ECONOMIA › PANORAMA ECONOMICO

Cuando la suerte que es Krüger

 Por Julio Nudler

“¡Miren Argentina!”, señaló Anne Krüger, como quien se refiere a un ciruja tirado en un umbral. La culpa la tienen, indicó quien parece sentirse la Margaret Thatcher del FMI, “dirigentes que perdieron el apetito por el cambio”, aludiendo así a Carlos Saúl Menem. Ese desvalido tumbado ante un portal –la Argentina– tuvo en los ’90 “un programa de reformas visto como modelo”. ¿Visto por quiénes? Con su giro, Anne parece desviar la mirada hacia otros, como si el Fondo Monetario no hubiese tenido relación alguna. No dijo que ese programa lo veían ellos, los del Fondo, como un modelo, sino que “era visto”, trasladando el error de juicio quién sabe a quién. La señora disertó ayer en la británica Universidad de Nottingham, en la cátedra de Economía Mundial. Tituló su clase con el “momento de peligro” al que se refiriera Alexis de Tocqueville. Es el momento en que los gobiernos emprenden reformas. ¿Peligro para quién?
Tras describir los horrores de la política económica argentina previa a la convertibilidad, no escatimó elogios a la decisión de encarar “reformas estructurales con una orientación de mercado”. Al principio –refirió–, el gobierno (de Menem) mostró estar dispuesto a dar todos los pasos, por difíciles que fuesen (llámense Consenso de Washington), para alcanzar la estabilidad macroeconómica. Pero, según ella, para que ese plan funcionase era imprescindible la disciplina fiscal. Todo marchó tan bien –veloz crecimiento, baja inflación e ingreso masivo de capitales– que la crisis del Tequila supuso apenas una pausa. Ni una explicación para la inusitada violencia con que ese sofocón mexicano sacudió a la Argentina en particular.
Pero por debajo de esa “impresionante performance” había –resalta– “debilidades estructurales”: la mala conducta fiscal y la extrema rigidez del mercado laboral, según el diagnóstico de la número dos del FMI. Las exportaciones crecían, pero mucho menos que las importaciones, y en 1998 el cociente deuda/exportaciones ya era de 455 por ciento, saltando a 530 en 1999 (cuando la Alianza se hizo cargo del paquete). Aunque Krüger fustiga a las dispendiosas provincias, no dedica una palabra al devastador efecto presupuestario de la reforma previsional de 1994. Al contrario: consigna una y otra vez ese cambio de régimen como parte esencial de un programa de reformas. Tampoco, y ya que destaca la afluencia de capitales, el demoledor impacto de su torrentosa salida posterior, que podía obedecer al contagio de problemas ajenos, como la crisis asiática o la rusa. Con libre movimiento de capitales, ¿cómo bancarse esos maremotos?
De acuerdo a Krüger, “la principal debilidad (argentina) era el mercado laboral, intensamente regulado. Los trabajadores disfrutaron por mucho tiempo de considerable protección, con elevadas barreras al despido y la garantía de generosos adicionales al salario”. Pero, claro, el hecho es que “un régimen de tipo de cambio fijo requería flexibilidad laboral para que la economía pudiera responder a los shocks (externos)”. En otras palabras, para que el salario, las condiciones de trabajo y el empleo fueran el paragolpes del programa. Si por algún “shock externo adverso” las empresas radicadas en la Argentina perdían competitividad, deberían haber podido enfrentar el problema con bajas salariales y despidos. Cosa que en realidad hicieron. Crecieron en esos años la desocupación y la no registración, y los salarios tendieron a caer. Pero parece que no lo suficiente. La dama de hierro acuñado se salía de la vaina por replicar las recientes críticas (¿críticas?) de la Oficina de Evaluación Independiente a la conducta del Fondo en el caso argentino. Todo lo que responde Krüger es que “el impacto de la crisis se hubiese mitigado de haber sido más ambicioso el programa inicial (de reformas): en especial, si hubiera incluido una reforma seria del mercado laboral” y un cambio en el régimen de coparticipación. Así, asegura ella, la economía habría sido lo bastante robusta y flexible para evitar el colapso “que resultó del abandono del plan de convertibilidad”. Pequeño detalle: el colapso no fue el desemboque inevitable de la convertibilidad sino la consecuencia de haberla abandonado.
La economista estadounidense no menciona otros problemas, aparentemente desdeñables para ella. No habla por ejemplo de la corrupción que untó las reformas que alaba. Nada dice de la orientación de las inversiones, guiadas por una señal de precios relativos (dólar barato) insostenible e inconducente. Todo el peso insufrible del retraso cambiario se podía solucionar, según piensa, con ajuste fiscal y recorte salarial, más una indiscriminada apertura comercial. No hace referencia alguna al knock out que implicó para el plan la devaluación brasileña de enero de 1999, y el subsecuente desvío de inversiones hacia el vecino.
Tampoco del copamiento del sistema financiero por una banca internacional cuyo objetivo primordial fue vender dinero disfrazado de productos y servicios, y especialmente financiar consumo y cobrar comisiones, sin atender a las pyme ni a las economías regionales. Nada sobre la bomba de tiempo que significaba el descalce entre ingresos en pesos y deudas en dólares, tanto del sector privado como del público, y por carácter transitivo de los propios bancos. Nada sobre la manera en que el FMI financió la fuga de capitales, quedándole al país la deuda pero no las divisas, sacadas por y a través del propio sistema bancario.
Al analizar otros casos, Krüger muestra también un pensamiento elemental y muy pobre capacidad de análisis. Tal cuando vierte loas sobre el ejemplo coreano. Según apuntaba anoche un economista a Página/12, “ella reconoce que hubo allí una devaluación necesaria, que implicó más protección. Sí, después redujeron el déficit fiscal. Pero ni menciona la tasa de ahorro de Corea, la educación universal y obligatoria ¡centralizada!, la inversión en gasto social”. Y añade, indignado: “Es como si todo aquello que se escribió desde el Banco Mundial importara un comino. Sólo interesa que en un momento bajaron el déficit y abrieron la economía. No importa cuándo o con qué tipo de cambio real, o con qué nivel de protección social y laboral. Nada de eso le interesa”.
Krüger no acepta que se hable de “reform fatigue”, es decir, la fatiga que provocan las reformas con sus promesas incumplidas de bienestar. Y al broche de su perorata concede que, al fin de cuentas, lo que se necesita es suerte. “No nos gusta admitir que hay cosas que no sabemos y, más aún, que no podemos saber. Pero el proceso de reformas es, inevitablemente, algo misterioso. No podemos predecir el resultado exacto...” Por lo visto, en el caso argentino, y en otros, le falló la suerte... o le faltó piolín.

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