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El hombre del martillo

 Por Rodrigo López *

En estos días, la suerte de la reestructuración de la deuda argentina parece verse jaqueada por la decisión de un hombre, el juez Griesa. Sus facciones angulosas y la brutalidad con la que persigue su idea de justicia nos recuerdan al policía que interpreta Clint Eastwood en Harry el Sucio. Thomas el Sucio no lleva una Magnum 44, se vale de la herramienta más antigua que inventó el hombre: un martillo. Ambas representan el poder, como muestra la animación de los martillos marchando en The Wall. De hecho, la sátira televisiva de Harry el Sucio era Sledge “Martillo” Hammer.

Diversas formas y materiales adecuan este artefacto para clavar, planchar, embutir, forjar, cincelar, encastrar. En cambio, el martillo para juzgar no tiene más utilidad que aquel subproducto molesto de todos los martillos: el ruido. Los únicos que usan los martillos con este fin son los jueces y los excitados “martilleros” de las subastas.

Los manuales de uso no dicen más que lo ya sabido por las películas norteamericanas: dos golpes, comienzo de la sesión; un golpe, cierre de la sesión. Cuando éste coincide con el fin del juicio, el golpe del martillo reviste una impronta más dramática porque el juez lo blande inmediatamente después de haber leído la sentencia, coronando su acción con el sonido de lo inapelable.

Su uso para el pedido de “orden en la sala” no está prescripto en los manuales oficiales. No podía ser de otra manera. Este recurso usual funciona invirtiendo las posiciones: el sujeto que representa la razón, el tino, la palabra justa, se impone sobre los presentes a martillazos limpios, las más de las veces mostrándose bastante sacado.

Los jueces norteamericanos bien podrían reemplazar los gavels (tal como se llama a estos martillos) por otro dispositivo, por ejemplo un silbato, como sus pares del fútbol. O mejor, por una chicharra con luces y sonido, que podría accionarse apretando un botón. Pero no. Necesitan tener un arma en la mano, con un agarre fálico, que no se limite a una exhibición simbólica para representar la autoridad, sino que además debe tener funcionalidad. Tiene que poder ser blandida con violencia.

En realidad, lo que Hollywood presenta como un hecho aislado de brutalidad policial no es más que la brutalidad del sistema, como bien se excusa el policía criollo mientras reprime: “No soy yo el que te pega, es la ley”. Sería un error ver a Griesa como una persona aislada, tanto en su versión del Quijote que vela por los derechos individuales pisoteados por los Estados como en su versión de viejo senil entongado con los fondos buitre. La farsa del martillito y la túnica negra en una sociedad moderna que ni siquiera tuvo Edad Media como la norteamericana evidencia la ficción de las formas jurídicas en el capitalismo. Más allá lo que haga un juez de primera instancia como Griesa, no podemos perder de vista que la Cámara de Apelaciones de Nueva York y la mismísima Corte Suprema de los Estados Unidos no revocaron sus sentencias.

Lo mismo cabría para reflexionar sobre la naturaleza de los fondos buitre en el capitalismo actual. ¿Hasta qué punto son disfuncionales al sistema? El caso argentino muestra que gozan de la protección y fomento de los Estados Unidos. Más allá de las declaraciones políticamente correctas que puede hacer el mismo presidente que trota sonriendo para anunciar el derribo de un avión civil en un teatro bélico nuclear, la acción u omisión del dueño de casa da señales de este apoyo. ¿La geopolítica norteamericana dejaría que un aliado como Corea del Sur –en Asia– o Israel –en Medio Oriente– colapse por el martillo de un juez octogenario de primera instancia?

Más bien, convendría empezar por reconocer que los fondos buitre son funcionales a los Estados Unidos, haciendo la tarea sucia que no pueden hacer con la diplomacia, tal como en el pasado los infames piratas estaban al servicio de la noble corona británica.

Esta delicada situación nos debería servir para recordar que puertas adentro fueron los militares argentinos de la última dictadura los verdaderos apátridas, alcahuetes de West Point, que entregaron por primera vez la soberanía judicial.

Hoy no falta quien sin pudor aspira a ser presidente diciendo frases como “hay que hacer lo que Griesa diga”, mientras otros, no menos temerarios, adelantan orgullosos que ya tendrían apalabrados bancos del exterior para financiar una nueva estafa al pueblo argentino.

* Economista y sociólogo. Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche.

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