CONTRATAPA

Perdurables fronteras

 Por Noé Jitrik

Entre las incesantes y múltiples manifestaciones de lo que me atrevo a llamar la “creatividad criolla” y que brotan a veces públicamente, o sea porque los “medios” lo destacan, a veces secretamente, porque los “medios” se hacen los sordos y, correlativamente mudos, está un coloquio, al que asistí deslumbrado por el derroche de sutileza e inteligencia que se expandió hace unos días como una mancha de aceite. Tuvo lugar en la Biblioteca Nacional y se llamó “Autopistas de la palabra”; su programa era acercar literatura a psicoanálisis y viceversa. Sus gestores, desde hace ya varios años, son Liliana Heer, excepcional escritora y psicoanalista, y Arturo Frydman, psicoanalista, con probada capacidad para convocar a protagonistas en ambos campos.

El tema, en esta ocasión, era “la frontera”. Enigmático, inmediato, presente apenas se lo menciona, objeto de textos y de políticas, de geografías y de aduanas, apareció como un chisporroteo tanto en los libros que se comentaron como en las ocurrencias de los presentes. Delimitación, internalización, política, psicosis, riesgo y ruptura, un deslumbrante brote de posibilidades de comprender un poco el mundo en el que vivimos a partir de algo tan abstracto y a la vez tan material como la frontera, un hecho físico y dramático por cierto, motivo de guerras y de transgresiones, pero también simbólico, imaginario, social y aun individual.

Todos estos matices fueron puestos en escena a partir de textos narrativos argentinos, pero a la hora de precisar qué es esa línea irreal que separa tantas cosas, Carlos Dante García arriesgó una definición: “Una frontera es un delirio de vecindad”. Me gustó la frase; me pareció que tenía un remanente anarquista, algo así como que la frontera, en tanto delirio, no existe o bien no debe existir, pero sí existen los vecinos. Siguiendo esa línea pensé que los anarquistas no son sensibles al hecho nacional, que necesita de fronteras para entenderse, ni a las separaciones; no son dualistas y, por lo tanto, imaginan, hasta el terrorismo, que a lo humano se le ha impuesto este modo de pensar que traiciona su esencia y lo lleva a los peores males; los anarquistas, como se sabe, están por encima de un país y hasta se diría que por encima de la esquizofrenia, rasgo que entiende que en el ser humano luchan dos principios antagónicos separados por una frágil, precisamente, frontera.

García completó su pensamiento pero desde otra vereda: “El hecho de la frontera tiene su origen en la democracia”, sostuvo. Dio, desde luego, por sobreentendido, que si bien en la época feudal había extensión, como hecho físico y como concepto, no había delimitación, lo cual permitía el tránsito salvaje, sin aduana; si se producían abusos era por deseos de conquista, esa ancestral envidia por lo que tiene el ajeno, o por imponer religiones –es conocida la vocación de cada culto religioso a anular a los otros cuando son tolerantes o a sofocarlos cuando está en juego el acceso a los cielos–, pero no preocupaba a los señores ni a la Iglesia custodiar una identidad, o sea una conciencia de ser, diferente de otras, no tenían dudas acerca de la pertenencia, todo era de ellos, y, para la terminología de García, no tenían por qué tomar en cuenta la vecindad. La noción de frontera, tal como la consideramos ahora, no existía en ese mundo infeliz. La democracia la instaló.

Obviamente, el sentido que tenía la palabra “democracia” para aquellos tiempos, tan remotos que ni siquiera tenemos mucha memoria de cuándo la noción apareció en escena, no era el que solemos defender en los nuestros; sólo indicaba el momento en que el dominio absoluto de la Iglesia y la monarquía estaba entrando en una profunda crisis a causa del desarrollo de ciertas fuerzas productivas, encarnadas en la acumulación y los deseos de realizarla de los habitantes de los burgos y de los campos, lo que se podía entender de manera muy general como “pueblo”. Mientras yo trataba de aprehender el alcance de estas aproximaciones me visitó, fugazmente, el fantasma de Max Weber que, en vida terrena, se ocupó de estos asuntos, a saber cómo nace y crece la burguesía. Eso me ayudó a añadir un punto a la cuestión que estaba tomando forma: conjeturé, en voz alta, que tal surgimiento, tal democracia, descansaba en la posesión, en otras palabras en la propiedad, como derecho y como su usufructo, o sea en un sistema de valores que los recién venidos a la democracia defenderían al principio mediante diversas luchas y guerras de todo tipo, hasta, por fin, tomar el poder, supremo lugar en el que culmina esa defensa.

Así, pues, digo, aferrarse a lo propio y tratar de que nadie se acerque a él genera artefactos de defensa, locales en primer lugar y luego, en una compleja red de derivas, hace inteligible la idea de frontera, que va desde la puerta cerrada con cuatro llaves hasta la muralla –que preexistía pero con otro sentido– y se transforma en un sistema imaginario que irradia sobre los modos enteros de vida. Los burgueses han triunfado y al establecer todas las demás fronteras determinan pensamiento y prácticas hasta hacer que las previas sean obsoletas o se recluyan: las nuevas penetran, como si fueran líquidos, por todos los resquicios y adquieren un tinte de necesariedad, parece difícil vivir fuera de ellas.

Gran triunfo porque de ahí, de ese pensamiento y de esas prácticas, se desprende un conjunto de formas derivadas, modos de vivir constituidos sobre ese fundamento, modos de pensar, modos de organizar la existencia, modos de usar el lenguaje, modos de comportamiento, modos de estar, comprender y hacer de y en la cultura, leyes y normas, formas, en suma, que todo miembro de la sociedad “democrática” internaliza desde el nacimiento y que compone el universo mental y fáctico de todos los sujetos que viven en ella, incluidos los que la combaten y desearían cambiarla radicalmente. Algunos las llaman “tradiciones”: prefiero hablar de “formas”.

Es innegable que gran parte de los seres humanos vive en y con esas formas heredadas; las considera naturales e inherentes a la identidad del grupo del que forman parte, un país o una nacionalidad en primer lugar, una clase social, un conjunto de bienes materiales; las utiliza, aspira a ellas, las disfruta, quiere ampliar su relación con ellas y defiende no sólo las que están a su alcance, sino también las lejanas y aun las desconocidas; defiende su manera de comer, por decir algo concerniente a “formas”, con tanta energía como defiende la puerta de su casa y su derecho a adquirir y conservar todos los bienes que se ofrecen, no discute ese privilegiado derecho ni se pregunta por qué todo ello está tan fácilmente a su alcance: el mundo de formas que se ha ido creando a lo largo de los siglos a partir de la conciencia de la propiedad está ahí, y quienes las poseen no lo entenderían como casual, azaroso e injusto. Salvo si lo pierden, la máxima injusticia.

Pero otra gran parte de la humanidad, abrumadoramente mayoritaria, que podría crear otras formas, diferentes, para vivir, pareciera no poder prescindir de éstas, pero sólo recibe de ellas, en el mejor de los casos, apenas restos parciales o degradados o nada: desde los pobres, los indigentes y los carenciados hasta los menesterosos, desde los que logran un techo y nada más hasta los que ni siquiera tienen eso. Todo ese sector, numerosísimo, desearía el goce de las mencionadas formas que mira, entre envidioso, resignado y a veces rabioso, en las manos de los otros, los poseedores, los que defienden con diversas armas, fronterizas todas, así son las defensas, todo lo que han heredado o adquirido.

Esas formas están ahí, asediando y generando sentimientos, y actuando en el imaginario de todos, revolucionarios o reformadores inclusive, y no sólo porque todos hablan el mismo idioma, sino porque su instalación parece inamovible. A los que las poseen sólo les importa conservarlas, consolidarlas y ampliarlas: simpatizarán con quienes les ofrezcan garantías de continuidad; a quienes no, les queda ansiarlas y desearlas y en alguna medida luchar para obtenerlas, esa sempiterna lucha contra la pobreza, la segregación y el abandono. Y, desde luego, contra las fronteras que impiden que las formas de allá lleguen aquí.

Se ve, entonces, que el tema pasa a lo político o a los políticos que, asumen, en su nombre y representación, su derecho a obtener su goce y lo proclaman en programas, promesas de acceso a bienes y a distribución de riquezas o ilusiones de techo y de bienestar, con casas y comida asegurada, porvenires satisfactorios y lo que otros ya tienen, todo lo cual se hará realidad desde el Estado si logran acceder a su conducción. El Estado, a su vez, según quién lo dirija, promueve políticas, efectivas o semiefectivas, satisfactorias o mezquinas y se lo juzga de acuerdo con lo que realiza: una cosa es si propician y realizan redistribuciones dirigidas a acceder a tales formas y otra, que organice, casos se han visto, una filosofía de la carencia y un obligado ascetismo o una aceptación de un destino amorfo. Por detrás de una redistribución aletea el fantasma de una felicidad sin fronteras, esas que separan la riqueza de la pobreza y la condenan a una continuidad sin término ni futuro.

¿Hay otra posibilidad de pensar la frontera entre la posesión y la inopia? La utopía, por supuesto, lo que soñaron los anarquistas del siglo XIX y que intentaron los comunistas del XX es una respuesta. Suponiendo que la realicen, total o parcialmente, suponiendo que las fronteras, reales o imaginarias, se disipen en el aire, puede ser no obstante que subsista, en la realidad y en la imaginación, quién sabe hasta cuándo, el universo de formas que fueron creadas a partir de su emergencia y en las cuales vivimos todavía, sea lo que fuere el sistema social para nosotros.

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