DEPORTES › LA PATRIA TRANSPIRADA

Réquiem para un estratega español

(24 pulgadas, en reposo)

 Por Juan Sasturain

No sé si existe, pero me gustaría pertenecer –en calidad de socio activo y permanente– al Club de Admiradores Incondicionales de Andrés Iniesta. Y escribo para hacer llegar a quien corresponda mi solicitud de inscripción en este día en que, acaso por exitismo o desmemoria, algunos se borren. Aunque no creo: los adherentes al fútbol que el estratega Iniesta profesa y practica no suelen guiarse por resultados ocasionales. Y ésta es una ocasión puntual con resultado funesto, un caso no casual, y esperemos que una ocasión/caso no terminal. De España hablo, claro.

El estratega de este equipo desinflado y sin fe jugó ayer –como suele– un partido extraordinario, en este caso, de una hora larga. La última cortada que le puso al chiflado Diego Costa promediando el segundo tiempo de la segunda pesadilla fue su despedida de lujo. Ya había hecho todo lo que se podía hacer para darle aliento vital y rumbo al buque fantasma de Del Bosque. No pudo ser. Como ante Holanda, España ante Chile retomó el libreto ya probado tantas veces, pero no lo dijo, sólo lo recitó (palabras huecas, sonido sin furia) prolijamente. A los intérpretes no les faltó saber, pero sí convicción, y la magia no se produjo. Demasiadas funciones, tal vez. Habrá que cambiar el repertorio de trucos: el conejo y la paloma no aparecieron jamás, y los pocos pañuelos de colores sólo sirvieron para sonarse la nariz húmeda, secarse el sudor. Porque los estrategas no lloran.

Enfrente, Chile en su hora más gloriosa y merecida. El primer gol, cuando nada estaba dicho, es una obra maestra de serena artesanía futbolera, un claro silogismo expuesto justamente en el lugar donde suelen borronearse las ideas: la tocaron cuatro, buscándose y dándose tiempo para pasársela, e incluso Vargas –después de Alexis, después de Aranguiz– otorgándose el último sereno permiso de elegir, de no patear al bulto. En ese gol –que será histórico por trascendencia y factura–, y en el disciplinado batallar de antes y después, están las razones y la justicia de una victoria que nos alegra a todos.

En una jornada que nos regaló, además, el partidazo de Holanda-Australia –con el golazo de Cahill y la palomita de pecho de Leckie que (¡lástima!) no fue– sólo caben, a modo de despedida, la reverencia ante el estratega derrotado y el grito largamente demorado: ¡Viva Chile, mierda!

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