CONTRATAPA

Los pueblos de la noche

 Por Mario Goloboff *

Aquí, ahora, nuestra sociedad se ha vuelto más suave que antes con el trato nominal a los descendientes de los “indios” de América: comienza a aceptar llamarlos “pueblos originarios”. En un paradójico cruce semántico, y por tanto también conceptual e ideológico, los verdaderos indios de la India son menos considerados con los nativos: a sus originarios aún les llaman “pueblos de la noche”, lo que ciertamente asigna distancia, oscuridad, misterio, ocultamiento, honda diferencia.

A pesar del nombre, éstos no son los peor considerados. Debajo (hay, todavía, un debajo), están “los intocables”. Llamados así no porque no se pueda, como a los reyes o a ciertos dignatarios, acercárseles o tocarlos, sino porque los demás no deben hacerlo (puede traer peste o algo aún peor). Si bien la jerarquía entre las castas es muy estricta, “los intocables” no son siquiera una categoría inferior; otrora habitantes de la noche, castigados por antiguas insumisiones, están fuera de aquéllas, degradados, excluidos. Son tan indignos, tan impuros, que los demás corren peligro, por su contacto físico o por su visión, de ensuciarse, de mancharse. Por tales razones, estos hombres y mujeres son objeto de prohibiciones humillantes: se les impide circular o atravesar de noche una ciudad o un pueblo importante, tomar agua de los pozos públicos porque podrían corromperla, preparar comidas o servirlas, y menos aún compartir las mismas con otros. Les están reservados los trabajos más difíciles o más ingratos: enterradores, curtidores, poceros, limpiadores de baños... Deben vivir fuera de las ciudades, no pueden poseer más bienes que ciertos animales domésticos, no pueden llevar otras vestiduras que las que arrebatan a los cadáveres.

¿Cómo fue formándose el sistema que permite estas verdaderas aberraciones sociales? Las castas y su organización datan de tiempos remotísimos; esas nuevas subdivisiones parecen más recientes. Es muy probable que la creación de las castas sea de naturaleza sobre todo religiosa. No se sabe por qué fechas exactas los valores brahamánicos se fueron consolidando y generalizando en la sociedad india, aunque el brahamanismo, reconociendo su origen en la armonía del orden cósmico y en la dignidad de las vidas anteriores, lleva a que el nacimiento de alguien dentro de una casta sea necesario y no azaroso.

Semejante a las nuestras, allí la civilización actual se formó a partir de continuas invasiones; en su caso, hacia 1500-1000 a.C., de las llanuras del Indus y del Ganges por pueblos de raíz indoeuropea venidos de las mesetas iraníes. Los pobladores originales, dravidianos, conocían ya una civilización avanzada, pero fueron vencidos y sometidos por el invasor. La parte de la población que resistió durante siglos fue considerada peligrosa y repugnante. De esos grupos rebeldes nacieron “los intocables”. Sin embargo, es bueno remarcar que, no tan distinto de aquí, desde el punto de vista religioso y de las costumbres, nacer “intocable” no es considerado escandaloso, sino conforme al orden natural. Y, además, reversible: si se acepta ese orden y se cumplen, con paciencia indostánica, algunos ritos acordes con el rango social, siempre existe la esperanza de una reencarnación en un nivel superior.

Por supuesto que la moderna India no reconoce constitucionalmente la existencia de castas, pero ellas continúan impregnando los hábitos, los comportamientos, los prejuicios. La Constitución de 1950 ha reemplazado el término “intocable” por el de “harijan” (pueblo de Dios); ello no obsta para que en la esfera económica sigan subordinados, constituyendo las clases más pobres: campesinos sin tierra, mano de obra no calificada, desocupados sin asistencia social. Varias rebeliones, severamente reprimidas, estallaron después de la independencia, entre ellas la más notable, la primero campesina y luego generalizada de Bengala, en 1967. Sin embargo, fueron encontrando otros caminos: uno creciente, las conversiones masivas al budismo y al Islam, en especial en Tamoul. Ahora, el predominio de la religión hinduista viene vacilando; toda la estabilidad social y política de ese inmensamente poblado país está, pues, manteniendo un difícil equilibrio.

Hay, por estos días, una exposición en París del arte de los primeros habitantes de la India, cuyos descendientes se aproximarían a los sesenta millones de personas. En gran medida más olvidados aún que “los intocables”, estos pueblos de la noche, Gond, Kondh, Naga, Warli... que habitan en las selvas y en las montañas, fuera de los márgenes del país y del sistema, exponen máscaras que representan los elementos naturales, esculturas rituales de la diosa madre, efigies en madera de cultos ancestrales, unas cuatrocientas piezas de lo que Occidente llama, con sutil condescendencia, artesanías, aunque son muestras del más refinado arte, como lo son las de la arquitectura y las escuelas de pintura maya y azteca, las de los filósofos (amautas) y músicos quechuas o aymaras, las de la alfarería de estos y de nuestros calchaquíes, las de la poesía nahuatl o guaraní.

“Hay que escuchar los latidos del corazón de la India rural, no únicamente aquellos de los templos”, declara Vikas Harish, consejero científico de la exposición del Museo del quai Branly. A lo que agrega uno de sus curadores, el Dr. Jyotindra Jaïn: “Es el sistema colonial, el mismo que ha cristianizado a esas poblaciones animistas, el que las ha relegado al rango de artesanos. Ellos se han visto así privados del derecho de reivindicarse como verdaderos artistas, es decir, creadores que dan prueba de su singularidad, sensibles a las evoluciones del mundo”.

Es difícil comprender cómo la estatura humana de ciertos grupos, para nada menos humanos, depende de lo que otros les imponen, y cómo la especie ha ido dividiendo y atribuyendo los papeles durante su ya larga y tumultuosa historia. Divisiones, separaciones, sometimientos que se asientan en prejuicios, temores, impresiones, doctrinas, ideas que no tienen ningún sustento real, concreto, científico o, al menos, probado o probable. Y cómo en muy diferentes latitudes estos fenómenos se repiten cual si tuvieran que ver profundamente con nuestra torpe condición.

Advirtiéndola, en estos territorios se ha venido luchando desde el Romanticismo americano, el indianismo, luego el indigenismo de los países andinos, los diferentes movimientos políticos y sociales que impulsaron y recogieron la Revolución Mexicana del ’10, el anarquismo de Manuel González Prada y el socialismo marxista de José Carlos Mariátegui, casi siempre con magros resultados (aunque, sin duda, dejando muchas huellas).

De todos ellos, fueron quizá los peruanos quienes, por razones que tenían que ver con su propia realidad, dieron las respuestas más precisas. Algunos años después del trabajo “Nuestros indios” (donde el mismo González Prada avanza sobre su anterior concepción meramente educativa y denuncia el componente económico de la situación indígena), José Carlos Mariátegui pondría, por fin, los pies de la cuestión sobre tierra (metafórica y literalmente), al plantear que el problema es económico y social, que también por cierto lo es su solución, y que corresponde a los propios indios el obtenerla.

A la luz de lo que viene ocurriendo últimamente en esta parte de América, resultaría sensato agregar (si bien está implícito en el pensamiento y en la acción de Mariátegui) que es también político, dado que seculares reivindicaciones y sueños igualitarios sólo pueden concretarse, pareciera, desde el poder. Cuando sus medidas y sus discursos tienden a revelar, como en los polifacéticos y policromos cristales, una de las caras ocultas de nuestra identidad.

* Escritor, docente universitario.

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Imagen: Pablo Piovano
 

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