CONTRATAPA

Homo Cansado

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Rodríguez entra allí cansado y sale exultante pero no por eso deja de estar cansado. Con los años es posible convivir con dos estados de ánimo al mismo tiempo. Y hasta con tres o cuatro. O cinco. Así, Rodríguez entró muy cansado a ver Inside Llewyn Davis, lo nuevo de los hermanos Coen, y salió exultante y convencido, aunque fuesen los días de enero, de haber visto la mejor película que verá este 2014. Y tan convencido estaba de ello que, habiendo salido –y comenzando a sentir cómo la excitación comenzaba a perder terreno y poder ante la fatiga del afuera–, decidió volver a entrar y verla y escucharla por segunda vez.

Y yo –que andaba por ahí– también.

DOS Volver a entrar para volver a disfrutar. Y para no salir. Afuera, se sabe, más de lo mismo de siempre, cansancio puro: el interminable folletín psicótico de ETA, los “problemas internos” del Partido Popular (ahora representados por la discutida Ley del Aborto), la reprogramación del inconsciente colectivo español para asumir a un partido Barça/Atlético de Madrid y no Real Madrid como El Derby, el análisis de los balbuceos del Rey y la nueva imputación de la infanta Cristina y, por encima de todo, la insistencia en el oasis/espejismo de la supuesta recuperación de España. Algo así como una leyenda urbana elevada a leyenda nacional que –ya hay sociólogos y psicólogos que advierten de ello– producirá un efecto devastador en todos aquellos que no hayan sabido “reinventarse”. Eufemismo que significa seguir tocando y cantando sea como fuere, aunque para pasar la gorra o la canasta y sacar unas monedas frente a unas pocas personas. Cualquier cosa es mejor –los talkin’ blues de la degradación de las condiciones de trabajo como forma de bendición para elegidos; el adiós para siempre a esa siesta a la que Camilo José Cela rebautizó como “yoga ibérico” y el insomne hola al siempre listo para lo que sea– que descubrir que te quedaste sin silla ni micrófono en el escenario y que te has quedado sin voz ni verso.

TRES Algo así es lo que le pasa al alguna vez marino y ahora encallado folk-singer Llewyn Davis (formidable composición del actor guatemalteco Oscar Isaac, merecedor del Oscar que ya lleva en su partida de nacimiento) en la película de los Coen y en el gélido Greenwich Village de principios de los años ’60. Durmiendo en sofás ajenos y subiendo y bajando las escaleras de cafés donde pulula la bohemia un tanto absurda de jóvenes con sweaters ridículos jugando a ser campesinos tradicionales y entonando estrofas centenarias. Davis es uno de ellos. Y –he aquí el toque genial y decisivo de los Coen, tan buenos escritores como cineastas– el arte de Davis es noble y hasta muy bueno. Pero no excelente ni genial. Y lo que se nos muestra es un puñado de días en los que Davis –yendo y viniendo, en calles y carreteras, en Nueva York y Chicago– comienza definitiva y completamente a darse cuenta de ello. Davis es alguien que pudo haber dado la talla de, pero le faltaron dos o tres compases y un poco bastante mucho de mejor actitud. Porque lo que se hace inolvidable de Davis para el espectador no es su admirable técnica fingerpickin’ en la guitarra para sentidas interpretaciones de standarts como “Hang Me, Oh Hang Me” o “Fare Thee Well (Dink’s Song)” (soñando con tener alas o pidiendo que lo ahorquen de una vez), sino ese rictus mitad asco y mitad tristeza de quien comprende que su tren ya pasó y la luz al final del túnel no es otra cosa que la luz de ese tren alejándose.

CUATRO Y, sí, Llewyn Davis está muy cansado. ¿Y hay alguien que filme mejor el cansancio y las palizas y ese frío azulado que se mete en los huesos porque tiene frío que los Coen? ¿Y existe algún otro cineasta que, como los Coen, retrate mejor ese momento de cristal (aquí esa escena en la que Davis le canta, casi con placer autodestructivo, la canción medieval y evidentemente equivocada al impresario Bug Grossman) en el que sus héroes se equivocan sabiendo que se equivocan? No, no, no y no.

Y es una lástima que a Rodríguez –y a tantos otros– no les interese en absoluto el mundo y la historia de la música folk. Porque lo que hacen los Coen en Inside Llewyn Davis –como ya lo hicieron con el género noir o el hard-boiled en Blood Simple y Miller’s Crossing o con la literatura judía en A Serious Man– es ofrecer, con sus magistrales castings y su sensibilidad para el diálogo, nada más y nada menos que una virtual enciclopedia de modales, arquetipos y escenarios del género en cuestión. Así, numerosos guiños para connoisseurs con dobles y alias y detalles del buenazo Dave Van Ronk (y su “Green, Green Rocky Road” y la portada del disco de Davis igual a la de Inside Dave Van Ronk), del intrigante Albert Grossman, de los angélicos Peter, Paul and Mary y de Jim and Jean, del soldadito Tom Paxton, de los suicidas Paul Clayton y Phil Ochs, de los Clancy Brothers, del judío falso cowboy Ramblin’ Jack Elliott, del parco Fred Neil, de Doc Pomus cruzado en versión libre y jazz-junkie con Dr. John, de Neal Cassady siempre on the road. Y, sobre el final, aunque no se lo mencione pero se lo vea y se lo escuche de fondo (y le arranque una mirada torcida a Llewyn Davis que va escaleras arriba a recibir golpes acaso merecidos), de la tormenta perfecta y la lluvia perfecta de un joven Bob Dylan (leer su versión del asunto y de ese invierno en sus magistrales y selectivas memorias Chronicles Volume One) que llega allí para arrasar con todo y con todos. Alguien que se apresta para conquistar Manhattan y el infinito y más allá cambiando para siempre las reglas del juego, dejando bien claro que de aquí en más la cosa ya no pasará por armonizar baladas inmemoriales con entonación cristalina sino, con voz de navaja afilada, por apropiarse y reescribir y componer canciones propias y urgentes para tiempos que están cambiando.

CINCO Y en Inside Llewyn Davis hay, también, un gato funcionando como mudo y maullador coro griego. Y –nos enteramos casi al final– el gato se llama, y no podía sino llamarse, Ulises.

SEIS Y Rodríguez sale de ver Inside Llewyn Davis por segunda vez. De volver a experimentar (otra muestra de que los Coen saben muy bien lo que cuentan) una especie de loop folk-espacio-temporal en el que, como en esas venerables canciones, escuchamos primero el estribillo, de entrada; pero recién comprendemos su verdadero significado al final de la última estrofa de la historia y de los blues, cuando ese estribillo vuelve a nosotros ya no como una visión sino como una revelación. Rodríguez sale de escuchar por segunda vez a Davis decir algo como “estoy muy cansado. Pensé que se me pasaría con una buena noche de sueño; pero veo que esto va para largo...” y de cerrar todo con un último y definitivo parlamento que (pienso en ello mientras contemplo a Rodríguez alejarse calle abajo y frío en descendente ascenso) que no recuerdo si era “Adieu” o “Au revoir”.

Y es que estoy muy cansado.

Así que –lo decido sin que me cueste casi nada decidirlo, tan solo el precio de una entrada a un cine casi vacío– entro a ver a un hombre cansado en Inside Llewyn Davis por tercera vez.

Para poder seguir descansando.

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