DEPORTES › CARLOS BILARDO, A 30 AñOS DE LA CONSAGRACIóN EN EL MUNDIAL DE MéXICO 1986

“Cuando llegamos a Ezeiza entendimos lo que habíamos hecho”

El entrenador del seleccionado rememoró lo sucedido en aquella Copa del Mundo, cuando el 29 de junio derrotaron 3-2 a Alemania Federal para obtener el segundo título de la historia. “Hasta que el árbitro no marcó el final no pude respirar”, dice.

 Por Adrián De Benedictis

El pasado suele ser un factor destacado, cuando el recuerdo está relacionado directamente con el éxtasis. Y de esa manera, el tiempo termina actuando como impulsor para que aquélla proeza continúe agigantándose. El fútbol es el habitual termómetro de esas añoranzas, y como el presente sigue siendo esquivo para llegar a la cima, lo alcanzado toma mayor dimensión. El Mundial de México 1986 fue la cumbre para un plantel que se sobrepuso a muchas adversidades, y que ahora lo disfruta con mucho placer. Ese título fue el último que obtuvo el seleccionado argentino, y hace hoy exactamente 30 años provocaban una explosión en todo el país.

El conductor de ese grupo, Carlos Salvador Bilardo, se conmueve por estos días cuando tiene que describir esas imágines, y con su estilo particular lo hace con emoción.

–¿Con el paso del tiempo valoran más aquel título?

–Creo que siempre es importante. Fíjese que se habla sólo del campeón, porque del segundo no se acuerda nadie. A mí no me llaman nunca para hablar del subcampeonato en Italia. Sólo se acuerdan del campeón, y con los clubes pasa lo mismo.

–¿Ahora que pasaron 30 años le dan la dimensión real de lo que significó?

–No, no. Me acuerdo que cuando vinimos del Mundial tardamos como tres o cuatro horas de Ezeiza a la Plaza de Mayo, y ahí entendimos de lo que habíamos hecho. Y sobre todo lo que significaba para la gente. No paraban de agradecernos. Hombres, mujeres, chicos, se nos venían encima, el micro tenía que ir muy despacito. Fue tremendo ese momento.

–Si tuviera que destacar un instante sublime dentro del Mundial, ¿cuál elegiría?

–La final, sin duda. Uno avanza y avanza pero si después llega y no consigue la Copa del Mundo, aparecen los cuestionamientos por lo que no fue. Cuando se está en ese momento hay que ganar la medalla, y no es desgraciadamente, es así. Yo no sé ahora cuánto dinero gana un campeón del mundo, o el subcampeón, pero tenga en cuenta que con esa plata del ‘86 y del ‘90 se construyó todo el predio de Ezeiza. Nosotros no teníamos lugar para entrenar, íbamos al Sindicato de Empleados de Comercio. Después se hicieron las obras, el edifico principal, y todo lo que es ahora el predio, un lugar bárbaro. Se hizo con lo que logramos nosotros.

–En el desarrollo de la Copa, ¿hubo un partido en particular que consideró el más peligroso?

–Son todos, en los mundiales son todos. Por ejemplo, usted ya va al sorteo, el año anterior al Mundial, y ahí ya sabe qué grupo es más difícil que otro. Pero después, cuando arrancan los partidos cambia todo. En la cancha es distinto, porque en esa época hay que ver cómo llegan los jugadores, si hay lesionados, es todo distinto.

–Pero cuando comenzó la segunda ronda en México, ¿nunca tuvo la sensación de que frente a determinado equipo se podía complicar seriamente?

–A medida que avanzan los equipos son siempre mejores. Los clasificados se potencian hasta la última instancia, dejan todo en la cancha porque no hay nada para perder. Yo siempre tuve respeto por cada uno, para mí no había rivales fáciles. Desde el duelo con Uruguay (octavos de final), se veía que nada iba a ser fácil, y a no-sotros nos costó mucho ese partido. Fue muy cerrado el desarrollo. Con el tiempo, me tocó comentar encuentros de un Mundial y me di cuenta que no es nada sencillo. Un Mundial es durísimo.

–¿Cuándo se convenció de que podían ser campeones del mundo?

–Cuando tocó el pito el referí (el brasileño, Romualdo Arppi Filho) en la final. Yo ahí pude respirar tranquilo, antes no. Y más teniendo en cuenta cómo se dio ese partido con los alemanes, que nos empataron cuando muchos creían que ya estaba definido. Por eso, para nada creí que antes de que terminara la final éramos campeones.

–¿Qué fue para usted subir al balcón de la Casa Rosada?

–Una gran emoción, pero lo más emocionante fue cuando nos trasladábamos hacia allá, con la gente alrededor del micro, eso me impactó mucho. No me puedo olvidar la cantidad de gente que había, fue impresionante. Yo tampoco me olvido cuando nos fuimos para México, con diez tipos que habían ido sólo para putearnos. Y después llegar y ver toda la autopista llena de autos con la gente aplaudiendo, fue sensacional. Sentir eso, a uno le cambia todo por dentro.

–Durante el Mundial, ¿tuvo la necesidad imperante de convencer a algún futbolista de que el título podía ser posible, o no fue necesario?

–Eso se habló durante dos años antes. Lo hablaba antes y después de cada partido amistoso. Me iba a Italia y hablaba con los que jugaban ahí, había dos en Francia y hablaba con ellos. Luego a España, a otros tres, iba y les hablaba. Dos años, dale que dale. No los dejaba nunca. Una vez que se había hecho el sorteo, ya sabiendo los rivales, iba y les decía dónde podía jugar mejor cada uno. No los tenía a todos acá en Argentina, estaban en distintos países, había que estar encima. A mí me tocó entrenar en España con tres jugadores. Una vez le pedí a Michel (ex jugador del Real Madrid y actual entrenador del Granada) que me ayudara a entrenar, cuando Ruggeri jugaba con él en ese club. Le decía: ‘Vos tirá el centro desde la derecha como si fueras Burruchaga’, y Ruggeri cabeceaba por el otro lado. No fue fácil.

–Haber dirigido a Maradona en el nivel que estaba, ¿fue lo máximo para usted como director técnico?

–Mire, yo lo tengo grabado, y esto lo aprendí del señor (Dante, ícono del perdiodismo deportivo) Panzeri. El decía que para ser buen periodista había que tener todo grabado. El era uno de los que cuestionaban de verdad. Empecé a grabar, a grabar, a grabar todo. Me preguntaban si estaba bien que Maradona juegue en la Selección, menos mal que grabé todo. Y yo decía: ‘No sólo va a jugar sino que va a ser el capitán también’. Me insistían que no podía jugar y le habían puesto el mote de que no ganaba nada. Como ahora le dicen a Messi. Y eso hubo que superarlo, y nos costó. La gente del Napoli nos ayudó mucho. Yo machacaba que Maradona jugaba bien, pero por suerte tengo todo grabado. Los periodistas jóvenes de ahora no lo pueden creer. Arrancó el Mundial y lo miraban de reojo, pero cuando empezó a volar se hizo imparable, recién ahí se convencieron.

–¿Tuvo problemas también por nombrarlo capitán?

–Uff, muchísimos. Había tres o cuatro que podían ser capitán, pero hablé con todos. Inclusive con Passarella, que conmigo se portó muy bien. Se enojó cuando le dije que el capitán iba a ser Diego, pero me respondió: “Bueno Carlos, lo acepto”.

–¿Por qué le costó tanto convencer a (Julio) Olarticoechea de que vaya al Mundial?

–Uh, sí, el vasco. A mí me gustaba jugar con dos sistemas, con wines o sin wines, también me criticaban por eso. Pero el vasco me decía que yo lo ponía de marcador de punta, y él no quería jugar ahí. El terminó un domingo un partido con Boca, y lo enganché en la Richeri, bajó del auto, agarré unas piedras y le hice un dibujo en un paredón para que entendiera cómo quería que jugara. Se fue y no me dijo nada, pero lo pensó unos días y me llamó. Le dije que íbamos a jugar sin marcadores, todos mediocampistas a la cancha. Lo mismo pasaba con Giusti y Clausen en Independiente. Clausen jugaba de lateral y yo lo ponía a Giusti, lo que pasa que vamos a emplear otra táctica les decía yo: tres, cinco y dos más adelante. Nadie quería ser marcador de punta, pero después de hablar, hablar, hablar, y entrenar, entrenar, entrenar, lo fueron entendiendo.

–¿El equipo lo fue definiendo a medida que pasaban los partidos?

–Se acuerda de un partido amistoso con Alemania, en Düsseldorf, ganamos 1-0, y ahí empecé a perfilar el equipo. (José Luis) Brown no jugaba en Francia, era suplente, y yo sabía que era el líbero, lo quería ahí. Para mí los mejores líbero eran él y (el italiano Franco) Baresi. Lo convencí a cada uno. Así fue, y se terminó dando todo.


Estadio: Azteca (México DF).

Arbitro: Romualdo Arppi Filho (Brasil).

Goles: 23m Brown (A); 56m Valdano (A); 74m Rummenigge (AF); 80m Völler (AF); 83m Burruchaga (A).

Cambios: 46m Völler por Allofs (AF), 62m Hoeness por Magath (AF), 90 Trobbiani por Burruchaga (A).

Público: 114.600 espectadores.



Carlos Bilardo llora de alegría en el estadio Azteca, junto a Pedro Pablo Pasculli.

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“En los mundiales son todos los rivales difíciles”, remarca Bilardo.
Imagen: EFE
 
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