CONTRATAPA

Ser deportivo

 Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO ¿Cómo interpretar el súbito interés por los deportes en alguien a quien jamás le interesaron en absoluto? ¿Reblandecimiento cerebral? ¿Iluminación súbita? ¿O tal vez la certeza de ver allí algo que los fanáticos, enceguecidos por una pasión de décadas, no ven ni verán jamás? Quién sabe... Lo cierto es que de un tiempo a esta parte paso demasiadas horas frente al televisión contemplando partidos de disciplinas cuyos reglamentos no conozco alcanzando lo más parecido que jamás estaré de un nirvana. Y –extremista absoluto– lo que más me entusiasma son las carreras de Fórmula-1 porque, claro, nunca tuve auto ni sé manejar. Hay algo ahí que me interesa mucho: el peligro constante (“Una cosa es errar un penal y otra salirte de una curva a 300 km por hora”, reza la inmortal frase de mi héroe absoluto, Fernando Alonso), el odio entre pilotos, las intrigas shakespeareanas de las escuderías, el obvio complot de la Ferrari y aledaños para derrotar al españolito bocazas y regalarle un último título/despedida al blondo Michael “Kaiser” Schumacher. Y todas esas vueltas hipnóticas y las taradeces que dicen los locutores para llenar tiempo y espacio y ruido de motores. No sé, mis lentos domingos son mejores así y...

DOS ...el otro día unos amigos (para preservar sus verdaderos nombres diré aquí que se llaman Laia Salvat y Diego Gándara) me regalaron (por motivos que no vienen al caso) mi primera pelota de fútbol. Hubo pelotones y pelotitas en mi infancia, es cierto. Pero nunca una “de verdad”, “reglamentaria”, “como la del Mundial”, etc. Esa noche tuve un sueño kafkiano. Soñé que empezaba a patear la pelota y “hacer jueguito” y a cabecear y que, sorpresa, de pronto descubría que yo era un crack, un genio absoluto del fútbol. Tan sorprendido como ilusionado, utilizaba mis contactos entre los prohombres y socios vitalicios de la Ciudad Condal e iba a probarme al Barça, donde deslumbraba al director técnico y jugadores, pero el equipo médico dictaminaba que yo ya estaba viejo para jugar, aunque me ofrecían un puesto de “ideólogo místico ilustrado”. Cuando preguntaba qué era eso, Ronaldinho –puro diente, cara de Barón Sardónicus– me alcanzaba un espejo y yo me miraba y mi rostro ya no era mi rostro. Era el rostro de Valdano. Ahí me desperté gritando...

TRES ...y a la mañana siguiente leí un artículo de Enrique Vila-Matas con el magnífico título de “Leves malestares graves” (categoría y definición formidable para englobar todas esas pequeñeces que nos molestan e inquietan mucho) donde el escritor afirmaba: “Me agradaría, por ejemplo, que volvieran los partidos con dos puntos en juego y que se jugaran sólo los domingos a las cinco de la tarde, como antes. Y no me agrada, por ejemplo, toda celebración de un gol que no esté hecha con un sobrio y humilde puño al aire”. Supongo que a lo que se refería Vila-Matas era a que ciertas cuestiones deportivas deberían volver a sus cauces naturales en lugar de cubrirlo y ahogarlo todo y, sí, tal vez mi propensión freak-deportiva tenga que ver o se deba a esta constante polución mediática en donde todo se deportiviza. Ejemplo: el pasado domingo, el canal de televisión español Telecinco insertó en la promoción del gran Premio de Monza fragmentos del film Alatriste (competitivos a muerte, el PSOE en pleno fue al estreno, mientras que nadie del PP se acercó al cine) queriendo relacionar así la gesta histórica best-selleresca del capitán ibérico con el duelo entre Alonso y Schumacher (sin darse cuenta de que, claro, lo único que consiguieron es que al españolito, como a Alatriste, le reventara el motor antes del final). Iguales símiles bélico-fraternos se utilizaron para festejar el triunfo de la selección de basquet o denostar la agonía de la selección de fútbol con un jugador llamado Raúl que, cada vez que lo veo y oigo haciendo declaraciones, me pone casi tan nervioso como Bush II en conferencia de prensa diciendo la palabra terror todas las veces que puede, como si fuera suya, como si cobrara derechos de autor cada vez que la pronuncia.

CUATRO Y completamente enfermo, fanatizado, hundido y eufórico, combato la ausencia de carreras o de magnos eventos de estadio atletizando la realidad. Lo mío es mucho más inofensivo que eso de alquilar un toro para que corra suelto por las calles y atropelle y cornee a diestra y siniestra (el más famoso y mortal de España se llama Ratón y cuesta caro llevarlo a las fiestas de tu pueblo) o –aunque no lo crean, lo vi el otro día en un noticiero– jugar al fútbol con un toro como pelota: el truco está en atraerlo hacia el campo contrario y que se meta en el arco del rival. Lo mío es mucho más inofensivo. Tonterías como pensar que la recientemente liberada prisionera Natascha Kamusch (no sé por qué, pero no termina de cerrarme en su versión de la jugada) tiene cara de gimnasta. O que el cada vez más alucinante y alucinado Andrés Manuel López Obrador sería un más que interesante marino solitario de esos que salen a dar la vuelta al mundo sin que nadie los extrañe. O que Günter Grass (una vez más, foto tamaño acontecimiento histórico en la primera plana de El País del domingo, un perro le olisquea la entrepierna mientras el alemán posa junto a su pipa) es ya el indiscutible campeón en el fino arte de la confesión retrasada. Eso sí: comienza a cansar un poco la repetición de su rutina, y no estaría de más que la embelleciera añadiendo detalles como que entre sus tareas se contaba la de pasear a Blondi, can de Hitler que, dicen, levantaba la patita para saludar.

Y están los que definen el deporte como “la imposición del orden sobre el caos” (Anthony Storr) o “aquello que nada tiene que ver con el juego limpio” (George Orwell) o “algo que puede ser utilizado para el bien o para el mal” (Aldous Huxley) o “el principal motivo para que el mundo corra siempre barranca abajo, algo que supuestamente promueve el entendimiento mundial pero que está en manos de idiotas” (E. M. Forster) y “algo que tan solo pueden alabar las personas que detesten toda noción de sentido común”.

En cualquier caso, espero que se me pase pronto y escribo todo esto –replays constantes en la pantalla del televisor– a cinco años del torneo aquel en que varios aviones dieron en el blanco de varios edificios.

Unos y otros, todos nosotros, seguimos perdiendo, claro.

Hasta la derrota siempre.

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