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Generosos inconvenientes bajan por el río

 Por Luisa Valenzuela

El cuento por su autor

La invasión de camalotes de los últimos tiempos le devolvió actualidad a este cuento publicado en 1983 en el volumen Donde viven las águilas. Son casi todos cuentos latinoamericanos, instigados quizá por mis visitas a Buenos Aires mientras vivía en Nueva York. Me movían las ansias de retomar mi lengua, mi mundo. Iba por las calles con el oído alerta y leyendo cuanto cartel, pintada o anuncio tenía a tiro. Así, en un colectivo repleto y espiando por sobre el hombro de un pasajero que leía el diario, me pareció entrever un titular desconcertante: “Generosos inconvenientes bajan por el río”. Un poco a los codazos me acerqué para descubrir que por supuesto eran otras las palabras. Pero la frase me quedó titilando como letrero luminoso, y como entre un trámite y otro tenía unas cuantas horas de espera, me senté en el Jardín Botánico a esbozar un cuento con ese rutilante título. Una loca historia empezó a fluir, como contagiada del curso de las aguas, hasta que me estanqué cuando se imponía el desenlace, incapaz de encontrarle al cuento una resolución que no fuera forzada, que surgiera –como corresponde– del cuerpo mismo de la trama. Y levanté la vista. Y frente a mí tenía un joven provinciano que con toda humildad me pidió permiso para sentarse a mi lado. Intenté ignorarlo. Estoy escribiendo, le dije, pero en realidad ya no escribía más porque no tenía idea de cómo continuar. Él insistió. Me inspiró confianza, y quizá curiosidad, y nos pusimos a charlar. Me dijo que acababa de volver de Venezuela, por tierra, y se sentía perdido. Para animarlo le pregunté qué era lo que más le había gustado de Venezuela; él me dijo que lo que más le había impresionado en todo el viaje era lo que vio en el Paraguay: la victoria regia, esa planta acuática que tiene enormes hojas flotantes como bandejas y flores también enormes.

Y así, de la manera más inesperada, ese desconocido a quien yo, sintiéndome magnánima, pretendí darle algo de ánimo, me hizo el verdadero regalo entregándome en bandeja el final de este cuento.

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