ECONOMíA › ERRORES E IMPREVISION EN LA CRISIS ENERGETICA

Faltó un plan y faltará gas

Es tarde ya para evitar restricciones en la oferta de gas y electricidad en los picos de demanda. Tras la devaluación, el Gobierno pisó el precio pero olvidó asegurar las inversiones.

 Por Julio Nudler

“Este desenlace era un secreto a voces”, señala, implacable, un minucioso informe de la consultora Alpha sobre la crisis energética, determinada, sobre todo, por la insuficiente provisión de gas natural. Su conclusión es que no habrá manera de evitar cortes este año y el próximo durante los picos de demanda. Aunque en promedio anual, y de no mediar contingencias climáticas o técnicas adversas, la disponibilidad de gas y de electricidad (ésta se genera en base a aquél) supera ligeramente a la demanda previsible, en los momentos de mayor consumo estacional la oferta resultará insuficiente. Ningún instrumento que ahora utilice el Gobierno, incluyendo los aumentos que ya se vienen implementando, evitará del todo el mal trance porque las inversiones necesarias en producción y transporte energético no maduran sino a mediano plazo (un año y medio a dos). Si la decisión es no afectar el consumo residencial, ya que se trata de un servicio público, el consumo de gas deseado por industrias y usinas eléctricas debería reducirse un 9 por ciento en los meses invernales mediante la programación de cortes. También en otros momentos, como finales de primavera, podrían resultar inevitables. “Un panorama desalentador”, concluye la consultora que dirigen Hernán del Villar y Débora Giorgi, ex secretaria de Industria y luego Energía con la Alianza. A continuación se citan aquí, en versión no literal y más bien libre, las constataciones salientes del referido informe.
- La Argentina carece de la infraestructura necesaria para abastecer fluidamente la demanda interna y la exportación de energía cuando crece la actividad económica. En otros términos: la larga depresión que se extendió entre 1998 y 2002 suscitó una engañosa holgura energética, con ausencia casi total de inversiones. Ahora eso terminó.
- La carencia más relevante por sus consecuencias es la de gas natural, ya que este combustible atiende el 50,5 por ciento de la energía que demanda el país (le siguen en importancia el petróleo, la hidroelectricidad, la generación nuclear y el carbón). El gas es el principal combustible que utilizan la industria, los hogares (incluyendo el GNC en los automóviles) y el transporte público. El 55 por ciento de la electricidad se genera en base a gas natural. A esta dependencia no se llegó por azar: fue un objetivo buscado por la política energética desde los años ‘60.
- La actual escasez eléctrica surge de la falta de gas, pero hay también restricciones en el parque de generación, ya que desde 1999 no hubo inversiones para expandir la capacidad instalada, y las líneas de transporte de alta tensión están saturadas.
- Ya en la segunda mitad de los ‘90 las privatizadas empezaron a juzgar al argentino como un mercado “maduro”. Es decir, que sólo crecería vegetativamente. Con el retraso cambiario de la convertibilidad, la industria no tenía mayor futuro, y las franjas más rentables del consumo residencial, de poder adquisitivo medio y alto, ya estaban abastecidas. Por ende, las verdaderas chances de ulterior expansión provendrían de la exportación, especialmente a Chile y Brasil, y en esa dirección se orientaron las inversiones. La recesión iniciada a mediados de 1998 acentuó esta estrategia, que con la devaluación (y la pesificación del precio interno) se demostró como la más apropiada para el interés privado.
- La pesificación sin ajuste del precio del gas en boca de pozo tras la devaluación determinó que las empresas del sector minimizasen sus inversiones y apelaran cada vez más al perjudicial método de reinyectar ese depreciado gas en los pozos más productivos para extraer de ellos más fluido, descartando así una estrategia de producción más racional pero también más costosa. De esta manera, se aceleró el autoconsumo de gas por parte de los productores, mientras la perforación de pozos de explotación y exploración avanzada caía a sólo 990 en 2003, menos que los 1145 de 2002 y mucho menos que los 1500 del año ‘96.
- La baratura relativa de la energía como insumo pesificado restó incentivo a los esfuerzos por usarla racionalmente. Mientras tanto, crecía la exportación (a precio dólar) a Chile, Brasil y Uruguay.
u Durante 27 meses el sector del gas natural operó con precios congelados en pesos, pero conservando, por lo demás, las potestades que le brindó la previa desregulación de esa actividad, controlada oligopólicamente. Reaccionó, por tanto, de acuerdo a los (des)estímulos que recibía. La industria exportadora y la sustitutiva de importaciones, que se beneficiaban con costos energéticos (y también salariales) inmóviles o casi, subieron sus precios en ese lapso 80 y 170 por ciento, respectivamente. Esa gigantesca transferencia intersectorial de ingresos convivió con la desinversión energética porque los empresarios invierten si y donde les conviene, y faltó una acción política del Estado para corregir las distorsiones. Este reguló un precio y se olvidó de lo demás.
- A fines de 2003 la exportación (17 millones de metros cúbicos diarios) se llevaba ya un 20 por ciento de la producción neta argentina de gas natural (restando los consumos de los propios productores). Excluyendo el petróleo, las exportaciones energéticas sumaron 843 millones de dólares el año pasado. Mientras el precio en boca de pozo (cuenca neuquina) fue en 2003 de 44 centavos de dólar por millón de BTU (una particular unidad de medida térmica), el precio de exportación era de u$s 1,25. Actualmente, el precio local subió a 65 centavos, y el de exportación permanece en 1,25. En 2001, antes de la devaluación, el precio interno era similar al externo: 1,24 dólar. No era difícil predecir lo que ocurriría.
- Los acuerdos negociados entre grandes consumidores internos y gasíferas marcarían subas de hasta 80 por ciento en el precio del gas este año, pero aun así les resultaría 35 por ciento más barato que el traído de Bolivia. (Aunque ese país dispone de reservas muy superiores a las argentinas y enormes excedentes, el caño que une a los dos vecinos, propiedad del lado argentino de Repsol y Petrobras –antes Pérez Companc– está inservible, y aun para cuando concluya su reparación, este invierno, sólo podrá transportar unos poco relevantes 3 millones de metros cúbicos diarios, que representan un 3,5 por ciento de la demanda. Ocurre que esta interconexión no interesaba a Repsol ni a Pérez porque podía amenazar, en los ‘90, su posición dominante en el negocio local.)
- La demanda interna de gas natural creció 10,1 por ciento en 2003. Las generadoras eléctricas –cuya tarifa para el mercado mayorista también fue pesificada sin ajustes– demandaron, de pronto, un 12,6 por ciento más, no sólo por la reactivación sino también porque quemar fuel les empezó a resultar hasta siete veces tan caro, además de que es operativamente mucho más complejo (y peor para el medioambiente). Tras la devaluación, el Gobierno autorizó aumentos de 283 por ciento en el fuel y de 160 por ciento en el gasoil. El año pasado se creó un fondo para compensarles a las usinas la diferencia de costos entre los combustibles líquidos y el gas, pero la experiencia funcionó mal. Pese a un fuerte aumento de la tarifa eléctrica desde febrero último y a otros recaudos, el problema no parece resuelto.
- Más espectacular que cualquier otro fue el aumento en la demanda de GNC para uso vehicular: 29,2 por ciento en 2003. Ya no sólo a taxistas y remiseros les conviene dejar la nafta por el gas. Cualquier automovilista amortiza rápidamente la inversión por la pronunciada (y artificial) diferencia de costos en el surtidor. Lástima que no se midieron las consecuencias de esta política sobre la demanda y el suministro.

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Si todo sale bien, la oferta de gas excederá este año a la demanda, pero no en los picos.
La pesificación congelada del gas en boca de pozo agravó los efectos de una mala privatización.
 
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