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La quiebra de Ferro es el símbolo de la decadencia de la clase media

En los ‘80 tenía 50 mil socios que pagaban puntualmente; hoy, apenas si le quedaron 4500. El club que representó como pocos
a esa extracción social cayó en el tendal que dejaron los ‘90.

Quebrado por una simple orden judicial originada en malas administraciones, Ferro tuvo la particularidad de ser un club de clase media admirado por las instituciones más grandes, que en la década del ‘80 lo tomaron como modelo a imitar y lo envidiaron por su estructura. Identificado como un “club con fútbol” y no “de fútbol”, Ferro pudo crear una fórmula en la que todos los deportes pudieron autoabastecerse y además ser exitosos, cada uno en lo suyo.
El básquetbol y el vóleibol ganaban las ligas nacionales, lo mismo el hándbol, sus nadadores descollaban y otro tanto ocurría con sus atletas. La actividad social se destacaba con las colonias de vacaciones como símbolo y bandera de una tarea que no solo comprendía a los chicos de la zona de Caballito, sino de muchos otros barrios de la Capital Federal. Además, el equipo de fútbol ganaba campeonatos de Primera, como los Nacionales de 1982 y 1984, llegaba a la Copa Libertadores y con Carlos Griguol como entrenador sacaba jugadores de la categoría, por ejemplo, de Alberto Márcico. La tarea en divisiones inferiores era un espejo en el que todos debía mirarse.
Un estadio prolijo y coqueto que servía para cobijar a muchos equipos sin cancha (por ejemplo, San Lorenzo, o después Argentinos), un gimnasio como el Héctor Etchart, que no tenía parangón en el ámbito capitalino, salvo el mítico Luna Park, y casi 50 mil socios activos con sus cuotas al día redondeaban la imagen de una institución ideal. “La mejor del país”, decían algunos. Y ser socio de Ferro era tener chapa de clase media pudiente.
Ni Boca, ni River, ni Independiente tenían aceitados sus engranajes como los conservaba Ferro. Los dirigentes de estos clubes lo admitían y lo consideraban un “ejemplo a seguir”.
El plan Austral, algunos presidentes ineptos, el alejamiento de Griguol, la muerte de Najnudel, la década de los ‘90, precipitaron la decadencia. Diez años después de ganar su último título en primera, en 1994, la cantidad de socios había disminuido de los 50 mil mencionados a 15 mil. Y la declinación de la clase media, irremediablemente precipitada en la década menemista, encontró su correlato inevitable en Ferro. Las multitudinarias colonias de vacaciones pasaron a la historia y las largas colas de vecinos esperando para anotar en ellas a sus hijos durante madrugadas enteras parecen recuerdos espectrales de esa época.
El vóleibol desapareció de los primeros planos, lo mismo que el hándbol y la natación. Los entrenadores de estas disciplinas se fueron convirtiendo en acreedores por imperio de las deudas acumuladas y el básquetbol, uno de sus referentes deportivos, penaba (y pena) año tras año por mantenerse en la división superior de la Liga Nacional, sobreviviendo apenas al cabo de algunos repechajes angustiosos como el que atravesó ante Independiente de General Pico en la última temporada.
De aquel equipo de Márcico y Cañete, solo quedó el recuerdo. Ferro descendió hace dos temporadas a la B Nacional y, a la temporada siguiente, cayó a la Primera B, sin escalas.
Ferro parece, como la clase media, virtualmente liquidada. Pero en esta Argentina se aprende a sobrevivir. Un puñado de los 4500 socios que aún le quedan se autoconvocó para hoy a las 10 ante la puerta del juzgado de Callao 635, con el objetivo de resistir la quiebra.
Si siguen el ejemplo de Temperley y Atlanta, luchando y no dándose por vencidos, acaso puedan los socios conservar las bases del club que, para muchos de ellos, fue no solo un motivo de orgullo sino también un símbolo de pertenencia.

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El fútbol de Ferro no pudo escaparle a la debacle del club en los últimos años.
 
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