DEPORTES › LA HISTORIA DE LOS ERRORES ARBITRALES EN LOS MUNDIALES

Van de papelón en papelón

Las macanas de los pitos existieron desde siempre, pero el nivel tecnológico de la TV expone a los protagonistas cada vez más al bochorno. A la FIFA le interesa la tecnología para multiplicar su dinero.

 Por Gustavo Veiga

La historia la escriben los que ganan y la FIFA le pone su rúbrica. No hay misericordia posible en los mundiales. Si una selección se equivoca, se vuelve a casa y si se equivoca el árbitro, también. Errar es humano, perdonar es divino. Una cuestión que viene de lejos: desde el gol fantasma que el inglés Geoff Hurst le marcó a Alemania en la final del ’66. O desde que la televisión se entrometió más en el fútbol. ¿Acaso alguna persona mayor conserva en sus retinas el desastre del ’58 en Suecia? Ahora resulta que en el altar de los goles apócrifos, nuestra célebre Mano de Dios tambalea. Sólo la grandeza pretérita del Maradona jugador, robustecida por su esperanzador presente como técnico, la mantienen al tope de la tabla. Pero el empecinado afán de Blatter, Grondona y compañía de gritarle un olé a la tecnología, reaviva la polémica. Y continúa permitiendo situaciones bochornosas que la TV deja siempre en evidencia.

Si existió una mano de Dios en México ’86 o la segunda mano de Dios con que Thierry Henry metió a Francia en el Mundial de Sudáfrica, podríamos atribuirle el gol no convalidado de Lampard ayer, a una turbia maniobra de su santidad, el papa Benedicto XVI, tan alemán como el arquero Neuer, que se hizo el gil. O definitivamente bautizarlo: los ojos de Larrionda, por el árbitro uruguayo que no lo vio. El que les marcó Tevez en offside flagrante a los mexicanos sería el del apóstol Carlitos y cualquier gol parecido al de Diego, pero convertido por un futbolista musulmán en un mundial, sería la Mano de Alá. Lástima que Argelia quedó eliminada en primera ronda sin gritar uno solo. Hubiera sido el caso piloto.

La Mano de Dios es glorificada veinticuatro años más tarde y se transformó en un ícono de los papelones arbitrales mundialistas. La convalidó un tunecino, Bennaceur Alí, del que nadie se acuerda. Pero fallas garrafales como ésa se volvieron habituales –y notoriamente visibles– desde el Mundial del ’66 hasta hoy. Maradona nos entregó otra mano (la segunda de Dios) en un partido contra la Unión Soviética de Italia ’90. El árbitro sueco Erik Fredriksson dijo “siga, siga”. La diferencia entre los yerros de los viejos mundiales televisados por apenas un puñado de cámaras y los últimos, que tienen decenas, es que los jueces son sometidos al escarnio. Y serán recordados negativamente por generaciones de hinchas, como ocurre en la Argentina con el mexicano Edgardo Codesal, que le concedió a Alemania un penal que no fue en la final de 1990.

Tan lejos llega la fama del más recordado de estos goles, que en Sudáfrica se organizó una muestra de arte donde se presentó la obra “La Mano de Dios”, del artista local Jackson Hlungwane. Mide 88,5 centímetros de alto por 55 de ancho, fue realizada en madera y la concibió en 1989, tres años después de que Maradona inmortalizó aquella jugada. La curadora de la exposición, Fiona Rankin-Smith, sostiene que el fútbol es una religión. Y un karma para los árbitros como Larrionda o el italiano Rossetti, que se comió el gol de Tevez en offside.

En lo que no se equivocó la FIFA hasta ahora es en haber decidido jugar el Mundial en Sudáfrica. En una de las habituales conferencias de prensa, el técnico del seleccionado nacional ya había defendido la organización del torneo. Y cuestionó a Pelé por haberle retaceado su apoyo cuando en Angola –como si Africa fuera una sola nación– balearon un ómnibus que conducía a la selección de Togo. Otro que juzgó un grave error la elección del país sede fue el presidente del club Bayern Munich, el ex futbolista Uli Hoeness. Y anticipó que no viajaría para ver el torneo. ¿Habrá cumplido?

Según la mayoría de los viajeros que llegaron a Sudáfrica, el Mundial es un ejemplo de organización, los estadios una maravilla, el público por demás colorido y comienza a perfilarse un fútbol más atractivo en las instancias decisivas. Los que siguen desentonando son los árbitros. Volvió a hablarse de la Mano de Dios gracias a sus errores groseros. Y a que la FIFA le interesa la tecnología sólo para multiplicar su dinero.

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El línea Stefano Ayroldi aleja a los futbolistas mexicanos Torrado, Márquez, Dos Santos y Salcido.
Imagen: AFP
 
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