VERANO12 › ARIEL URQUIZA

El camino sin orillas

–¿Me parece a mí o la camioneta está haciendo un ruido? –preguntó el acompañante.

–No, es este camino de mierda –contestó el conductor. Mirá la piedra que hay.

–La Dodge viene a los saltos –dijo el acompañante mirando por el espejo retrovisor–. Parece una rana. Es raro que hoy le hayan dado la Dodge nueva al Coyote. La va a cagar rompiendo, no sabe andar por el ripio. Ni siquiera en asfalto sabe andar. Y el Gota seguro que no se anima a pedirle el volante. Es un cagón el Gota.

El conductor no parecía escucharlo. Se veía molesto, como si odiara andar por ese camino interminable que partía al desierto en dos. A la izquierda, una meseta escarpada y rojiza. A la derecha, un terreno llano y gris, aunque las rocas reflejaban la luz del sol con diferentes tonos.

–¿Siempre andás vos con la Dodge? –dijo el acompañante–. ¿Qué pasó esta vez?

–El Coyote me la pidió –dijo el conductor, y alzó los hombros–. Para mí es lo mismo.

–¿Te conté de la vez que manejaba el Coyote y empezaron a seguirnos los de Gendarmería? Fue en Bolivia, en Santa Cruz de la Sierra.

–No hay Gendarmería en Bolivia –dijo el conductor.

–¿Cómo que no? En Santa Cruz sí hay. Ibamos por un bulevar del centro de la ciudad y los de gendarmería nos perseguían en un camión. El Coyote se llevó puestos como seis o siete autos antes de que termináramos arriba de la vereda. Suerte que íbamos armados hasta los dientes y nos pudimos atrincherar. Les llenamos el camión de plomo.

–El conductor no dijo nada; carraspeó. Abrió la ventanilla, escupió y volvió a cerrarla. Algo de tierra entró en la cabina. Hizo un gesto con la mano, como queriendo apartar el polvillo. Recién entonces vio que el acompañante había agachado la cabeza y se cubría la cara. Lloraba en silencio. Solo el movimiento espasmódico de sus hombros flacos revelaba que estaba llorando. El conductor estuvo a punto de decir algo, pero desistió y se concentró en el camino.

Cuando logró dominar el llanto, el acompañante se puso a mirar el paisaje.

–Ya está, ya está. No fue nada –dijo, después de un suspiro largo–. Mirá los cerros, qué colores.

El conductor no miró los cerros pero sí al acompañante. Lo miró de reojo, serio,y arqueó las cejas.

–Este camino se hace más largo que la mierda –dijo, seguramente por decir algo, y golpeó el volante.

–A mí me gusta el desierto –dijo el acompañante–. Me acuerdo que cuando éramos borregos, si con mis hermanos hacíamos cagadas, mi abuela nos decía que nos iba a llevar al desierto para que el sol nos limpiara los pecados. Imaginate cuánto sol necesitaría yo a esta altura.

El conductor quitó la mano del cambio y corrió el asiento hacia atrás para tener más espacio. Cuando terminó de acomodarse encendió la radio, pero no logró sintonizar ninguna estación.

–Esta porquería hace como dos años que se rompió y todavía no la arreglan –dijo. Así y todo, estuvo un rato girando la perilla de un lado al otro del dial, hasta que no le quedó otra opción que apagarla.

–Pobre abuela –dijo el acompañante, sin dar tiempo a que el silencio creciera–. –Ya de viejita se sentaba a la entrada de la casa y ahí se quedaba todo el día. Llega un momento en que la vida no es más que recuerdos, decía, y qué poca cosa son los recuerdos.

–¿Por qué me contás eso? –preguntó el conductor.

–No sé, por darte conversación. No sé. La verdad que no sé. ¿Escuchás? Me hacen ruido las tripas.

–Ya nos vamos a mandar una buena cena cuando lleguemos a Orán –dijo el conductor.

–No, pero no tengo hambre. No sé por qué me hacen ruido las tripas. Además, falta mucho todavía.

–Sí, falta.

La Dodge Ram que los escoltaba, de color azul metalizado, por momentos se acercaba y parecía que los iba a pasar, pero entonces disminuía la velocidad y quedaba rezagada, hasta ser un punto brillante en el espejo retrovisor.

–Pensar que hace años que trabajamos juntos –dijo el acompañante– pero si charlamos un par de veces es mucho, ¿no?

El conductor no contestó; ningún músculo se movía en su cara. Solo sus ojos se movían de vez en cuando para buscar a la Dodge en el espejo.

–¿Digo mal? –preguntó el acompañante.

–Algunas veces hemos estado hablando, ¿cómo que no?

–Pero con otra gente. Solos, muy pocas veces. Ni siquiera sé de dónde sos. Por el acento debés ser porteño.

–Nací en Venado Tuerto –dijo el conductor.

–¿Eso dónde es?

–Al sur de Santa Fe.

–Bueno, no le erré por tanto –dijo el acompañante–. Yo soy sanjuanino.

–Y claro.

–¿Ya lo sabías?

–Todo el mundo sabe que sos sanjuanino.

–Todo el mundo no. El Presidente no lo sabe. Tampoco creo que el jefe lo sepa.

–Cómo que no, él tiene que saberlo.

–Qué va a saber él –dijo el acompañante, mirando por la ventanilla. Se quedó ensimismado, entregado a la contemplación del paisaje. Los labios, apenas separados, daban lugar a una sonrisa floja. En medio de tanto desierto, una franja verde había aparecido en el horizonte, y a medida que se acercaban se iba extendiendo como un sendero perpendicular al camino de tierra y ripio.

–¿Y ahora de qué te reís? –le preguntó el conductor.

–De nada, no sé. De la vida.

El conductor lo miró un instante y volvió la vista al camino. Ya más que serio parecía disgustado.

–¿La vida? –repitió el acompañante.

–No veo la hora de llegar a Orán –dijo el conductor.

–Dejate de joder con Orán. Los dos sabemos que no vamos a Orán.

–Ah, ¿no? ¿Y a dónde vamos?

El acompañante no contestó.

–Ya hace una semana que tendríamos que haber ido –dijo el conductor–. No creo que estén muy contentos.

–Está bien, si vos lo decís...

El conductor vio por el espejo que la Dodge había quedado muy atrás, así que redujo un poco la velocidad. No andaba ningún otro vehículo por ese camino.

–No les digás a los otros –dijo el acompañante.

–¿Qué cosa?

–¿Qué va a ser? Que se me aflojaron los mocos.

–No te hagás problema.

–Nunca les digas. Ni ahora ni nunca.

–No les voy a decir nunca.

–Gracias. Además quiero que sepas que no te tengo bronca.

El conductor se acomodó en el asiento.

–¿Bronca? –dijo–. ¿Por qué?

–No, por nada. Pero quería que lo supieras.

Se quedaron callados, escuchando el ruido de las piedras que golpeaban contra el chasis.

–Tenía razón mi abuela. Qué poca cosa son los recuerdos –dijo el acompañante, y buscó algo en un bolsillo. El conductor quitó la vista del camino y lo miró alarmado, hasta que lo vio sacar la billetera, y de la billetera, una foto.

–Mirá qué linda es –dijo el acompañante, acercándole la foto al conductor.

–¿Qué es eso?

–Es mi hija mayor, ya tiene ocho años.

–Guardala, ¿querés? ¡Guardá eso te dije!

–¿Y ahora qué te pasa que ni siquiera te puedo mostrar una foto de mi hija?

El conductor negaba con la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

–Disculpame –dijo el acompañante–, no fue con mala leche. Quería compartir algo. Hay muchas cosas que pasan por la cabeza de uno en estos momentos, vos sabés.

–No sé de qué carajo me estás hablando.

–No me vengas con que no sabés.

–Si te pasan tantas cosas por la cabeza, ¿por qué no te quedás aunque sea un rato callado?

–Por eso mismo, no creo que te lo tenga que explicar.

La Dodge les empezó a hacer juegos de luces. Una y otra vez. Y si bien el sol aún dominaba el desierto, ambos podían ver las luces, miraban por los espejos y las veían.

–Es lindo por acá –dijo el acompañante–, esta parte en especial. Parece un cuadro, mirá.

–No me gusta el desierto, ya te lo dije.

Desde la Dodge, ahora les tocaban bocina.

–El jefe no me conoce, no sabe qué clase de tipo soy –dijo el acompañante–. Mi único problema es que soy demasiado confiado. Me confié de Carrasco, y está visto que no se puede confiar en nadie.

El conductor no le prestaba atención. Fue disminuyendo la velocidad hasta estacionar al borde del camino. La Dodge estacionó justo detrás de ellos.

–Creo que el Coyote quiere hablarte –dijo el conductor–. ¿Por qué no bajás a ver qué quiere?

–Yo no creo que tenga nada que decirme. Lo conozco bien al Coyote. El de esa camioneta no se baja. Ni él ni el Gota.

Por primera vez en todo el viaje, el conductor miró al acompañante directamente a los ojos.

–Bajate –dijo.

–¿Puedo dejar mi billetera? Más que nada por las fotos y esas cosas, prefiero que queden acá arriba.

El conductor asintió. El acompañante sacó varias fotos de la billetera y le dio un beso a cada una. Luego volvió a guardarlas.

–¿Qué me mirás así? –dijo–. Como si no supieras que estoy desarmado.

–Dale, salgamos de una vez.

Bajaron. Los otros se quedaron en la Dodge y ya no hicieron señas.

–Alejémonos un poco de la ruta –dijo el conductor, y señaló con la cabeza el desierto.

Caminaron por una superficie rojiza, mezcla de arcilla y arenisca. Cada tanto, el acompañante extendía los brazos y el viento seco y frío le inflaba la camisa. El conductor iba un paso más atrás. Por momentos repasaba la espalda angosta y algo encorvada del acompañante, por momentos agachaba la cabeza para ver cómo la arcilla le ensuciaba las botas.

Cuando el conductor dejó de caminar, el acompañante dio media vuelta y se quedó mirándolo.

–Seguí caminando –le dijo el conductor– un poco más, vamos.

–Disculpame si te hice pasar un mal momento –dijo el acompañante–. No debe ser fácil estar en tu lugar.

–Dale, caminá.

–Es que no me quiero cansar.

–Dejate de macanas.

–Yo te lo quería hacer fácil, pero como quieras –dijo el acompañante mientras se alejaba.

Recién entonces el conductor sacó su pistola y le quitó el seguro. Por un rato siguió al acompañante con la mirada, como quien busca el momento más oportuno para sacar una foto. Lo vio caminar despacio, dándole la espalda al sol, persiguiendo su sombra hacia el espesor del desierto.

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Imagen: Pablo Piovano
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