejor, desde que llegó que tenía ganas de conocer el jardín. Bueno, llegó el momento.

Hayn caminó lentamente hacia la puerta y la abrió. Ya no llovía. Estaba cada vez más mareado, casi a punto de desmayarse. Sin embargo, le hizo caso a Iturrazpe cuando le indicó que tomara hacia la derecha y que no hiciera ningún movimiento extraño porque no tenía ninguna gana de atravesarlo con la punta de la caña. Le hizo caso, no quería mostrarse ante sus ojos como un cagón. Al cabo de unos cuantos pasos, ya estaban muy cerca de los manzanos, el viejo le pidió que se detuviera.

–Esperemos acá.

–¿Esperar qué? No me siento nada bien.

–Esperaremos a que termine de hacerle efecto el veneno que contenía la manzana. Acaba de rechazar ochocientos años de vida y el antídoto. Igual que su abuelo y que su padre. Si hubieran sido un poco más creyentes, sabrían que no debían probar esa manzana que les ofrecí cuando llegaron. Eso también está escrito en la Biblia. Pero, claro, para ustedes, los ateos, esas cosas no tienen ninguna importancia, se creen que son los dueños del mundo.

Lo que acababa de escuchar era demasiado, por eso Hayn hizo un último esfuerzo, juntó las pocas fuerzas que le quedaban y le pegó un manotazo al punzón que le oprimía la espalda. Vio que la caña volaba por el aire y de inmediato se dio la vuelta para ponerle las manos encima a Iturrazpe. Pero no pudo. Cayó de rodillas al piso, en cámara lenta, con los ojos cerrados, ya sin conciencia. De haber tenido los ojos abiertos, habría descubierto, a escasos metros, dos calaveras semienterradas.

Iturrazpe se agachó, juntó la caña del suelo, miró de soslayo hacia el lugar en donde descansaban los antiguos esqueletos de los Hayn anteriores y se reprochó la mala suerte. Este nuevo Carlos parecía el más inteligente de los tres Hayn, sin embargo, tampoco había podido ser. Tendría que esperar, nomás, unos treinta o cuarenta años a que llegara el próximo.

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