DEPORTES › OPINIóN

El resultado como metáfora

 Por Gustavo Veiga

Una, dos, seis veces, la pelota que picaba y entraba en el arco argentino parecía de tenis. En un viaje de ida, la Selección pasó de la zozobra a la incredulidad y del síndrome de la altura a la humillación futbolística. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo nos ocurrió a nosotros? ¿Cómo se explica si con Diego Maradona de técnico veníamos con el arco invicto y de golear hace cuatro días? Estas preguntas sólo son posibles por el mandato que arrastramos y porque una potencia no se permite reveses como éste.

Nuestra mirada sobre lo que ocurrió en La Paz siempre tendrá un perfil etnocéntrico. La cultura deportiva que mamamos nos impone ganar (los exitistas triunfaron hace rato en la discusión dialéctica). Y ganarle a Bolivia siempre estará en los planes. No importa en qué cancha juguemos, como dice el cantito tribunero.

Ahora bien, nos golearon, ¿y qué? ¿Acaso no se puede perder con Bolivia o con un rival inferior en los papeles, que iba y sigue anteúltimo en las Eliminatorias? La respuesta es sí. Y también se puede recibir una goleada. Un 6-1 que comenzó a presentirse cuando Joaquín Botero marcó el segundo de sus tres goles. Desde ese momento, cualquier resultado habría sido posible. Incluso, uno peor.

La castigada Bolivia de las arrasadas minas de Potosí, del litoral marítimo cercenado, de las guerras perdidas (la del Pacífico con Chile y la del Chaco con Paraguay), la Bolivia de la diáspora que tiene a sus hijos dispersos por el mundo en condiciones de explotación insoportables, es una nación acostumbrada a las derrotas. Y deportivas también acumula muchas.

Pero desde hace un tiempo a esta parte, liderada por Evo Morales, un hombre que representa como ninguno en América del Sur la reivindicación de los oprimidos, gana y pierde como todos. A fines del año pasado, Bolivia fue declarada país libre de analfabetismo. Nacionalizó el petróleo. Multiplicó sus ingresos por la exportación de gas. Y comenzó a salir de a poquito de perdedor. El 6-1 bien puede entenderse como una metáfora emblemática de esos logros. Evo lo disfrutó como nunca. Ama el fútbol como su amigo Maradona. Ese fútbol que nos puede modificar el estado de ánimo de un día para el otro. Esta vez, le tocó a Bolivia vivir toda la gloria y a nosotros cada gol como “un puñal en el corazón”. ¿Nos vamos a lacerar por eso? La respuesta la pone usted.

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