CONTRATAPA

Joe Carter, una historia de amor

 Por José Pablo Feinmann

Llevaba diez años sin acercarse a ella. A Lucy Windsor, su ex mujer. Desconocía si los recuerdos que atesoraba eran buenos o malos. Los había olvidado por completo. ¿Había sido un éxito ese matrimonio? Difícil que lo haya sido, pues nos divorciamos, concluyó. ¿Nos divorciamos o una de esas noches me fui sin despedirme, agobiado por el tedio o la ausencia de toda pasión, que venían a ser, razonó levemente, algo similar? Tampoco lo recordaba. ¿Qué recordaba de ella? Habían tenido dos hijos. Ella lo engañó y le comunicó la noticia cuando ya nada se podía hacer salvo meterle un plomo en la barriga. Algo que habría producido los mismos resultados que un aborto. Probablemente de un modo más espectacular y, si uno lo piensa bien, con un añadido no desdeñable: se habría librado de la criatura y de ella al mismo tiempo. Pero algo así no estaba entre sus conductas habituales. O dentro de su moral, si es que él tenía algo como eso. Matar embarazadas, no. ¿Por qué entonces la había buscado? Tampoco lo sabía. “Caray –se dijo–, qué poco sé de mí. Soy uno de esos misterios que me lleva tiempo resolver. Llevo cincuenta y cinco años en la tarea y es poco lo que he avanzado.” Aquí estaba, sin embargo. Había rastreado su dirección y la casa debía ser ésta. No gran cosa. Una pequeña construcción con un jardín al frente. Detuvo su coche. Atardecía. En el jardín dos niños jugaban a matarse el uno al otro. “Son mis pollos” –se dijo con orgullo–. “Qué duda cabe.” Caminó hacia ellos. “¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!” Los niños no ahorraban balas. Tampoco gritos de guerra. “¡Muere, inmundo iraquí!”, decía uno. El otro respondía: “¡Alá es mi profeta!”. Contrariado, Carter movió su cabeza. Era una bestia el pobre niño: el profeta es Mahoma. ¿Esa educación les había dado Lucy? ¿Ni al enemigo les había hecho conocer bien? “¡Rata inmunda, has destruido nuestras Torres!” Uno era gordo. El otro era alto y flaco como un escarbadientes. Era claro como el agua: Lucy los alimentaba mal. “¡También destruiré Disneyworld!” “Hola, niños”, dijo Carter. “¿Quién eres?”, preguntó el Gordo, “¿Estás con nosotros o con ellos?” “Con ustedes, por supuesto”, dijo Carter. Y añadió: “¿No me recuerdan?”. “No sé quién eres ni me importa”, dijo el flaco. “Te salvas porque no tienes cara de mierda islámica.”

Se alejó rumbo a la puerta de la casa. Aún alcanzó a oír: “¡Muere, perro talibán!”. Y el Gordo exclamó ¡Ugghh! y cayó de espaldas. Luego se puso a llorar. Carter decidió que eso no le incumbía. Tocó el timbre de la puerta. Abrió Lucy Windsor. “Hola, Lucy.” “Tú.” “Yo. ¿Puedo entrar?” “Dime tu opinión.” “Pues creo que sí. Siempre pueden dialogar dos viejos amigos.” “Todavía somos marido y mujer, idiota.” “¿Cómo, nunca nos divorciamos?” Ella lo hizo pasar a la cocina y se dispuso a prepararle un café. “No esperes más nada de mí”, dijo secamente. “Si debo serte sincero...” “Debes.” “Ni el café esperaba.” “Lo tendrás. ¿A qué has venido?” “Verás, hoy estaba ordenando mi oficina. Papeles viejos, tú sabes. Y encontré una foto tuya. Diablos, me dije. Creo que yo estuve casado con esta mujer.” “Y hasta tuviste dos hijos también.” “Sí, acabo de verlos.” “¿Te han reconocido?” “Sospecho que no.” “¿Y qué pretendes? Eran criaturas cuando nos abandonaste. ¿Cómo has pasado estos años?” “Bien y mal, como todo el mundo.” “No como yo, Carter. Yo los pasé mal. Condenadamente mal.” “No sabes cuánto me apena oír eso.” “No mientas, tarántula.” Se abrió la puerta y entró el Gordo. Todavía lloraba. Los mocos caían de su nariz como una gelatina verdosa y repugnante. Dijo: “Mom, Danny siempre gana porque hace de soldado americano. Y yo siempre pierdo porque hago de iraquí”. “Oye, Fatsie”, le dije. (Notarás, amigo, que ahora te cuento esto en primera persona. Pero, demonios, es a mí a quien le ocurrió. ¿Para qué andar con rodeos?) “Oye, Fatsie”, le dije, insisto. “¿Cómo sabes que me dicen Fatsie?”, preguntó, asombrado, el gordo. “¿De qué otro modo podrían decirte con lo asquerosamente gordo que eres?” Volvió a llorar y los mocos volaron desde su nariz y se pegaron en la cortina de plástico de la ventana. “No llores, Fatsie”, le advirtió Lucy. “No llores o te castigaré otra vez con la plancha. Oye lo que tiene que decirte el señor.” “Fatsie, dile a tu hermano que sigan jugando como hasta ahora. El, un muchacho americano. Tú, un guerrillero iraquí. Pero mételo en una bolsa de plástico negro, ésas de la basura, ¿las ubicas, no? La cierras bien y lo arrojas por ahí, por donde más te plazca. Luego unes tus manos alrededor de tu boca y, como si fuera una trompeta, le tocas el Himno de nuestro Imperio victorioso. América, Fatsie. Por fin, le haces un discurso. No olvides decir: ‘Así mueren nuestros héroes’.” Fatsie saltó de alegría. Me dio las gracias. Salió al jardín y lo oímos gritar: “¡Haré un héroe de ti, Joe!”. “Le has puesto Joe”, dije, con algún orgullo. “Fue por mí.” “No, no fue por ti. Requerí cierto día los servicios de un plomero. Haría ya dos años que tú habías partido. Por decirle así al repugnante suceso de tu abandono. Era un negro enorme, lleno de músculos. De esos que tú odias, Carter. De esos a quienes llamas caníbales, o estiércol de gorila o vómito de mono.” “También cagadón de elefante”, añadí. “Bien, para mí no era eso. Era un honesto trabajador. Se ocupó de destapar todas las cañerías de la casa. Todas, Carter. No sé si me entiendes.” “Entiendo. Y él se llamaba Joe.” “Has entendido.” Entonces se apagó la luz. “Mierda”, dijo ella. “Sabria que esto pasaría.” “¿Un desperfecto?” “No, llevo tres meses sin pagar la luz.” “¿Estás en apuros de dinero?” “¿Tú qué piensas?” “Bien, en ese caso –dije–, me voy, Lucy. No quiero importunarte. Tienes cosas más importantes que hacer. Pagar la luz, por ejemplo.”

Eran las diez de la noche. Estaba en mi oficina y leía el Hollywood Reporter. Angelina Jolie había adoptado otro niño. “Vaya imbécil”, pensé. “De nada sirven los hijos. Pasas diez años sin verlos y ni te reconocen.” Alguien golpeó la puerta. Caminé hacia ella con aire aburrido. Ni un puto caso ese día. Ni seguir a una pestífera adúltera. Ni asesinar a algún político demócrata. Demonios, era Lucy Windsor. “Tengo un caso para usted”, dijo. “Tome asiento, por favor. Hizo bien en venir a esta hora. Durante el día el tránsito en Los Angeles es mortífero. Durante las noches, también.” Ella se sentó y cruzó las piernas, que eran todavía bellas y delgadas. “La escucho.” “Quiero que mate a un hombre. Si no, lo mataré yo misma.” “No acepto matar por dinero, señora.” “No mienta. Usted mataría gratis, por placer.” “Veo que me conoce bien. Es mi oficio, amiguita. Soy, a la vez, y no contradictoriamente, detective privado y contract killer. Nadie lo ha sido.” Me serví un whisky y no le ofrecí a ella. La veía peligrosa. “¿A quién quiere que retire de este mundo?” “A un americano, desde luego.” “Pues le haremos un favor. No sé si usted lo ignora, pero nos va hediondamente mal en Irak.” “No es mi problema”, dijo. “Lo será cuando el segundo atentado arrase con su casa y torne cenizas a los suyos y a muchos más.” “Es usted un paranoico.” “¿Sólo por creer que los negros, los hispánicos, los judíos, los putazos y los musulmanes están destruyendo América? Creo que usted exagera. Al grano: ¿a quién debo matar?” “¿Conoce a Joe Carter?”, preguntó ella. “Sí”, dije muy seguro. Aunque según he dicho al inicio de este relato poco me conocía. Pero, tal vez, no tanto. Tal vez más que otros. “Lo conozco bien”, dije. Y, con emoción, añadí: “Ha cometido muchos errores en su vida. Ha olvidado a mujeres que amaba. A hijos a los que debió criar con amor. Se entregó al alcohol para olvidar. Tuvo otras mujeres. No otros hijos, por fortuna. Pero en ninguna otra mujer encontró a la que fuera la madre de sus hijos. La vio en todas. En todas vio sus ojos. En todas vio su sonrisa. Pero en ninguna encontró su calor. Nunca pudo volver a enamorarse. Un día, por fin, la fue a buscar. Pero ella lo recibió sin amor, fríamente. Con odio. Para colmo, esa misma noche, fue a verlo y le pidió que se matara o si no ella misma lo haría. ¿Advierte usted lo que le cuento? ¿Concibe usted responder a tanto amor con tanto odio? Dígame, ¿cuántos hombres regresan a buscar a la mujer amada? ¿Cuántos? Ninguno. Sólo Joe Carter”. Lágrimas brillantes y espesas rodaban por las mejillas de Lucy Windsor. Sólo atinó a decir: “Te amo, Joe”. “Yo también te amo, Lucy.” “¿Qué haremos?” “Mira, hay un hotel cruzando la calle. Hospédate ahí esta noche. Piénsalo todo cuidadosamente. Yo haré lo mismo. No nos apresuremos. No podemos permitirnos otro error.” Lucy estuvo de acuerdo. Antes de irse, con exquisita ternura, me besó en los labios. Luego, cerró la puerta a sus espaldas.

Regresé a mi vaso de whisky y tomé otro trago. Lo necesitaba. Entonces me asomé a la ventana. Ahí abajo, cruzando lentamente la calle rumbo al hotel de la vereda de enfrente, iba Lucy Windsor. De pronto, un camión surgió de la nada, como un huracán, inesperadamente. Levantó a Lucy por los aires. Tres metros por lo menos y siguió su loca carrera. Lucy cayó sobre el duro asfalto y ahí quedó, incrustada. Su sangre incontenible fue en busca de la alcantarilla y cayó por ella, veloz, a borbotones, como si buscara no ensuciar demasiado la calle. Terminé mi whisky de un solo trago y luego me aparté de la ventana. “Que nadie diga que no se lo advertí”, dije para mis adentros. “El tránsito en Los Angeles es mortífero. De día y no menos de noche.” Lucy Windsor acababa de comprobarlo. “Qué pena”, pensé. “Creí que esta historia tendría un mejor final.”

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