VERANO12

El cuento por su autor

Todo lo que puedo decir de este cuento es que su origen fue un sueño, o mejor, tres o cuatro ráfagas de sueños discontinuos en una semana de fiebre de casi cuarenta grados producida por una gripe virósica. La palabra “sueño” es inexacta. Yo estaba despierto mientras Milena, que todavía no se llamaba Milena, se materializaba a su capricho en algún lugar entre mi cama y el cielo raso, lugar que era al mismo tiempo mi dormitorio y los años ‘60 y el bar La Comedia y un puente sobre las vías y el Parque Lezica y el paso del Tiempo y la comisaría quinta. En esa comisaría le oí decir con toda claridad que los derechos adquiridos no se pierden. Cuando reuní los fragmentos de esta historia a rachas, le conté el resultado a Sylvia y a la gente de mi taller y, como suele pasarme, eso me pareció suficiente y perdí toda necesidad de escribir nada. Casi un año después, supe de golpe que la chica sin nombre se llamaba Milena, como la de Kafka, y compuse el cuento de un tirón. Una noche lo leí. Recuerdo que Paola Kaufmann, al oírlo, me dijo: “Falta la parte donde ella dice que los derechos adquiridos no se pierden”. Yo alegué que eso no tenía nada que ver con la historia, que era un disparate, producto de la fiebre. “Pero si era lo mejor de todo”, me dijo Kaufmann. No sé qué pensará el lector. Yo empiezo a creer que tenía razón.

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